El teatro de la política
Histriónicos y con pocas ideas, a los candidatos sólo les importa estar en la TV
1 minuto de lectura'

Sin proponérselo estrictamente, de todos modos, la contribución de la televisión para vaciar de contenido a la política y, en su lugar, espectacularizarla es una operación de lo más exitosa.
Las consecuencias, claro, no podrían ser más devastadoras: los equipos de campaña gastan cada vez más dinero y energía en hacer de su candidato un óptimo prototipo mediático, seductor y simpático, que "dé bien" en pantalla y que sea "rendidor" para participar en las controversias conventilleras de las que tanto gusta nutrirse la TV.
Las ideas, si las hubiese, quedan así siempre relegadas a los subterráneos "equipos de trabajo", que rara vez salen a la luz ya que en la superficie sólo cuentan un par de slogans elocuentes y pegadizos de improbable ejecución.
"Me sorprende la forma semejante -decía hace unos días en la serie de los intelectuales de LA NACION la escritora Alicia Borinsky- en que los políticos y los protagonistas de la cultura popular (actores, vedettes, cantantes) se presentan en los medios, particularmente en la televisión y en la radio, «producidos», peinados, maquillados y hasta operados como para una función teatral."
No es extraño, entonces, que ante tal simbiosis entre el mundo político (en origen, racional) y el del espectáculo (esencialmente emotivo y donde las formas y "el cómo" pesan más que el fondo y "el qué"), las oleadas de "farandulización" de las dirigencias sean cada vez más intensas y frecuentes, otro de los "legados" del menemismo, su máximo gestor en la década anterior, pero que ya han hecho suyos los principales candidatos de cualquier extracción.
"El origen de la televisión -escribe Alberto Borrini en «Cómo se vende un candidato» (La Crujía ediciones, Bs. As., 2005)- está estrechamente asociado al sistema de comunicación política adoptado por cada país, y es una de las mayores razones por tener en cuenta para entender las grandes diferencias existentes entre las campañas esencialmente mediáticas, reñidas y costosas de los Estados Unidos, y las más personales, cortas y económicas de la mayoría de los países de Europa, aunque en Italia tienden a ser más teatrales y a parecerse más a las norteamericanas que a las de Francia, Inglaterra y España". Aun así, Borrini anota que "las campañas políticas norteamericanas son menos intrusivas y saturan menos los medios, en general, que las realizadas, al menos hasta 1999 (las de 2003, por su carácter excepcional, no se prestan a comparaciones), en nuestro país."
* * *
El renovado romance de los políticos y de la TV es mutuo: si aquéllos contratan onerosos consultores nacionales y extranjeros, ingeniosos publicitarios, refinados vestuaristas y bravos coachings que entrenan sus verbas para que aborden la escena electrónica en inmejorables condiciones histriónicas, los canales tampoco se quedan atrás y avanzan en una reingeniería más que ambiciosa del género.
Por un lado, la política como tal ha sido eyectada hacia el cable y casi no existe en la televisión abierta. Los programas que solía frecuentar han disminuido su número dramáticamente y los que sobrevivieron se reconvirtieron prácticamente en magazines de interés general, invadidos por "celebridades" del espectáculo y del deporte (algunos de los cuales ahora integran distintas listas de candidatos).
Si bien aquí fue un notable fracaso el reality show "El candidato de la gente" (América, 2002) -que pretendía instalar un diputado en el Congreso votado por la audiencia-, hace dos meses en México una variante de "Gran Hermano", intitulado "Vil Brother", invitó a cinco políticos aztecas a pasar tres días dentro de una casa de chapa ubicada en un barrio marginal, quizá la manera más práctica de que los dirigentes sufran en carne propia lo que unos cuantos millones de latinoamericanos viven por culpa de sus políticas erradas. Y en los Estados Unidos, ahora mismo, como lo consignó LA NACION anteayer, la combinación de política y ficción está resultando explosiva en "Commander in Chief", la serie donde Geena Davis encarna a la primera mujer que llega a la presidencia de los Estados Unidos y que muchos quieren ver como una suerte de inducción subliminal a la ciudadanía para que acepte esa posibilidad en 2008 de la mano de la actual senadora Hillary Clinton.
Más modesto y grotesco, aquí "ShowMatch", el programa de Marcelo Tinelli, presenta en estos días una nueva edición de "Gran Cuñado", la parodia de reality donde doce miembros de su staff aparecen caracterizados como los principales candidatos de las elecciones del próximo domingo y otros conocidos dirigentes. El público, con su voto telefónico, decide cada día quién debe abandonar la casa.
"Se asiste a la política -escribe Ancízar Narváez Montoya en uno de los ensayos de «Economía política, comunicación y conocimiento» (La Crujía ediciones, Bs. As., 2005)- como se acude a un espectáculo, a una representación escénica de buenos y malos, en la cual el ciudadano no participa sino que es esencialmente espectador; es un consumidor que, además, influye con su gusto en lo que ha de ser representado."





