
El sueño, como espejo revelador
Se estrenó, en el Camarín de las Musas, la última obra dirigida por Julio Chávez
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Como quien mata a un perro , de Camila Mansilla y Julio Chávez. Dirección y escenografía: Julio Chávez. Con Mariano Farrán, Pablo Chao, Alejandra Maidana, Claudia Cuis, Miguel Cavia, Valeria Grossi y Andrea Sternitz. Diseño de vestuario: Cecilia Allassia. Música: Diego Vainer.Iluminación: Gangotri. En el Camarín de las Musas, Mario Bravo 960. Viernes y sábados, a las 21 horas. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: buena
Para George Steiner, el sueño ha cumplido en la historia y en la larga lucha del hombre por la libertad una función reparadora: la de ser una "casa segura" de la crítica y la resistencia al despotismo, el lugar que, por su inalcanzable privacidad, hace posibles todas las rebeliones. No es una definición incompatible con la mirada del psicoanálisis, que ve en las inscripciones del sueño la compleja taquigrafía de un alzamiento contra las prohibiciones del deseo. En todo caso, sabemos que en las construcciones fantasmáticas del dormir se puede descifrar casi siempre una escritura impugnadora, aunque sea críptica, de las relaciones que vivimos mientras estamos despiertos.
Esta idea del sueño como espejo revelador de algunos infiernos de la vida diaria, y de los miedos y tensiones que ella produce, es aprovechada por Julio Chávez en Como quien mata a un perro , su más reciente obra, que escribió junto a Camila Mansilla y de cuya dirección se encargó. En el primer acto, un muchacho llamado Maximiliano se enfrenta a la hostilidad de dos gitanas que le reprochan haberlas espiado mientras mantenían una relación homosexual. En castigo, una de ellas, la hermana de su amigo Iván, lo convierte mediante un hechizo en león. En el segundo acto, el mismo personaje se despierta, al parecer de esa pesadilla, y está alojado en un ámbito idéntico. Lo ha invitado a dormir una mujer que lo descubrió en un circo.
De nuevo rodean al joven tres personas que llevan los mismos nombres que los anteriores, pero rostros diferentes. Frente a él se repite un similar clima de recriminaciones, sordera a la opinión del otro e intolerancia que en el acto anterior.
Con mano de maestro
Con esa anécdota, y en un marco escenográfico extremadamente simple (una larga pared blanca con dos entradas, una mesa, un sillón y una cama), Chávez construye algunas situaciones de genuina teatralidad donde, con su diestra mano de maestro de actuación, se lucen todos los intérpretes, aunque algunos -Mariano Farrán, Miguel Cavia o Andrea Strenitz- con más brillo que los demás.
Es interesante, también, la atmósfera musical que nutre los episodios. A pesar de esos méritos, la obra no puede disimular cierta inconsistencia estructural, la apariencia de ejercicio de taller bien resuelto en lo actoral pero carente de una firme y profunda articulación dramática. Sobre todo, esa falla se hace evidente porque no hay detrás de la propuesta de la pieza una estética de la inorganicidad o la libre asociación como planteaban los surrealistas respecto del sueño. Y porque Chávez ha demostrado en otros trabajos, y en forma muy particular en La de Vicente López , que pertenece al mismo grupo generador (BAAL) y está cercana a esta obra en el tiempo y en su registro de delirio y comicidad esa mayor elaboración que aquí está ausente.





