El tiempo y J. B. Priestley

Ernesto Schoo
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13 de octubre de 2001  

John Boynton Priestley (1894-1984), más conocido como J. B., fue uno de los escritores ingleses más difundidos entre las dos guerras mundiales del siglo pasado, y hasta poco después de la Segunda. Aunque su notoriedad comenzó con dos novelas, "The good companions" (1929) y "Angel Pavement" (1930), él se consideró toda la vida, básicamente, como un dramaturgo. No hace mucho, "Ha llegado un inspector" (1947), tuvo en Buenos Aires un éxito considerable, dirigida por Sergio Renán en el Ateneo.

Pero la mejor obra de teatro de Priestley, según la crítica internacional, es "El tiempo y los Conway" (1937), aquí estrenada por Lola Membrives, hace medio siglo, con el título, un tanto desmesurado, de "La familia Conway, o la herida del tiempo" (así se la sigue llamando en España). Y hacia la misma época, o un poco más, "Esquina peligrosa" (1932) permaneció largo tiempo en la cartelera porteña, admirablemente puesta por Marcelo Lavalle en el Instituto de Arte Moderno, interpretada por Lydé Lisant, María Elina Rúas, Ignacio Quirós y Jorge Rivera López.

Otro título famoso de Priestley es "Ya estuve antes aquí" ("I have been here before"), de 1937. El tema, como el de todas las obras antes citadas, es el tiempo, esa misteriosa dimensión de la experiencia humana, intriga permanente de poetas y científicos. A esta veta pertenece también "Johnson over Jordan", de 1939, que acaba de reponerse en la West Yorkshire Playhouse, de Leeds, en Inglaterra, tras muchos años de ausencia de los escenarios. Y se entiende, porque es complicada de representar y más complicada aún de entender.

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El atractivo principal de esta reposición reside menos en la obra que en su protagonista, el gran actor inglés Patrick Stewart (mundialmente famoso como el comandante de la nave espacial en la serie televisiva "Viaje a las estrellas"), que desde hace muchos años actúa alternativamente en los Estados Unidos y en su patria. La crítica ha citado, a propósito de "Johnson over Jordan", al expresionismo alemán, atribuyendo a Priestley vinculaciones con autores y directores de esa tendencia, Piscator y Kaiser entre ellos.

Hasta se menciona a Hugo von Hofmannsthal, el dramaturgo y libretista favorito de Richard Strauss, con su reciclado misterio medieval, "Jedermann" (1911), como antecedente de este Johnson que, al levantarse el telón, acaba de morir y emprende un viaje hacia atrás en la memoria, en busca de "aquellas personalidades que debió ir descartando mientras vivía". Para decirlo con palabras de Priestley mismo: "El tema de esta obra no es la vida después de la muerte, sino el examen, como soñado y atemporal, de la vida de un hombre".

Johnson, un apacible empleado que a fuerza de trabajo y honestidad logró, en sus últimos años, ser ascendido a gerente, y que ha gozado de una hermosa vida familiar, al morir debe despojarse del mundo (Priestley sigue aquí, al parecer, las reflexiones de Jung y de Huxley sobre "El libro de los muertos", del Tibet). Primero se le revela el absurdo del dinero y de todo el edificio social por él construido. Luego, es despojado de su naturaleza animal, que para el autor equivale a la sexualidad, y los contratiempos que con ella tuvo el personaje: esta escena transcurre en un bar, donde aparece la consabida prostituta que encarna la tentación.

Al final de la obra (que fue un triunfo para Ralph Richardson en 1939, y lo es para Stewart en 2001), el protagonista se encamina "hacia donde los astros brillan en el espacio y el tiempo se curva al borde de la Tierra", con un bolso en la mano. Del escenario al infinito: "Hacia las estrellas", verdaderamente.

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