
Historia de amor y crecimiento
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"Cosas de payasos". Espectáculo de Claudio Martínez Bel. Intérpretes: Enrique Federman y Claudio Martínez Bel. Iluminación: Tato Latorre. Música: Jorge Valcarcel. Escenografía y vestuario: Adriana Estol. Dirección: Eduardo Gondell. Teatro Sarmiento, avenida Sarmiento 2715. (Jardín Zoológico). Sábados y domingos a las 16. Entrada $ 4.
Nuestra opinión: excelente
El espectáculo se resiste a un análisis detallado: ha logrado una síntesis casi perfecta en la que están amalgamados y en constante conjunción los diversos códigos, que se abren y cierran a la comprensión y se separan y reúnen para provocar sorpresa, hilaridad, emoción, juego, siempre dejando la puerta entreabierta para algo más.
El deleite es para todos, grandes y chicos, porque cada uno encuentra algo de donde servirse y saborear, cada uno puede simplemente jugar a la diversión, a la fantasía, a esa aventura de la imaginación que el clown propone desde el gesto, o hacer una lectura más profunda, identificarse y ponerse con una sonrisa seria a reflexionar. Hay incluso momentos breves, sutiles, sorpresivos, en los que asoman las lágrimas, con entendimiento y ternura y otros, igualmente medidos, que arrancan la sonrisa, la risa y la entusiasta carcajada. No hay momento para perder; es grave llegar tarde porque hasta el primer gesto de arranque es significativo.
La historia
El espectador se encuentra, gracias a la magia de Martínez Bel, Federman y Gondell, mirando de cerca una íntima historia de amor, dolor y crecimiento. Son dos payasos, el padre y el hijo, uno enseñando, otro, aprendiendo, uno envejeciendo, el otro, madurando. Al igual que en la vida, las distintas etapas se van cumpliendo casi inadvertidas a través del trabajo, que en este caso son las rutinas que el padre enseña a su hijo y que él aprende a su modo, con torpeza, creatividad o franca rebeldía.
También va cambiando la actitud del maestro a medida que el discípulo niño pasa a ser adulto: de cierta complaciente ternura, a firmeza, exigencia, e incluso recriminación o dura crítica. Pero también madura una relación y las sutiles señales de los códigos la van mostrando más allá de toda explicación.
El papá de la primera escena se encuentra al final con un hijo adulto que lo desafía y quiere ser diferente. El hijo, que ama tiernamente y admira a su papá, llega a sentirse como un igual, a desprenderse y también sentir ternura por ese hombre que ya es un poco viejo y que le ha dado tanto.
Las rutinas que supuestamente son un aprendizaje tienen mucho humor, abunda el chiste sutil, el guiño, un desafío contante a la inteligencia del espectador que lo mantiene en vilo, lo sorprende y lo divierte.
En esta unidad tan equilibrada, la música y la iluminación juegan un papel importante.
Hay chistes muy bien logrados, en complicidad con la iluminación, por ejemplo, o con el sonido. Una especie de lenguaje especial que aparece cuando los personajes discuten una técnica y se convierte en otro juego más. La respuesta y complicidad del público, la alegría en el descubrimiento de una nueva ocurrencia, escondida como en capas detrás de la otra, es total.
En síntesis, una experiencia profunda y completa, que hace bien.
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