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Imaginación y audacia en una puesta impecable

Moira Soto
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27 de octubre de 2017  

Una escena muy Almodóvar, claramente una influencia del director
Una escena muy Almodóvar, claramente una influencia del director

Todo tendría sentido si no existiera la muerte / Libro y dirección: Mariano Tenconi Blanco / Intérpretes: Lorena Vega, Maruja Bustamante, Agustín Rittano, Andrea Nussembaum, Juana Rozas, Bruno Giganti / Escenografía: Oria Puppo / Vestuario: Cecilia Bello Godoy y Johanna Bresque / Coreografía: Jazmín Titounik / Música: Ian Shifres / Funciones: viernes sábado y domingo a las 20, hasta el 12 de noviembre / Teatro: Cultural San Martín / Duración: 180 minutos / Nuestra opinión: excelente

Casi desde el arranque se sabe que alguien va a morir en esta obra, cosa que por cierto sucede más tarde, en primer plano. El mismo personaje, enfermo de leucemia, expresa su postrer deseo de escribir y actuar en un film porno "más equitativo con las mujeres", y lo cumple.

María es la protagonista de un melodrama que en la superficie juega con la comedia para aligerar -sin ocultar- la densidad de los peliagudos temas que son encarados con sorprendente osadía. El dramaturgo y director apela afectuosamente a ese género popular -de fines del XVIII, que prosperó en el teatro, los folletines y el cine, hasta copar la telenovela- que ha ofrecido expresiones contemporáneas en el nivel de Manuel Puig, en literatura, de Fassbinder o Almodóvar, en cine. Un género que se puede permitir peripecias rocambolescas, emociones fuertes, artificios evidentes sin perder credibilidad si se alcanza una convincente imitación de la vida (como en aquel glorioso melodrama contra el racismo de Douglas Sirk, 1960, que también culminaba en una muerte, rezos y reunión familiar).

Aunque Todo podría... transcurre en los 80, en una ciudad bonaerense, habla -sin poner énfasis en el lenguaje de la época, salvo algunos modismos- de cuestiones humanas que tienen que ver con la necesidad de trascendencia, el consuelo de la religión, la aceptación de la muerte, la iniciación sexual a diferentes edades; también, sin rodeos, del derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo en toda ocasión. Tangencialmente, surge la violencia de género, tanto tiempo naturalizada (se cita al film Gilda, de 1946, y su famosa cachetada).

Con imaginación y audacia infrecuentes, Tenconi creó una historia apasionante sostenida por personajes finamente perfilados desde la escritura, que a su vez se encontraron sobre la escena con intérpretes insuperables, como Lorena Vega y Maruja Bustamante, en un contrapunto magistral de humor y ternura. La primera, al cabo de un año de gran rendimiento en teatro y cine, en el rol de la enferma terminal, el cuerpo levemente encogido, la voz de alguien que va perdiendo vigor, que se está despidiendo con entereza. La segunda haciendo a la dueña del videoclub, mezcla irresistible de chúcara y nihilista, de presencia imantada, vuelve a descollar en 2017 (luego de estar en la valiosa obra No me pienso morir). Andrea Nussembaum y Agustín Rittano modelan con precisión de orfebres sus difíciles, patéticos personajes. Una revelación Juana Rozas como la adolescente en tránsito hacia la orfandad y la adultez. No desentona Bruno Giganti en un rol de menor compromiso.

Todo el elenco está vestido con notable acierto, respetando rasgos y circunstancias de cada personaje, un mérito de las uruguayas Cecilia Bello y Johanna Bresque que logra atenuar los efectos de la incongruente escenografía. Una vez más el inagotable Matías Sendón dispone apropiadamente de las luces. Y de los apagones que separan las secuencias, como bloques de un gran culebrón o aludiendo al fundido a negro en el cine. En un momento sublime, es María, ya postrada, la que pide que se apague la luz y en la oscuridad se oye Abide with Me (Permanece conmigo), el dulcísimo, balsámico himno entonado por Doris Day, que invoca el Evangelio de Lucas, la primera carta de Pablo a los corintios. Por lo demás, este espectáculo se anima a concertar cosas presumiblemente tan opuestas como la visión de un film porno (el público, que ya vio el rodaje en escenas bien coreografiadas, solo vuelve a oír los diálogos) y el rezo colectivo de un Ave María.

Es obvio que T.C. aprecia de corazón a Almodóvar, pero hay que reconocerle que en el ya famoso mosaico de citas que sería una obra artística, obtiene altos logros propios, hallazgos que entroncan quizás con lo mejor de su obra.

Por: Moira Soto

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