La esencia de Tabucchi en una puesta sensible

Alberto Catena
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31 de marzo de 2016  

Nocturno hindú
Nocturno hindú Crédito: Prensa

Nocturno hindú / Adaptación y dirección: Gabriela Izcovich / Intérpretes: Alfredo Martín, Agustín León Pruzzo y Gabriela Izcovich / Música: Ezequiel Izcovich / Escenografía: Alicia Leloutre / Luces: Mariano Dobryz / Vestuario y dibujos: Ana Larravide / Sala: Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034/ Funciones: sábados, a las 23 / Duración: 65 minutos / Nuestra opinión: muy buena

"La ciencia ciega ara vanos terrones, la fe insensata vive el sueño de su culto, un nuevo dios es sólo una palabra, no creer o buscar, porque todo está oculto", dice un verso de Fernando Pessoa, que cita Antonio Tabucchi, gran admirador suyo, en su novela Nocturno hindú. En este libro, Roux, su personaje central, realiza un viaje por la India cuya finalidad no está clara en su conciencia. Él dice estar rastreando a un amigo desaparecido y, de hecho, trata de ubicarlo en su periplo. Sin embargo intuye que hay algo más que puja por salir a la luz en su espíritu, una verdad que está oculta, escondida en el fondo de sí mismo y que no se atrevió a admitir. Un misterio, en definitiva, que forjó en su experiencia pasada, pero que no tiene nada de esotérico ni místico. Con enorme sabiduría, Tabucchi hace trascender a esa experiencia del plano personal y la convierte, gracias a la humanísima reflexión filosófica por la que nos hace navegar su travesía literaria, en una metáfora más universal de los laberintos sin salida, pérdida y dolor que atraviesan la existencia humana.

La directora, actriz y autora Gabriela Izcovich había hecho dieciocho años atrás una adaptación teatral de la narración del escritor italiano. El reestreno en estos días de aquella excelente versión, con algunos pocos cambios escenográficos y la incorporación del actor Agustín León Pruzzo en reemplazo de Javier Lorenzo, conserva todas las virtudes del primer espectáculo. Sigue intacta en su realización la alquimia mediante la cual, su directora logró que el texto de Tabucchi se volcara a escena sin perder la hondura del original ni renunciar a sus pretensiones de hacer con el material un montaje pleno de teatralidad, logro no siempre fácil de concretar en estos traslados. Y eso lo consigue, en lo esencial, gracias a un uso imaginativo de los elementos de la puesta (luz, música, objetos, actuación) y una recreación inteligente de la historia contada por Tabucchi.

La primera decisión que tomó Izcovich como directora sobre el espacio que le ofrece el Portón de Sánchez fue dividirlo en dos: del lado izquierdo se acumula una franja de desperdicios de toda clase (papeles, desechos, restos de comida), que de algún modo simboliza la imagen menos turística de la India: su miseria, su mundo caótico, la degradación de lo humano. Tabucchi en su trabajo jamás apela al color de lo exótico. Del otro lado se extiende un largo corredor que sirve de ámbito para escenificar los lugares por donde pasa la pesquisa de Roux: hoteles en que se aloja, restaurantes, hospitales, bibliotecas, muchos de ellos presididos por una atmósfera de nocturnidad que habla de lo oscuro de ese mundo. Todas esas secuencias, en las que el viajero charla con diversos personajes, están resueltas con pocos objetos (cuatro sillas, dos sin respaldo, un mostrador en el fondo de la escena y una puerta en cuya parte superior se proyecta una tenue luz), en una prueba de lúcida síntesis conceptual y apelación a la inteligencia del espectador.

Lo demás son las excelentes actuaciones del trío protagónico (Alfredo Martín como Roux, en uno de los mejores trabajos de su carrera, y Grabriela Izcovich y Agustín León Pruzzo, que en la encarnación de varios personajes exponen una gran ductilidad no exenta de un refinado humor, que tampoco falta en el texto y le da a veces una apariencia falsamente distante) y la iluminación de la palabra, ese nuevo dios al que alude Pessoa. Entre tantas ironías filosas de los diálogos y las exploraciones casi detectivescas detrás del paradero investigado, asoman frases que, como resplandores, alumbran las sombras de la abyección o el horror. Una de ellas queda reverberando en el corazón de cualquier espectador o lector con sensibilidad. Es cuando Roux, en una parada del tren en el que viaja, pregunta a su compañero de camarote qué son esos lamentos que se escuchan a lo lejos. Y el hombre le responde: "Es un jainista, llora por la maldad del mundo."

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