En la huerta
Dos actores que conmueven, en una exquisita puesta en escena de Mariana Chaud
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En la huerta: sobre textos de John Seymour / Dramaturgia y dirección: Mariana Chaud / Intérpretes: Moro Anghileri y William Prociuk / Escenografía: Alicia Leloutre / Diseño de luces: Matias Sendon / Música original: Pablo Bronzini / Asistencia de dirección: Jose Formento / Espacio Callejon: Humahuaca 3759 / Funciones: domingos, a las 19.30 / Duración: 60 minutos
Nuestra opinión: muy buena
El horticultor autosuficiente, manual de John Seymour, sirvió a la autora y directora Mariana Chaud como disparador para dar forma a un proyecto extremadamente sensible, en el que más allá de la historia que retrata, se destaca por sus cualidades a la hora de guiar a sus intérpretes.
La trama de En la huerta es ciertamente pequeña: una mujer proveniente de la ciudad habita una casa en el medio del campo y decide dar forma a una huerta orgánica, siguiendo los lineamientos propuestos por Seymour. Un jardinero cuyo hábitat original es la provincia la sigue en ese derrotero. Y mientras los resultados del proyecto son muy alentadores, crece entre ellos una velada historia de amor.
Ellos no hablan de sus sentimientos, apenas dan algunas señales. Los productos de la tierra parecerían resultar los verdaderos valores que juntos pueden construir, mientras sus cuerpos no hacen más que frenar cualquier impulso destinado a completar al otro. Sólo en algunas situaciones se animan a ir por más y siempre ese hombre, guiado por cierto ímpetu salvaje, es quien trata de escapar del mundo laboral para exponer su pasión por esa mujer.
Las escenas y sus diálogos son breves. No importa tanto, por momentos, lo que se dice como aquello que sucede dentro del cuerpo de los intérpretes. Y en esto, el trabajo de Mariana Chaud es muy elocuente. Propone una fuerte construcción interna de los personajes y desde ahí hace progresar la acción modelando una dramaturgia de acciones y palabras que únicamente adquirirá valor, porque los sentimientos de sus actores son capaces de mostrar valiosas construcciones.
Moro Anghileri compone a una inquieta soñadora, dulce, vivaz, para quien el objetivo de su proyecto parecería ser la única definición de su vida. William Prociuk, en cambio, es guía y contendor. Juega con su ingenuidad y provoca, cuando la intensidad que irradia su cuerpo ya no es controlable. Esa relación que consiguen armar es verdaderamente conmovedora.
En la huerta, además, se destaca por la exquisitez de su puesta, a la que mucho aportan la escenografía de Alicia Leloutre, la iluminación de Matías Sendón y la música de Pablo Bronzini.






