En busca de la propia identidad
"Ojos de ciervo rumanos", dramaturgia y dirección: Beatriz Catani. Con Paula Ituriza, Blas Arrese Igor y Ricardo González. Iluminación: Gonzalo Córdova. Música: Carmen Balliero. Escenografía: Beatriz Catani y Andrea Schvartzman. Sala: Teatro del Pueblo.
Nuestra opinión: bueno.
Tres personajes: un padre con su hija, Dacia, y el hermano de ella (o quien dice serlo), llamado Benya. Todos habitan Rumania, "un territorio al límite del escándalo, como un dolor que hace abrir la tierra", como le gusta decir a Benya (también hijo y amante de Dacia).
Por ausencia o por presencia, los dos jóvenes andan detrás de los pasos de su madre, una tal Iris, que en la década del 50 fue una cantante famosa. No hay muchos más datos. O sí, como saber que ella tenía un ojo marrón y otro virado al verde. Pero poco importa, porque lo fundamental en ellos está en esa pulsión interna de saber de dónde vienen, de descubrir el origen. Será por eso que revisan viejos discos de vinilo hasta detectar la voz de esa madre, como buscando un dato preciso de lo que alguna vez fue (como Rumania misma o como nuestra Argentina).
Como decía Beatriz Catani, autora y directora de "Ojos de ciervo rumanos", "el texto tiene la estructura de un disco rayado que obsesivamente vuelve a empezar". Y en ese personal entramado, la historia crece de manera fragmentada, partida y hasta con un constante destiempo que imposibilita cualquier diálogo fluido. Las voces internas, el cuerpo mismo, son los que mandan. Quizá la clave la aporte Dacia: "Veo como cuadros discontinuos, sin sincronización. Veo algo, y eso se me distorsiona enseguida, y es otra cosa. Como una repetición". Y en esa repetición y yuxtaposición de planos Catani agrega distintas referencias míticas que terminan definiendo el clima de esta tragedia.
En medio de ese clima asfixiante, la creadora pone en el escenario varias plantas de naranjas, elemento vital en la trama. Algunas están casi secas, otras en pleno crecimiento o esperando ser injertadas por el padre fruticultor. Un padre que en su afán de cubrir hasta el rol materno planta a Dacia en una maceta (una de las más bellas imágenes) o la alimenta haciéndole beber una naranja que exprime sobre su cuerpo.
Aunque se trate de una trama extremadamente hermética (quizás en demasía), el clima de la obra se convierte en el verdadero pulmón de este montaje en el cual Catani, como ya lo hizo en "Cuerpos A-banderados" (sic), vuelve a jugarse a fondo. Confirma así que es una de las directoras más inquietantes de la escena y que más radicalmente desarrolla su búsqueda.
Unos y otros
"Ojos de ciervo rumanos" cuenta con varios aliados. Por empezar, la actriz Paula Ituriza, una de las protagonistas de "Cachetazo de campo", es su mejor pieza. Con su actuación, el montaje se nutre en un espectáculo que desarrolla una estética muy por fuera de las pautas tradicionales. En su contrapunto con Blas Arrese Igor, que trabajó con Catani en "Cuerpos...", Ituriza logra los momentos más interesantes. Como cuando, subidos a un viejo tocadiscos, los dos hermanos dan vida a una escena verdaderamente desopilante en la cual el humor se da la mano de un pretendido erotismo.
El elenco se completa con Ricardo González, como el padre, el más desparejo de este terceto. Seguramente, para cualquier actor no es fácil trabajar con Catani por el nivel de entrega emocional y física que maneja la teatrista platense. Aunque de un desempeño correcto, todo hace pensar que no es el actor apropiado para esta propuesta. Quizá por ese motivo en varias escenas el espectáculo pierde claridad y contundencia.
Como tampoco parece ser la mejor elección ofrecer esta obra en el Teatro del Pueblo, un ambiente arquitectónico formal y con una carga histórica que no dialoga con la propuesta estética. En el escenario, Catani impone la ficcionalidad del teatro logrando un buen contrapunto con el realismo que imponen esos naranjos, la presencia de la tierra o el fuerte olor que desprenden las naranjas. Pero si se abre el ángulo, ese rico contrapunto no está presente en vínculo entre el espectáculo y la sala propiamente dicha.
De todos modos, "Ojos de ciervo rumanos" es un espectáculo contundente, de una entrega actoral verdaderamente admirable y que, en algunos momentos, desborda de teatralidad perturbadora.




