Estrenos de teatro: en La teta, la amistad femenina es el foco de una obra sutil y efectiva
Escrita y dirigida por Alice Penn, la obra tiene como protagonistas a dos estupendas actrices mendocinas, Antonella Lorenzo y Julia Pérez Ortego
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La teta. Dramaturgia y dirección: Alice Penn. Elenco: Antonella Lorenzo y Julia Pérez Ortego. Escenografía: A. Penn. música: Carli Aristide. Vestuario: A. Penn, A. Lorenzo y J. Pérez Ortego. Sala: El camarín de las musas, Mario Bravo 960. Funciones: los viernes, a las 17. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: muy buena
A Alice Penn, la cartelera porteña la conoce como la responsable de los libros y las letras de canciones de musicales para toda la familia (Leyenda pirata, Los tres mosqueteros, Marco Polo). Pero en paralelo, en el circuito independiente, toca otras cuerdas desde hace años, incluidos los doce que pasó en Mendoza, donde escuchó muchas historias y conoció a dos actrices jóvenes, Julia Pérez Ortego y Antonella Lorenzo, las protagonistas de La teta, un cuento de vecinas surgido a partir de un chisme que la autora y directora recrea en la obra.
Las tragedias pueblerinas no son asunto de dioses. Detrás de paredes sencillas, hay dolores que nadie atiende. En los intersticios de ese entramado, cuando los hombres no están, dos amas de casa y madres se encuentran de a ratos, visita de vecinas hasta hace poco amigas en la escuela pero, en el presente, separadas por el tabique de la vida matrimonial.

Las dos amamantan pero mientras una desborda, a la otra ‘’la leche no le baja’' y no logra alimentar a su bebé. Dar la teta, entonces, se convierte en un acto sanador, el pecho compartido de una mujer en ayuda de otra, la unión íntima de lo más preciado para romper la cárcel del silencio. La teta, título corto y contundente, foco de asociaciones y sentidos, es la llave que abre una puerta sellada por mandatos opresivos.
Si bien es una puesta realista, la aparición del hombre de la casa es aludida por ruidos, una sucesión regular de puñetazos, del mismo modo que el hambre infantil se denota con un llanto no convencional, muy agudo, realizado con violines: en ambos casos, esta presencia sonora de lo no dicho provoca un efecto desolador, aún más angustiante porque contrasta con los diálogos colmados de creencias populares, la risa como un oasis, los recuerdos adolescentes, el casete de Raffaella Carrá. Y dos actrices estupendas para construir, en esa sumatoria de detalles domésticos, un vínculo ancestral y poderoso como la amistad femenina.
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