El vigente legado de una obra icónica de Pavlovsky

Gabriel Isod
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8 de marzo de 2019  

Rojos globos rojos

Nuestra opinión: buena

Dramaturgia: Eduardo Pavlovsky. Intérpretes: Jorge Lorenzo, Lorena Penón y Gabriela Perera. Vestuario: Mario Pera. Iluminación: Horacio Novelle. Música: Elena Avena. Adaptación y dirección: Christian Forteza. Sala: Centro Cultural de la Cooperación. Funciones: sábados, a las 20.30.

Casi tan viejas como el teatro mismo son las obras que discuten acerca de la eterna crisis del teatro y del enigma que hace imposible dejar de hacerlo. Rojos globos rojos es parte de esa noble tradición. El público es bienvenido con copa de vino y masitas. Cuando empieza la función, el escenario está vacío, la sola presencia de los actores hará las veces de escenografía. Jorge Lorenzo encarna al mítico personaje recurrente Cardenal de Pavlovsky y auspicia de maestro de ceremonias del teatrito decadente de los Globos rojos. A diestra y siniestra, es secundado por las Popis, simétrico dúo femenino. El estridente vestuario de feria sirve bien para transmitir la sensación de pauperización. La iluminación, otro elemento fuerte, sirve para hacer recortes espaciales, generar breves primeros planos que transportan la obra a otros tiempos y otros espacios. El teatro siempre a punto de cerrar es el hilo conductor que permite esgrimir los alegatos de una resistencia infinita ante un poder insaciable.

Forteza y Lorenzo ya han encarado puestas de Pavlovsky, con logradas versiones de Potestad y Cámara lenta. Sus propuestas no buscan imitar el característico (e inimitable) fraseo pavlovskiano, no es el intento de repetir el camino transitado por el referente, sino resignificarlo en presente. Si bien hay momentos de cierto anacronismo desde lo textual, con pasajes sentenciosos, también hay espacio para verdades que caen como trompadas desde la coyuntura actual. El trabajo de Lorenzo capta muy bien esto, imprime un nervio verdadero a lo que dice y sabe transferir al público la pasión que mueve a su personaje.

Con el correr de la pieza, el espectador tiene la noción de estar siendo tratado con respeto. No es poco. La puesta nunca se pone por encima de sus interrogantes ni de su concurrencia. No habrá respuestas tranquilizadoras, sino que se mantienen vibrando planteos incómodos que resuenan en la platea. Compartir el vino y el pan, aquí metamorfoseado en masita, es más que un acto de buen anfitrión, es el marco que contiene un ritual común en el que, de alguna manera siempre misteriosa, sigue vivo el teatro como lugar de resistencia y el legado de Pavlovsky, uno de los máximos referentes de la historia de nuestras tablas.

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