
Fragmentos de un mundo devastado
“Beckett. Uno”, basado en “Rough for theatre one”, de Samuel Beckett, por el Grupo Uno. Con Diego Sanmarti y Adrián Azaceta. Música original: Joaquín Segade. Escenografía y vestuario: Roger Capaña. Maquillaje: Alberto Lopez Castell. Dirección: Martín Miguel V. Sala: Teatro Payró.
Nuestra opinión: bueno.
En medio de un paisaje devastado, se encuentran dos personajes: un ciego, “A”, y un lisiado, “B”. Entre lo poco que les queda, guardan la ilusión de un vínculo, el deseo de trazar una línea recta entre esas dos humanidades al borde del abismo. Sin embargo, aun en medio de esa geografía sin horizontes no pueden salirse de sus respectivas miserias humanas. Por eso hasta son capaces de abortar toda posibilidad de un encuentro quedándose todavía más solos, inválidos y ciegos.
Con estos simples elementos, el genial Samuel Beckett (1906-1989) escribió “Roug for theatre one”, una inteligente e irónica pieza sobre la estupidez humana que se transforma en una aguda radiografía de esta contemporaneidad. Porque, mucho más en los tiempos en que vivimos los argentinos, uno tiene la sensación de que todos somos A y todos somos B. En las manos del Grupo Uno, colectivo que realizó la traducción y adaptación, “Beckett. Uno” se convierte en un dignísimo trabajo apoyado básicamente en la inteligente interpretación de Diego Sanmarti y Adrián Azaceta.
A lo largo de los 50 minutos que dura el montaje, los dos se van afianzando, se van apoderando de cada gesto, de cada mueca. En esos diálogos, en las miradas, en los tiempos muertos o en el simple balbuceo encuentran la esencia del autor de “Esperando a Godot”. Lo cual, casi por elevación, habla de una aguda dirección actoral que potencia el encuentro de los dos personajes y de los dos actores que le prestan todos sus sentidos.
Sin embargo, hay algunos aspectos que parecerían no jugar a favor. Martín Miguel V., director de este espectáculo que ya pasó por varios festivales, pone sobre el escenario una cantidad de elementos escenográficos que distraen, que no agregan. Lo mismo podría aplicarse a la innecesariamente extensa banda sonora con la que se inicia el espectáculo.
En contraposición, “Beckett. Uno” crece con A y B moviéndose en medio de esa nadería, de esa falta de parámetros espaciales y temporales, en medio de esos fragmentos ahistóricos. O conmueve cuando al final los dos tipitos se quedan mirando al público, algo tan simple pero de una enorme riqueza expresiva. En esos casos, la síntesis del texto encuentra una perturbadora metáfora escénica no exenta de una belleza construida casi desde la nada.




