
La idiotez de la clase media boba de 30 y pico
Un montaje en el que priman la actuación y la estética
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Los quiero a todos. Autor y director: Luciano Quilici. Intérpretes: Facundo Agrelo, Ramiro Agüero, Diego Jalfen, Leticia Mazur, Margarita Molfino y Alan Sabbagh. Escenografía: Mauro de Porto. Vestuario: Gaby Echaniz, Diego Jankilevich y Paulina Pets. Selección musical: Robert Bonomo. Iluminación: José Luis García y Carolina Sosa. Diseño e intervención: Tomi Diéguez. Producción ejecutiva: Eva Amuchástegui. Asistentes de dirección: Manuel García Migani, Moyra Agrelo y Tomás Elizondo. En el Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556. Viernes, a las 23. Duración: 55 minutos.
Nuestra opinión: buena
"Yo, que soy de clase media, les tengo miedo a los pobres y a las chicas locas", dice uno de los cinco personajes de este encuentro gris entre amigos. La frase es patética. Y así son estos exponentes "progres" de una clase media pesimista y rota. Como este montaje.
Son amigos de la facultad, de la vida, que compartieron los mejores momentos, así como también sus propios períodos oscuros. Se reúnen a beber, tal vez a comerse un asadito, excusa perfecta no sólo para charlar y discutir, sino para demostrar sus diferencias, la fragilidad de sus vidas, de sus aspiraciones y de sus relaciones. Tal vez, el conjunto sea un arquetipo de una clase media idiota que pone su atención en lo que le falta y vive la frustración en forma más latente por padecer una permanente aspiración a la superación económica.
Ellos están en la etapa de los treinta y pico y sienten que toda su vida gira alrededor de ese martirizante "ahora o nunca". La cotidianidad de estos seres, a su vez, está cargada de carencias, deseos, ansiedades, frustraciones, ideologías quebradas, mentiras, locuras, complicidades y desaprobación, pero sobre todo, de una gran debilidad. Ellos lo reflejan en el conjunto y en los instantes de intimidad. Es en ellos donde esta idea de Luciano Quilici alcanza sus mejores momentos. Su montaje se integra y se desintegra, y sus criaturas entran y salen de la acción para lanzarse a la representación de sus pensamientos.
La idea es interesante, pero la banalidad de las conversaciones de estos tipos no logran una dramaticidad potente, y esto se debe a una estructura débil.
Elenco homogéneo
Quilici fue inteligente al acomodar a su puesta un gran aparato cuasi cinematográfico que consiste en un rodillo impreso con imágenes que ilustran la acción, con una combinación exacta de lo cotidiano y lo caótico. Está sincronizado de manera exacta con la acción dramática y, junto con la disposición escenográfica casi despojada, le brindan un marco de belleza a la puesta.
A su vez, es importante el aporte a los climas que brindan la selección musical de Robert Bonomo y la iluminación de José Luis García y Carolina Sosa.
Luciano Quilici tuvo la virtud de seleccionar a un elenco homogéneo que le da mayor integridad a la fragilidad del texto. Logran una buena ensambladura y la conexión es precisa. Aunque todos cumplen bien con sus papeles, podrían destacarse la fuerza y precisión de Leticia Mazur, Diego Jalfen y Alan Sabbagh, cada uno con momentos en que la actuación sobresale de la propuesta.





