Gran Abono, sin etiqueta obligatoria
Hoy, primera función de "Mahagonny"
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En 1908, Angel Villoldo, recién vuelto de París, con la guitarra, solo o en compañía, tocaba "El choclo" para delicia de los bailarines de las orillas y la consternación del centro porteño. River y Boca no eran el clásico de los clásicos; Borges, con 9 años, iba de la biblioteca a la escuela, y el término rock music, a lo sumo en los países de habla inglesa, podía hacer mención a alguna canción de cuna entonada por alguna abuelita mientras mecía la cuna de su nieto.
En ese mismo año, después de mucho tiempo y de varias inauguraciones postergadas, el 25 de mayo, con la asistencia de Figueroa Alcorta, un doble apellido que en aquel entonces identificaba a un presidente y no a una bella avenida rodeada de verdes excepcionales, se inauguraba el Teatro Colón. Desde entonces hasta este presente argentino teñido de angustias e incertidumbres, el siglo XX pasó como una tromba, aportando tecnologías, novedades y cambios profundos. De una a otra punta, pocas costumbres, ritos o hábitos quedaron en pie.
Cambio de hábitos
Pero, en el Colón, y en general en todos los ámbitos donde se consume la música académica, un arte mayormente producido en tiempos más o menos lejanos, las tradiciones tienden a permanecer. Una de ellas, apenas modificada en longitudes, diseños y colores, más por cuestiones que tienen que ver con la moda que con transformaciones esenciales, se mantuvo invulnerable. Hasta hoy. Con la apertura de la temporada lírica, con "Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny", de Kurt Weill, los miembros del Gran Abono podrán acudir a sus butacas o a sus palcos sin lucir necesariamente esplendorosos vestidos largos ni smokings con moñitos al tono.
No es ocioso hacer mención que para quienes no frecuentan el Colón y para cierto inconsciente colectivo, existe una imagen errónea que iguala al Colón con la opulencia y el boato. Del total de funciones que se ofrecen por año en el teatro, sólo la decena -o, como en este año, menos aún- asignadas al Gran Abono son las que, hasta esta noche, requerían de un tipo particular y ostentoso de vestimenta. También es pertinente recordar que esta etiqueta, usual en 1908, ha sido prácticamente abolida en todos los teatros europeos, salvo en ocasiones sumamente esporádicas, y continúa en determinadas circunstancias, pero con muchas libertades, en los Estados Unidos.
Con todo, la modernidad de la nueva norma está más emparentada con nuestra Argentina "quebrada y fundida" que con transformaciones esenciales o con decisiones heréticas de la dirección del teatro. La supresión de la obligatoriedad de la ropa de etiqueta ha llegado como consecuencia de la petición de un gran número de abonados que considera irritante y hasta riesgoso acudir al Colón luciendo ropajes que no condicen con una realidad de grandes penurias.
En los años cincuenta, con Perón en el poder, este protocolo había sido suspendido por razones políticas. Ahora, y quizá ya definitivamente, la gente del Gran Abono asistirá, opcionalmente, de "civil". Es probable que si la situación socioeconómica mejora sustancialmente, y ojalá que así suceda, podrían llegar a volver las normas imperativas de la etiqueta para los miembros del Gran Abono. Pero, entretanto, seguramente se podrá observar, por las butacas y por los pasillos, un panorama más variado en lo que a indumentaria se refiere. Donde sólo habrá uniformidad será en el foso. Los músicos, prisioneros del smoking o del frac, según el dictado de una regla casi paleolítica, tal vez estén esperando su propia oportunidad.




