Julio López opta por el escenario

Extraña la TV que hacía antes, mientras tanto, el teatro lo reivindicó y consolidó
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31 de mayo de 2007  

Una destacada trayectoria con pasajes por el teatro, la televisión y el cine le han aportado a Julio López un fuerte conocimiento del medio. Salió del Conservatorio Nacional, en 1960, "con la calavera de Hamlet en la mano", como le gusta decir, y el reconocido Roberto Aulés lo convocó para un infantil y, de ahí en más, su carrera no paró de desarrollarse. Su máxima difusión se produjo a partir del programa televisivo La tuerca, que estuvo 12 años en pantalla en los canales 13, 11 y 9 durante los períodos 1965/75 y 1981/83. Allí construía dos personajes emblemáticos: Globulito y el Gestor Gurruchaga.

Ultimamente su tránsito se da, sobre todo, por la actividad teatral. Actúa, dirige y está formándose como dramaturgo. Ha pasado por talleres de Eduardo Rovner, Mauricio Kartun y hoy lo tiene como maestro a Ariel Barchilón, y entre sus últimos trabajos como actor pueden citarse La señorita de Tacna y El libro de Ruth . Está fascinado con esta tarea, a la que se entrega con verdadera pasión, mientras ensaya una pieza de Guillermo Ghio -también director-, El pan del adiós , junto con Julieta Díaz, Marcos Montes y Carlos Portaluppi, que se estrena hoy en el Teatro del Nudo.

La pieza se aproxima al mundo del sainete. Julio López mismo aclara que se trata de "un sainete con visión moderna". "Ocurre en 1925 -cuenta-, pero los personajes no son tan categóricos como uno esperaría. Están tamizados por el tiempo. Dos amigos entrañables llegan a Buenos Aires con la intención de ver qué pasa en América. Uno de ellos es anarquista y lo matan. Entonces el otro comienza a reflexionar, seriamente, sobre qué está haciendo acá. La pieza expresa un mundo muy rico porque las cosas no tienen la complejidad de hoy. Guillermo Ghio ha construido unos personajes limpios, sin aristas extremas. Y lo que destaca es una pulsión muy fuerte de las cosas íntimas, profundas y sentimentales de esos seres."

- Ultimamente se lo ve más ligado a la escena alternativa que a la oficial y comercial.

-Trabajé con Guillermo Ghio en otro proyecto y conozco al grupo (H)umoris Dramatis. Para mí es un placer estar ahora con ellos y con Julieta Díaz. Me gusta trabajar y seguir esta carrera que inicié hace ya 40 años. Y siempre trato de buscar nuevos caminos.

- Como el de la dramaturgia...

-Con eso estoy fascinado. En realidad siempre escribí, pero literatura, cuentos. En el teatro empecé desde adentro y la dramaturgia es otra cosa y, por lo tanto, decidí comenzar de cero. No quise darme por aludido, lo que uno sabe viene como agregado. Son muy distintas las pautas de trabajo del autor en relación con las del intérprete. Como actor seguiré unos años más; el mismo medio te va separando y este camino es una buena posibilidad de seguir creando.

- ¿Cuáles son los temas que aparecen en su producción dramática?

-Siempre asoman temas relacionados con la ironía porque la bronca uno la transforma en ironía. Lo que me interesa es trabajar aquellos temas que pueden aportar cierta cuota de entendimiento acerca de cosas que tenemos como en una nebulosa. En uno de mis últimos textos, por ejemplo, un monólogo - Dos extraños -, mostraba a un hombre que escribe artículos para revistas y diarios, y lo que hace es adaptar noticias que roba de diarios extranjeros. Y se gana la vida así, sin respeto por sí mismo. De pronto, un día, escribiendo uno de esos artículos, se le aparece él mismo pero con 18 o 20 años, y le pregunta: "¿Qué hiciste con la vida que te dejé? ¿Cómo es posible que hayas llegado a esto? Yo tenía otras miras". Y este hombre le contesta al joven: "Lo que pasa es que a tu edad es fácil pensar en lo que podrás ser. Pero después la realidad todo lo transforma".

- Esa idea apareció ahora.

-No, la tengo desde que era joven. Me daba cuenta de que algo pasaba con cierta juventud. Cómo hacía uno para sostener los grandes ideales a medida que crecía. Creo que los mayores somos invisibles para los jóvenes. Ellos no saben de qué hablar con nosotros y nosotros tampoco lo sabemos. Hasta utilizan palabras que nosotros desconocemos. Fijate que ahora ya ni nombre tienen. Todos se llaman igual: boludo. Y uno se queda pensando: ¿será que no habrá que ponerles más nombre a las personas, sólo boludo y el apellido?

-¿ Extraña la televisión, un medio que transitó tanto tiempo?

-Empecé muy bien, la TV me dio una popularidad que nunca imaginé ni busqué. Te diría que la extraño, pero, a la vez, no me siento cómodo con esta televisión. Ahora actúa e impone la moda. Y si ésta impone hablar de una manera determinada, a eso se suman hasta programas que no necesitarían adherir a eso. Esta moda en mis tiempos hubiera sido de bajo fondo. No hace mucho me llamaron para una participación en un programa y en el libro había una palabra que me negué a decir. Lo planteé y me lo permitieron. ¿Me llaman para decir eso o para que aporte lo que sé de comicidad? No quiero decir "carajo", no lo necesito, nunca lo hice. Me pongo colorado y no sirve. Ahora todo es así. Me da la sensación de que se actúa como si siempre se gritara. Siempre estás en el límite. Después, ¿qué queda? Antes, una palabra fuerte era un sacudón. Ahora, ¿qué te sacude?

- ¿Y qué pasa con el público frente a esto?

-Si la gente no quisiera oír esas cosas cambiaría de canal, pero, al parecer, hay una decisión de no trabajar frente a la pantalla. Una función de teatro se concreta en un 50 por ciento por los actores y el otro 50 por el público. Recuerdo haber hecho una función la noche anterior al golpe de Estado. El público estaba pintado. Habían mandado al teatro sus pinturas y ellos se habían quedado en la casa con sus preocupaciones. Ahí no había posibilidad de que apareciera el teatro. Si el público de la TV trabajara, cambiaría de canal. Pero se ve que no le gusta quejarse.

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