
Espíritus de Villa Ocampo
Los martes se ofrece un espectáculo que dirige Alfredo Arias
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Hay experiencias que las define el entorno. La reciente presentación del espectáculo basado en un extenso poema autobiográfico de Silvina Ocampo, en el salón principal de Villa Ocampo, es un clarísimo ejemplo de ello.
La inteligente recuperación que se está llevando a cabo de la mansión de San Isidro permite imaginar que en cualquier momento entra por algunas de las tantas puertas del lugar la mismísima Silvina Ocampo junto a su trío de famosos más íntimos: su esposo, Adolfo Bioy Casares; su hermana, la esplendorosa Victoria dueña de la casa; o su mejor amigo, Jorge Luis Borges.
Manuel Mujica Lainez, en un capítulo de Los porteños dedicado a Victoria, describe el lugar de esta forma: "Aquí me presenta, en su soleado jardín por el cual vagan y discurren los huéspedes, a Indira Gandhi, que me da la diestra a besar, o me presenta a Camus, o a Graham Greene, o a tanto otros. Aquí, en el hall de las columnas que los retratos de Pueyrredón flanquean, alguien está disertando, alguien importante".
Ese mundo que pinta Mujica Lainez tiene vida y entabla un inquietante diálogo con un glamoroso pasado. Con sentarse alrededor del gran piano de cola que habrá usado Stravinsky se detecta esa magia. Como si las sombras del pasado tomaran vida, como si los ecos fueran más que gestos difusos.
En ese contexto, verla a Marilú Marini moviéndose por el salón luciendo un vestido de Pablo Ramírez (que seguramente Silvina Ocampo adoraría), la evocación está al alcance de cualquiera. Y como detrás de Invenciones del recuerdo, el espectáculo en cuestión, están las interpretaciones de Marilú Marini, Sandra Guida y Alejandra Radano; la música en vivo de Axel Krygier, el vestuario de Pablo Ramírez y la dirección de Alfredo Arias, la predisposición es la mejor. Pero la suma de las partes le dan una dimensión al montaje que, en realidad, carece.
Si lo que se vio la noche del martes pasado se lo toma como un ensayo abierto, se podría decir que la propuesta de Alfredo Arias está en período de prueba, que todavía no pudo resolver adecuadamente la bifrontalidad que propone el espacio, que a la coordinación de las dos ex chicas bravas de Chicago le falta ensayo, que se las ve encorsetadas por la forma coral que deben decir los textos de Silvina Ocampo y que la presencia de Marilú Marini está muy en un segundo plano.
Aunque -claro- son ellas, son ellos, y todo suma. Por eso se producen chispas que, en semejante entorno, alumbran el espacio. En esos momento fugaces es cuando la historia de esta mujer "irisada, sabia, compleja, mesurada, inocente, cruel" -como la describía Borges- se mueven con fluidez por el enorme salón con vista al río. En ese contexto evocativo, el bolero final que toca Krygier (bolerazo de Bola de Nieve) viene perfecto para esa especie de ceremonia del recuerdo.
Por ahora, la propuesta de Alfredo Arias no es más un juego escénico en proceso a cargo de gente muy creativa que intenta dar vida a la vida de la más oculta de las hermanas Ocampo. Claro que dicho juego, al presentarse en esa maravillosa puesta en escena creada por Victoria, crece más que por virtudes ajenas que por las propias.



