
Ernesto Alterio y Juan Botto, actores que son hijos del exilio
Asimilados a su patria adoptiva, desarrollan allí sus carreras
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MADRID.- A principios de la década del 40, apenas concluida la Guerra Civil, no pocos actores hispánicos intentaron continuar sus carreras en el exilio. Varios de ellos alcanzaron renombre en el cine argentino y no faltó alguno -el caso de Pedro López Lagar- que llegó a ser considerado como un intérprete rioplatense. Casi cuarenta años después, desde poco antes de la última dictadura militar y hasta mediados de los 80, se invirtieron los términos: varios actores argentinos recalaron en Madrid y comenzaron a aprovechar las oportunidades que les ofrecía la cinematografia española. El caso más notorio fue el de Héctor Alterio, quien llegó a identificarse con el país que le dio refugio y a convertirse en uno de los más conspicuos actores del cine ibérico (esta condición se afirmó cuando, en el Festival de Berlín, a fines de los setenta, ganó el premio al mejor actor por su trabajo en el film español "A un dios desconocido", de Jaime Chávarri).
Pero esos mismos años de ostracismo dieron lugar a otro fenómeno, inevitable y doloroso en su índole de desarraigo, pero a la larga también interesante: el crecimiento, en tierra extraña, de los hijos de los exiliados, que se adaptaron a la nueva situación e incorporaron la lengua y las costumbres de la patria de adopción, hasta identificarse con su cultura.
Viene a la memoria un comentario que a mediados de los 80 nos hizo en Buenos Aires la dramaturga y escritora Roma Mahieu (quien había debido exiliarse en España junto a su esposo, el crítico e historiador cinematográfico Agustin Mahieu): "Sí, claro, con la democracia ahora podríamos regresar a la Argentina -dijo entonces-, pero nuestros chicos tienen sus programas de estudio y sus compañeros en España, hablan como madrileños y no quieren saber nada de volver".
Patrias cruzadas
En sus imprevisibles resultados, la persecución y el destierro surgido de las dictaduras con los años deparan esta especie de revancha, estos "hijos del exilio" que crecen y dan sus frutos en otra patria, aquella a la que los llevaron sus padres (los que pudieron llegar, porque otros sucumbieron antes de intentarlo), y que insensiblemente se fue convirtiendo en su patria de adopción.
En el marco de este fenómeno, hay dos parejas de hermanos que resumen en términos fehacientes la paradójica pirueta del destino de los emigrados: Malena y Ernesto Alterio, hijos de la psicoanalista Tita Bacaicoa y de Héctor Alterio, y María y Juan Diego Botto, descendientes de la actriz y pedagoga Cristina Rota y del actor Diego Fernando Botto, asesinado en 1976. Desde hace años, los cuatro trabajan en España, así en teatro como en cine, y han logrado -especialmente, los dos varones- un lugar destacado en la pantalla hispánica.
Tanto los Alterio como los Botto llegaron de pequeños, pero de manera distinta. Ernesto y Malena debieron abandonar la Argentina con su madre a fines de 1974 para reunirse con su padre: Alterio, amenazado por la Triple A, no podía regresar a su país. La partida de Juan Diego y Maria Botto fue más trágica; después del asesinato de su padre, Cristina Rota emprendió el camino del exilio, pero sólo al cabo de arduas negociaciones con un juez, ya que su situación no le permitía sacar a sus hijos del país. No era viuda, en virtud de que la figura jurídica del "desaparecido" no existía. Alguien debía convalidar la patria potestad, y este trámite dependía de la firma de un juez. La señora Rota -que intervino en dos películas españolas como actriz y suscribió el guión de la exitosa "Sinvergüenzas"- es hoy una de las maestras de actuación más reconocidas de España y cuenta con una prestigiosa escuela privada de formación integral del actor, asimilada a los planes oficiales.
A Juan Diego Botto y a Ernesto Alterio no les costó, como a sus padres, tomar conciencia de que España era un sitio para quedarse; desarrollaron su nueva cultura de pertenencia casi espontáneamente, se formaron como actores bajo las enseñanzas de Cristina Rota y hace unos días compartieron -junto a otros argentinos y a la cubana Mirtha Ibarra- la mesa redonda "España para quedarse", en el marco del Festival de Cine Iberoamericano de Huelva. Ambos, al revisar el involuntario periplo que va del abandono prematuro de un país hasta la consagración profesional en otro, rozan emocionalmente la cuestión de la identidad, acaso la vivencia más tardía en la experiencia del desarraigo. Es necesario algún hecho desencadenante, cierta circunstancia inesperada para que despierte. Tarda, pero siempre aparece.
"Mi recuerdo más antiguo se remonta al sacudimiento del vuelo, el momento de la partida, algo bastante borroso, ya que por entonces yo tenía apenas dos años", dice Juan Diego Botto, nacido en 1975 y que debutó como actor-niño en 1982. Semejante precocidad le permite ostentar, a sus 26 años, una filmografía de otros tantos títulos (sí: 26 películas), entre los que figuran "La Celestina" (1996), "Sobreviviré", y la consagratoria "Martín (hache)" (1997), de Adolfo Aristarain.
"El cambio de destino es tan prematuro -sigue Juan Diego- que es más fácil adaptarse. Recuerdo que con mi hermana María nos encerrábamos en nuestra habitación para ejercitar la pronunciación de la "ce" como "zeta", para parecernos un poco más a los chicos de la escuela y no sonar como raros. Cuando algún compañero decía que al día siguiente iría a almorzar a casa de su abuela, yo pensaba: para ir a casa de mi abuela, yo tendría que recorrer 14.000 kilómetros. Eso me hacía tomar conciencia de la lejanía de nuestros vínculos familiares."
De Ernesto Alterio (que es unos años mayor que Juan Diego y que llegó a España con cuatro años) dicen algunos críticos que en pantalla tiene la mirada joven más vigorosa del cine hispánico. "Cuando tenía cuatro años, un día me dicen que nos vamos a vivir a Madrid -cuenta-. En ese momento no tuve una idea clara de la situación, pero intuí que algo raro estaba ocurriendo. Después vinieron las conversaciones. Trataban de hacerme entender qué había pasado. Nos fuimos a vivir en un hostal, en Madrid, y uno de los recuerdos más nítidos que tengo es que era Navidad y no teníamos espacio ni ánimo para una gran celebración. Entonces mi madre recortó de una revista la figura de un árbol de Navidad, y la colgó."
"Insomnio" fue el film que lo catapultó a un primer plano de atención; después vinieron dos películas de Colomo, "Los años bárbaros" y "El cuarteto de La Habana". En algunos films, Ernesto, que es un músico innato, canta y baila. Su padre Héctor le reprocha que le haya hecho perder al jazz un excelente pianista.
Dos ritmos, dos culturas
Botto percibió las vibraciones del desarraigo durante el rodaje de "Martín (hache)", que fue una coproducción hispano-argentina: "Esa película me llevó de regreso a Buenos Aires y ahí sentí el salto, el fluctuar entre dos cosas. Empecé a pensar que yo era muy de aquí, de España; te aparece el recuerdo de aquel día en Madrid en que te caíste por primera vez de la bicicletaÉ Y, por otro lado, en Buenos Aires lo sentía todo muy propio también, y me preguntaba cómo era eso de sentir tanta familiaridad con un lugar donde no había vivido."
"A mí me pasa lo mismo que a Juan Diego -interviene Alterio-; me siento español, pero en algo también soy argentino. Es lo de tantos que se han exiliado. Plantearse: ¿de dónde soy?, y no tener respuesta. Hasta aceptar que tienes dos ritmos, dos culturas, y que eso es algo bueno."
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