
Edeo: Irina Alonso y la conciencia del grito trágico del destino
Medea / Autor: Eurípides / Versión: Irina Alonso / Dirección: Cecilia Meijide / Elenco: Irina Alonso, Guillermina Etkin, Yanina Gruden, Diego López Domínguez y Pedro Risi / Músicos y música original: Guillermina Etkin / Escenografía: Javier Drolas y Soledad Ruiz Calderón / Luces: Santiago Badillo / Vestuario: Soledad Ruiz Calderón / Coreografía: Diego Rosental / Producción ejecutiva: Zoilo Garcés / Duración: 65 minutos / Sala: Anfitrión, Venezuela 3340 / Funciones: sábados, a las 19 / Nuestra opinión: muy buena.
"Puede ser que una mujer tenga poca fuerza, que la asuste todo y se desmaye cuando vea un arma, pero si la ultrajan en la cama no hay en el mundo un corazón más sanguinario", dice Medea, según la fiel versión que la protagonista y adaptadora Irina Alonso hace de la tragedia de Eurípides, a quien sería anacrónico discutirle dosis de feminismo o misoginia, pero que -no hay duda- otorgó a sus bravas mujeres lugar de sujeto histórico.
Muchas veces escuchamos la pregunta de cómo y hasta por qué insistir con los clásicos. La versión de Alonso y la dirección de Cecilia Meijide (la autora y directora de Cactus orquídea, que puede verse después de Medea) demuestra cómo es posible traer a nuestros días la arrasadora actualidad de este texto del siglo V a.C. La puesta en el teatro Anfitrión elige un eje, el de la mujer "despechada", un término antipático del que se cuelgan todavía tanto hombres como mujeres para señalar en público a la que se atreve a quejarse por amor, a la que reclama por el dolor de las promesas incumplidas, a la que grita porque dio sin prevenirse. Que la llorona tenga mucha, poca o nada de responsabilidad poco importa: todas las lanzas se dirigirán hacia la misma herida para que, a falta de mejor consuelo, sólo reste cerrar sin dejar rastros, "soltar" y mirar hacia otro lado.
Y Medea llora, maldice y larga espuma por la boca. Bruja y extranjera en Corinto, traicionó a la familia y a su pueblo para que el amado Jasón se quedara con el vellocino de oro y la tomara por esposa. Pero el héroe decide mejorar la suerte y acepta el ofrecimiento del rey Creonte de casarse con su hija, tarea prometedora para la que debe abandonar a la madre de sus dos hijos y aceptar que los tres sean desterrados. La venganza de la hechicera sólo necesita un día para cumplirse: el rey, la joven novia y los hijos mueren por obra de Medea, y para desgracia de Jasón. La burla de los que festejan la traición de ser descartada y reemplazada es el veneno que esta mujer al límite no puede ni quiere soportar, aunque el camino elegido sea brutal. ¿Quién comete el filicidio? ¿La locura desmedida de la madre o la crueldad ingrata del padre?
La escenografía y la utilización del coro, además de la adaptación, construyen la síntesis narrativa. Los dos rectángulos que forman la cama y el centro de operaciones de Medea se levantan después a la manera de un muro (o un sarcófago) que oculta el sacrificio. El espacio es oscuro, al igual que el vestuario atemporal, en ocre y negro. Dos personajes femeninos (Guillermina Etkin y Yanina Gruden), con sus canciones y relatos, cuentan y apoyan la soledad de Medea, es decir, funcionan como un coro que no sólo resume y contextualiza la historia, sino que editorializa y cuestiona. Los cuatro personajes masculinos están en manos de dos actores: Diego López Domínguez (Jasón) y Pedro Risi (Creonte, Egeo y el mensajero). Sin embargo, ninguno de los integrantes del elenco alcanza la intensidad dramática de Irina Alonso en la piel de este personaje mítico, de esta mujer partida a la que desearíamos abrazar para calmar su sufrimiento, a la que querríamos detener antes que levante el puñal. "Para lastimarte", le dice Medea a Jasón en el último grito. Y con plena conciencia se hace cargo de su destino.





