
La geometría se dibuja con la danza
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"The Moebius Strip". Música de Franz Treichler. Coreografía de Gilles Jobin. Con Christine Bombal, Jean-Pierre Bonomo, Lola Rubio y Enora Riviere. En el teatro Alvear.
Nuestra opinión: bueno
La noción que predomina en "The Moebius Strip" es la geometría (la palabra moebius proviene de ella). Hasta al menos la mitad de la obra las acciones son similares. Los bailarines, alternadamente o en conjunto, repiten los mismos movimientos. El principio, largo, muestra a los cinco intérpretes caminando. Lo hacen de una forma precisa, obsesiva, cada cual formando en el piso líneas imaginarias que forman cuadrados invisibles. Así, los cambios direccionales son rápidos, pues de la línea recta en la que estaban cambia diametralmente a otra para continuar en esa dirección. El ritmo y dinámica son iguales. Los cuerpos comienzan a probar otras posturas que poco tienen de humanas. La identidad de hombre y mujer se borra. La cualidad de los bailarines es la delicadeza con que se desplazan, lenta y suave en la manera de apoyar pies, manos, rodillas, y el movimiento en sí, que es meticuloso.
Según momentos, avanzan sigilosamente agachados, utilizando las manos para apoyarse en el piso y los pies, como en cuatro patas, mas la imagen no es común. Aunque la espalda esté muy alzada, dan cierta idea del movimiento de animales mezclados, como el del cocodrilo, y también del modo de desplazarse de los monos, sobre todo, del chimpancé. Asimismo, hay similitud con las arañas. Pueden añadirse cucarachas, que tienen cierta rapidez, pero que repentinamente se detienen y toman otro curso.
La geometría es omnipresente. Siempre los bailarines siguen, como si tuvieran dibujado un intrincado esbozo, una línea recta que al girar se convierte en un ángulo, luego, en un cuadrado, también en diagonales, círculos, semicírculos, triángulos. Y con sus cuerpos a menudo también la representan. Tienen una gran control y en ellos se ve la vertical, la horizontalidad, el zigzag, los vértices.
La segunda parte de la obra tiene mayor interés. Aquí se contactan, hasta que el entrelazamiento es más de conjunto. El suelo es otro protagonista, ya que no sólo es la referencia geométrica sino que Jobin lo usa frecuentemente para que su gente realice mucho de su creación.
De mayor interés
Sólo en un cuadro salta otro ritmo, otra tesitura que contrasta absolutamente con lo anterior, y es cuando una chica del elenco, como atacada por una crisis de violencia o de miedo convulsiona todo como una explosión. Muy bella es la escena, sobre el piso, en la que tocando con sus pies la cabeza de la otra conforman una hilera sin cortes. La primera se sienta y acaricia el contorno de la que la sigue, y así, sucesivamente.
Lo mejor es el final. En una total penumbra, casi oscuridad total, se perciben cosas fantasmagóricas, ya que no se puede discernir qué son. Tiene enorme poesía. Primero, se intuye que son las piernas, que serenamente, como si fueran tiernos troncos mecidos por la brisa. Hay furtivas pasadas de bultos que van de un lado a otro. Cuando vuelve una tenue luz, los intérpretes van cubriendo el escenario con papeles blancos, que forman exactas filas que van del proscenio hasta el fondo. Bailan sobre ellos sin moverlos un centímetro, y siguen, en algún instante, juntos, haciendo los mismo hasta el apagón del cierre.
Jobin, en su búsqueda, habla del infinito, de lo que sigue a pesar de la finitud del hombre. De la existencia que se repite en sus leyes de vida y muerte. Sin embargo, el hombre siempre soñará con lo imposible, lo que jamás termina. Sólo el cosmos tiene esa propiedad. Abstracta, ascética, monótona en tanta repetición, la pieza tiene sus aciertos en un modo muy diferente de exponer este tema tan fuerte y profundo, que en la idea de Jobin es extremadamente racional. La mente predomina, no así la corporalidad, la otra constante, que es en los bailarines de una calidad y fluidez excelentes.
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