La historia se baila con el ritmo de tango
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"Tangos de la Cruz del Sur", de Miguel Angel Zotto y Leonardo Napoli. Intérpretes: Miguel Angel Zotto, Soledad Rivero y bailarines; Ricardo Marín y Cecilia Casado (cantantes) y orquesta. Relatos en off: Alfredo Alcón. Guitarras grabadas: Luis Salinas. Escenografía: y diseño multimedia: Tito Egurza. Diseño de vestuario: María Julia Bertotto. Diseño de luces: Tito Egurza y Andrés Marriauda. Dirección teatral: Leonardo Napoli. Idea, coreografía y dirección general: Miguel Angel Zotto. En el Astral, Corrientes 1630 (4374-5757).
Nuestra opinión: bueno
Desde el primer número, "Guitarra jerezana", el espectador porteño puede llegar a sospechar de que se trata de los primeros antecedentes del tango para marcar un derrotero que tiende a señalar los hitos del género, apreciación que se confirma con los malambos norteño y sureño, como otra forma de conjugar los cuatro puntos cardinales que brillan en la Cruz del Sur.
Ya desde el inicio, se percibe que la historia se va a contar bailando y, en algunos momentos, se recurrirá a grabaciones discográficas antiguas como "El caburé", de Bassi, registro de 1912, al igual que "El perverso", de Vicente Greco, también del mismo año.
Lentamente, el lamento tanguero intenta llegar al arrabal con una puesta en escena de "Zamba en mí", donde se diseña el prostíbulo como primer ámbito donde los hombres matizaban la espera con el dos por cuatro. Y así trata de seguir contando la historia: la llegada de las polaquitas que venían engañadas al país y eran derivadas a los prostíbulos ("La vuelta de Rocha", de Filiberto), los reclamos socialistas, pequeñas pinceladas de una época fácilmente identificable. Luego llega el momento de los homenajes a los grandes del tango: Eduardo Arolas, Homero Manzi, Ignacio Corsini, Vicente Greco y Osvaldo Pugliese.
Hasta que en el cuadro 6 la historia empieza a difundirse en otras que se relacionan más con la sociedad de las primeras décadas del siglo XX que con el ritmo ciudadano. De esta manera suena "Blue Moon", "Tarantela napolitana", "Chakay Manta", "Bajo un cielo de estrellas", "Let«s face music and dance", donde se baila al estilo de Fred Astaire; "El tarta", "Volveré siempre a San Juan", una mezcla que se aleja de la línea histórica y puede crear mucha confusión en los espectadores extranjeros.
Sin embargo, el cuadro dedicado a Piazzolla es impecable, sobre todo porque con cada tema se armó un pequeño cuento, con guiños que sólo pueden entender los locales, como en el tema "Alevare" en el que aparecen los personajes de El Loco (de la balada), El Flaco de la bicicleta ("La bicicleta blanca", María ("María de Buenos Aires"), y Chiquilín ("Chiquilín de Bachín").
La hechura visual
Sin embargo, este reparo que se refiere al "texto", que ganaría con una mayor síntesis, no empaña la actuación de los bailarines que se lucieron, sobre todo los que manejan el estilo tradicional a ras del suelo, aunque es cierto que también atrajo aplausos el llamado acrobático, que por momentos se acerca al contorsionismo.
Los cantantes Ricardo Marín y Cecilia Casado también tuvieron su momento para mostrar sus condiciones vocales, de la misma manera que la orquesta, aunque tuvieron un factor en contra que fue el volumen de los micrófonos que traducían la música y las voces con un sonido muy áspero.
Pero la estrella del espectáculo sin lugar a dudas fue la puesta escenográfica de Tito Egurza, quien, además de una estructura que sirvió para diseñar el espacio dramático y para albergar la orquesta, instaló una gran pantalla donde, mediante la proyección posterior, fue recreando diferentes imágenes de la ciudad, con cambios de colores, y de los grandes popes del tango: Pugliese, Aníbal Troilo, Horacio Ferrer y Piazzolla.
Es un marco visual que resulta mucho más elocuente y más enriquecedor que cualquier cartón pintado.





