
Hombres solos en un mundo sucio
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Sucio . Dirección: Ana Frenkel y Mariano Pensotti. Creación e interpretación: Guillermo Arengo, Carlos Casella y Juan Minujin. Música: Diego Vainer. Escenografía: Ariel Vaccaro. Iluminación: Gonzalo Córdova. Vestuario: Guido Lapadula, Agustín Bossini Pithod. Músicos invitados: Sandra Baylac y Diego Frenkel. Asistente de dirección: Juliana Piquero. En la Ciudad Cultural Konex (Sarmiento 3131). Viernes y sábados, a las 21,30. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
El ámbito elegido para desarrollar esta experiencia es un lavadero automático. Allí se cruzan tres hombres, de apariencias muy distintas. Y mientras la ropa, dentro de las lavadoras, va desprendiendo suciedad a la vez que se mezcla con otras, esos seres irán desprendiéndose de ciertas angustias que cargan mientras se relacionan, se conocen, se animan a compartir algo de sus vidas.
El espectáculo, en el que se combina teatro, danza, música, canto, narración y una muy cuidada imagen, está construido a partir de pequeños fragmentos de un fuerte valor testimonial. Cada uno de los personajes tiene su momento y en él deberá expresar algo muy doloroso pero, con una intensidad tal, que posibilite al espectador tomar contacto con un mundo privado de un fuerte dramatismo.
Uno de ellos (Guillermo Arengo) de pequeño fue obligado a filmar un video porno con dos vecinitas; el segundo (Juan Minujin) le pidió a su mujer que se acostara con su padre cuando murió su madre; el tercero, a través de una canción, expone su desazón ante un amor que ya no está a su lado ("Siempre te amé/ te estoy deseando, amor./ A ti, querido, te amo/ siempre, siempre te amaré", dice ese tema en el final). Tres realidades que los definen, los acompañan y deciden compartir para, tal vez, limpiar algo de sus conciencias; pero, en verdad, poco pueden hacer cuando la imagen que le devuelven los otros está plagada de cierto dolor, también.
Poética de la piedad
Desde la dirección, Ana Frenkel y Mariano Pensotti van dando forma a cada una de las situaciones con un cuidado muy minucioso, rescatando el mundo interior de esos intérpretes, de tal manera que sus relatos resulten siempre develadores y muy movilizadores de la acción. Cada palabra, cada pequeña acción o gesto tiene un valor preciso y amplía las referencias sobre la realidad de cada personaje. Ayuda a conocerlos y a comprenderlos más.
En lo interpretativo cada actor tiene un momento de fuerte trascendencia: la escena de Guillermo Arengo frente a una pantalla de televisión, por ejemplo; el juego sexual de Carlos Casella con un oso de peluche grande; el primer relato de Juan Minujin cuando cuenta una película o el segundo, en el que aparece la historia entre su mujer y su padre, todos son de una profundidad admirable. Y, más allá de que expresen una fuerte soledad, desesperación o violencia, hay en ellos una intensa marca poética que permitirá que el espectador no los critique por todo eso que dicen o hacen, sino que sienta una fuerte piedad.
Es muy destacado también el trabajo desarrollado por Gonzalo Córdova en la iluminación, Ariel Vaccaro en la escenografía y Diego Vainer en la música.





