Elogio y crítica de las malas palabras
El uso "terapéutico" se contrapone con el abuso de quienes son procaces a falta de ideas
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Arrancó fresca y etérea, como siempre. La increíble Marilú Marini, luego de su proeza sobre el escenario de la sala Casacuberta, encajada en la tragedia tranquila, pero irreversible, de Beckett, "Los días felices", desgranaba las primeras estrofas de "La llorona", un texto encendido de Alejandro Urdapilleta que apenas anticipaba las llamaradas que sobrevendrían después.
En el contexto más que estimulante del Festival Internacional de Buenos Aires, que hoy termina, la actriz argentina radicada en Francia se alternó con el inefable Enrique Pinti en la lectura casi no ensayada -tuvieron encantadores y repetidos trastabilleos; fue como asistir a una simpática representación todavía en construcción entre dos grandes- de "Un animal de dos lenguas", en poco más de una hora fugaz que pasó el lunes y el martes últimos por el Club del Vino. Así interpretaron 16 textos muy lúdicos, irreverentes y hasta tremebundos del mencionado actor argentino y del autor y director francés Jacques Rebotier.
Los platos más fuertes, claro, fueron sendos "poemas" de Urdapilleta en donde, desde sus títulos, se alude, sin anestesia de ningún tipo, a los genitales masculinos y femeninos respectivamente. Cada uno recitó el de su sexo opuesto: el que llevó adelante Pinti lo menciona en 31 ocasiones por su sobrenombre coloquial más difundido. Por cierto no se trataba de ninguna novedad: es más, podría afirmarse que esta vez hasta sonó con cierta venerable vetustez, aliviados como fueron algunos complejos y tabúes desde su ya lejano estreno en el legendario Parakultural, en 1987, cuando la aún joven democracia argentina tenía todavía tantas ataduras por desatar y tantas utopías por perder, tiempo entonces de necesario "destape" donde artistas como Urdapilleta querían agujerear con sus taladros revulsivos, cuanto antes y a toda costa, la oscuridad de la que veníamos. Como el doctor Frankenstein, que le "armó" una novia a su monstruo para que no estuviese tan solo, años después, en 1994, el mismo Urdapilleta concibió otro "poema" gemelo del anterior, pero esta vez dedicado al miembro masculino, al que también alude desde el título con su seudónimo más popular 19 veces y otras 12 con sinónimos de idéntico calibre; o sea igual que en el anterior, 31 premeditadas explosiones a repetición como para que si alguien se escandaliza, se afloje de una vez y se permita reír o, de lo contrario... °se muera de vergüenza en el acto!
De tanto repetirlas, aquellas palabras parecen querer extinguir el valor presuntamente "tóxico" que de acuerdo al gusto, las fantasías y las fobias de cada cual le hemos ido endilgando entre todos en dosis muy variadas. De hecho, hace tanto que Pinti las reitera en cada uno de sus exitosos espectáculos que hasta por momentos ha logrado convertirlas en invisibles.
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Rara y notable versatilidad exhiben las llamadas "malas palabras": tanto sirven para pelearse como, en algunos casos, para ponderar; pueden estar presentes en riñas callejeras entre desconocidos o en momentos de intimidad entre dos que se conocen demasiado. La mayoría figura en el Diccionario de la Real Academia Española y no se han privado de ellas desde siempre los autores más clásicos de la literatura y del teatro universales. Estallan en el instante menos pensado por situaciones de lo más diversas: un martillazo en el dedo, una descripción sexual sin vueltas; un chiste picante y hasta en cálidos saludos. Una "mala palabra" bien puesta, en el momento justo y por la persona indicada, tanto en la realidad como en la ficción, puede resultar imprescindible. Pero también es verdad que, ante la falta de ideas, se abusa de ellas. Cuando la mala palabra se convierte en lugar común y no en la excepción, cuando atraviesa el espacio público a través de los medios de comunicación masiva sin respetar a los menores ni a los mayores que tienen el derecho de no querer saber nada con ellas, su efecto liberador se revierte: ensucia, pervierte, relaja.
Pero muy distinto puede ser el caso de los públicos cautivos: quien voluntariamente asiste a un espectáculo o elige un libro de tono subido sabe a lo que se expone y, si no es así y lo que ve le resulta intolerable, puede retirarse o abandonar la lectura. Afortunadamente ha quedado atrás un método más engorroso y autoritario que en el pasado solía activarse con lamentable frecuencia: desatar contraproducentes inquisiciones que, al fin, terminaban convirtiendo en héroes, en best-sellers o en objetos de culto a los prohibidos, que muchas veces no merecían esa impensada gloria.
¿Qué magia encierran esas palabrejas para que conciten tal grado de atracción cuando se pronuncian en un teatro o en una película?
El productor y libretista Gerardo Sofovich, que algo sabe del tema, cree que gran parte del éxito de "La cigarra no es un bicho", de Daniel Tinayre, que llevó multitudes al cine en los tempranos 60, era porque el "blanquísimo" Luis Sandrini se atrevía a decir una mala palabra en una época indudablemente más puritana que ésta. Y cuando el propio Sofovich filmó su opera prima, "Los caballeros de la cama redonda", hace treinta años, estratégicamente puso en boca de Alberto Olmedo tan sólo otra y logró así el momento más festejado de todo el film.
¿Por qué el teatro de revistas tuvo tanto éxito durante varias décadas con su combinación de vedettes semidesnudas y capocómicos alzados? ¿Cómo logra Fernando Peña ser lo que es vomitando fuego sobre su creciente legión de seguidores?
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"El ser humano -razona Pinti- necesita, de cuando en cuando, transgredir para usar su libre albedrío. Esa necesidad de profanar se cumple cuando alguien se profana por ellos, que es lo que hacemos los actores. Cuando desde el escenario levantamos ese velo, se produce la complicidad y la carcajada. Hay momentos en que la gente está muy oprimida y necesita esa catarsis que se puede dar de dos maneras: un goce extraordinario o una molestia extraordinaria, porque sin duda uno no tiene ganas de comer con pimienta todos los días. Por eso se nos demoniza tanto como se nos sacraliza. Yo, en cambio, creo que no hay que hacer de esto una religión."
Como en lo social y en lo político, el humor subido de tono también divide aguas, aun usando idéntica verba pirotécnica. No parece ser el mismo público el que va a ver a Pinti (que hoy brinda a las 22, en el Maipo, la última función de "Candombe Nacional 2003") que el que llena los fines de semana, en doble función, el Astros para ver al tan zafado como gracioso Jorge Corona en "Coronados de risa vivamos". "Malas palabras -dice Corona en su monólogo final sobre el escenario- son corrupción, delincuencia, injusticia."
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Como actriz fuera de serie que es, Marilú Marini superó también esta vez con creces el triple salto mortal que significa pronunciar palabras de muy grueso calibre en público, transformándolas en milagroso arte. Cumplió con lo que Sofovich, desde un campo más popular, define tajantemente como "autoridad para la puteada". Si se carece de ella, la mala palabra queda al desnudo y fuera de lugar; ingresa, sin remedio, en el territorio irredento y embrutecedor de la chabacanería.
"Los artistas -dice Marilú Marini- estamos para develar la otra cara, la que está disimulada por la cotidianidad, aquello que la gente presiente y que no puede o no quiere enfrentar. El arte y el amor son las únicas cosas que pueden cambiar algo y nosotros, los actores, ingresamos, por amor, en zonas de transgresión para mostrar una herida en carne viva, cuya expresión, por eso, puede venir cargada de gran violencia. Pero, en ese caso, esas palabras no tienen connotación de malas, sino de necesarias. Según quien las pronuncie, "alma" o "Dios" también podrían llegar a ser malas palabras."




