
La excavadora es la gran protagonista del drama teatral de El Camarín de las Musas
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Esta vez, excavadoras irrumpiendo en escena no serán parte de una ficción representada. No. Serán la marca de un lento y trágico devenir de lo que deberíamos haber cuidado y no lo hicimos. De ese patrimonio intangible que es la cultura, y en este caso el teatro, para la ciudad de Buenos Aires y que, por desidia y desinterés, pierde la batalla contra el poder económico.
La historia comienza hace 18 años cuando dos personas empiezan a pensar un proyecto ambicioso: abrir una sala teatral. Proyecto loco, audaz, sobre todo teniendo en cuenta que el lugar era inmenso y estaba en muy mal estado. Pero, pasiones de por medio que no se pueden refrenar, Daniel Genaud y Emilio Gutiérrez decidieron avanzar. Tras casi 20 años de esas primeras conversaciones, El Camarín de las Musas se convirtió en la sala del circuito off más conocida de la ciudad. En pocas cuadras a la redonda de El Camarín de las Musas hay tantos teatros off que las manzanas se transformaron en busca de ofrecer alternativas a la cantidad de espectadores que circulan por allí. De golpe -o vendría mejor decir: a fuerza del empuje y del empeño- Almagro se volvió una auténtica zona teatral. De hecho, el propio Teatro del Pueblo que forzadamente tiene que abandonar a fin de este año el sótano céntrico que ocupa desde 1943, desembarcará en Lavalle 3636, en diciembre, a menos de 200 metros de El Camarín.
De qué se trata la cultura sino de estos procesos ricos, desinteresados y sorpresivos que toman por asalto la ciudad y la embellecen. Así, pues, estas cuadras que no eran Abasto, pero tampoco Palermo, que tenían muchas casas siendo potenciales teatros, se encuentran hoy en su mejor momento. Pero, claro, los mejores momentos siempre tienen su costado oscuro. Revalorizado el barrio, llueven los proyectos inmobiliarios ambiciosos y, como es fácil sospechar, ninguna sala puede competir con semejantes ofertas para los propietarios de aquellos espacios que antes de ser salas teatrales probablemente estaban abandonados a su suerte. Así que el teatro que supo levantar la zona encuentra en ese mismo ascenso su boleto de caída. Esto es lo que sucede con una parte importante de El Camarín de las Musas, que desde este mes debe pasar de tener cinco salas funcionando a toda máquina a dos porque al propietario le llegó una oferta inmobiliaria que no podía rechazar. O sí, pero siempre y cuando existieran otros tipos de apoyo.
"Cuando llegamos en 2001 y armamos El Camarín con su bar, esto -Emilio se refiere al anexo que está pegado y que contiene esas tres salas que desde agosto ya no funcionan más- era un depósito de mercadería de un todopordospesos, tenía muchos problemas judiciales y estaba prácticamente abandonado. Por eso tuvieron que pasar unos años para que nos llegue la noticia de que estaba disponible para alquilar y comenzamos las infinitas reformas. Ni Proteatro ni el Instituto Nacional de Teatro entendieron entonces que había que apoyar este proyecto. Consideraron que era un desprendimiento de la sala de al lado y así desde aquel entonces, esta gran parte no recibió ningún tipo de subsidio. Pese a todo esto, inauguramos con Un hombre que se ahoga, de Daniel Veronese. Algunos se acordarán de aquella abertura que tenía la sala en su techo que Veronese aprovechó para dejar entrar el sol. Luego se cerró y se construyó otra sala arriba. Ahí se mostró una versión de Alejandro Tantanian de Los hermanos Karamasov, con un elenco impresionante que incluía a Ciro Zorzoli, Nahuel Pérez Biscayart, Pablo Rotemberg, por mencionar solo algunos", rememora paseando por estas salas que están en proceso de embalaje Emilio Gutiérrez, uno de los dueños de El Camarín, apesadumbrado; porque aunque la voluntad y las ganas están intactas hay profunda tristeza de saber que entre El Camarín y el Tinglado ahora habrá una torre de cemento que nada tiene que ver con el arte.
Y entonces las alarmas se prenden, las de ellos y las de todos los teatreros: la falta de certezas, la no garantía para sus proyectos y la imposibilidad de responder ante esas ofertas inmobiliarias se convierten en amenazas concretas. Y aunque desde hace unos pocos años la ley que protege a los teatros y cines-teatros de la ciudad se encuentre en vigencia, lo cierto es que solo contempla aquellas salas con más de 500 butacas. Situación imposible de afrontar para una sala independiente, mucho más si se tiene en cuenta que a El Camarín de las Musas se lo está dividiendo y sacándole buena parte de sus butacas.
"El hecho concreto es que por El Camarín pasan 800 obras por año y con la pérdida de estas tres salas estamos hablando de una caída de 450 obras. Y no solo se pierden funciones y con esto el trabajo de muchos actores, directores, escenógrafos, iluminadores, asistentes, agentes de prensa, sino también la sinergia de lo que es para el público que viene a El Camarín semejante caudal de propuestas", cuenta Daniel Genaud, el otro socio fundador de este espacio que logró algo que ninguno había logrado antes: recibir público de la escena comercial para que conozca el teatro independiente y se quede. Es que hay algo sorprendente con esta sala. Más allá de los números elocuentes y la fama ganada, lo cierto es que muchas personas llegan hasta Mario Bravo 960 a ver lo que haya programado. "Hemos aprendido muchísimo, a programar, a equivocarnos, pero sobre todo aprendimos la enorme responsabilidad que nos cabe al invitar al público que se acerca a ver una obra que programamos. La gente que viene está esperando algo y no nos podemos distraer", rebate Genaud.
Han pasado por aquí y siguen pasando figuras como Daniel Veronese, Julio Chávez, Alejandro Tantanian, Tato Pavlosky, Alejandro Catalán, Federico León, Pablo Rotemberg, María Marull y una lista tan rica y extensa que no entra en ninguna nota. Llueven anécdotas de los máximos representantes de nuestro teatro y aun así estos espacios se pierden.
"Estamos cerrando salas que funcionan bien, eso me da mucha bronca. Llevamos 18 años programando funciones y hemos visto muy felices a muchas personas que se acercaron al teatro -cuenta Gutiérrez, que sabe que pudieron sortear todas las dificultades menos esta: la oferta inmobiliaria-. No nos ha visitado nadie de los organismos que se ocupan de eso, solamente el ministro Avogadro que pasó por aquí hace unas pocas semanas cuando ya parecía que era tarde para una solución. De todos modos elogió nuestra gestión. Ojalá podamos replicar esto en otro lado, en cualquier barrio en donde haya un espacio iríamos sin problemas".
Y así seguirá la historia. Rematada y perdiendo batallas contra ofertas millonarias inmobiliarias. Y aunque esté en vigencia la ley que protege a los teatros de eventuales demoliciones obligando a construir una sala en ese mismo predio, no contempla espacios así. Subsidios que no llegan, que no alcanzan y leyes que quedan cortas para propuestas semejantes obligan a cierres de espacios.




