
La libertad de los hijos en confrontación con las tradiciones familiares
El estreno de una nueva versión de Relojero, de Armando Discépolo, marca el regreso de uno de los grandes géneros nacionales, el grotesco, a una sala oficial
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"Si los padres no están preparados para comprender el futuro, ¿cómo se alargan en él teniendo hijos?", el cuestionamiento pertenece a Lito, uno de los jóvenes personajes de Relojero, pieza de Armando Discépolo. Estrenada en 1934, fue el último texto dramático que concibió el creador del grotesco criollo, después de producir materiales emblemáticos para la escena nacional como Mateo, Stéfano, Babilonia, Cremona, entre otros.
Relojero se diferencia de los anteriores porque aquí no aparecen los inmigrantes hablando en cocoliche. La familia de Daniel, el protagonista, pertenece a lo que podríamos calificar como una incipiente clase media que, en tiempos de la denominada década infame, busca sostenerse en condiciones económicas muy pobres. Pero eso parecería no ser determinante a la hora de posicionar un conflicto en escena, sino que Discépolo busca desentrañar en su obra una cuestión generacional que parecía preocuparle y mucho. Hasta dónde los padres pueden retener a los hijos en su mundo repleto de tradiciones que pocos resultados han dado, antes que dejarlos ser libres y permitirles alcanzar la felicidad.

El Complejo Teatral de Buenos Aires estrenará el próximo viernes en el teatro Regio una nueva versión con dirección de Analía Fedra García. Estará interpretada por Osmar Núñez, Horacio Roca, Stella Galazzi, Federico Salles, Martín Urbaneja y Laura Grandinetti.
Después de dar forma a esta denominada comedia dramática, en la que no faltan destellos de grotesco, Armando Discépolo deja la escritura para abocarse plenamente a la dirección. Algunos estudiosos consideran que con Relojero se termina una época que estuvo, primero, dominada por el sainete y luego por el grotesco. Los espectadores porteños preferían comenzar a ver otros estilos dramáticos. Hay otros especialistas que ponen el acento en las consecuencias de una serie de críticas adversas que recibió la pieza y que podrían haber llevado al autor a escapar del campo dramatúrgico para desarrollar su pensamiento a través de la dirección.
Personajes sin destino
En el mismo año del estreno de Relojero, el autor decía a LA NACION: "A mis personajes los crea mi piedad, pero riendo, porque al conocerles la pequeñez de sus destinos me parece absurda la enormidad de sus pretensiones".
En una entrevista realizada al dramaturgo y director Carlos Gorostiza por este cronista, en 2014, destacaba: "Recuerdo que una vez me encontré con Enrique Santos Discépolo y le pregunté por qué su hermano no escribía más, y me dijo: «Escribe difícil (hizo una pausa), porque no puede escribir fácil (hizo otra pausa), porque es difícil»".
Esa dificultad sin duda no residiría en la capacidad de concebir estructuras dramáticas, diseñar personajes u observar una época con una profundidad notable, sino quizás entró en un campo de extrañamiento. ¿Cómo captar o describir un social histórico que sólo profundizaba modelos de construcción errados y que resultaban sumamente perjudiciales para la sociedad de la época? ¿Discépolo se quedó sin temas o los suyos, a lo largo de algo más de diez años de producción, no hicieron más que repetirse porque los sucesivos gobiernos no permitieron que personajes como los suyos encontraran vías de escape para desarrollarse?
El investigador Luis Ordaz comenta en sus trabajos de investigación que en verdad Armando Discépolo había explicado que "ya no le quedaba más por decir". Y hasta parafraseando a un personaje de Roberto Arlt de El fabricante de fantasmas, Ordaz justifica la afirmación en la creencia que si seguía escribiendo iba "a terminar por descubrir el infierno".
Don Armando, como se lo llamaba, decidió abrevar en otras aguas y eligió poner en escena desde operetas y comedias musicales hasta piezas de León Tolstoi, Somerset Maughan, Antón Chéjov, George Bernard Shaw y William Shakespeare, aunque también repuso algunos de sus textos más inquietantes.
Volver a Discépolo
El proyecto de reponer Relojero pertenece a la directora Analía Fedra García (Chiquito, Greek, La familia argentina, Las patas en las fuentes). Interesada en investigar en la producción de dramaturgos nacionales encontró en esta obra la posibilidad de introducirse en un mundo hasta entonces desconocido por ella.
"Estoy enamorada del texto -comenta-. Hacer Discépolo es un desafío. Me gusta introducirme en obras complejas porque me estimulan. Me obligan a estar activa, meterme en el texto, en la dramaturgia, en la estructura. Relojero es una pieza que se hace muy poco, al contrario de Stéfano o Mateo. Esos materiales están anclados a una época. Este, en cambio, plantea cuestiones que suceden actualmente: cómo nos sentimos ante el paso del tiempo, qué soñaban las distintas generaciones de jóvenes y en qué se convirtieron después."
La creadora realizó una versión del texto original muy minuciosa, cuidando los parlamentos escritos por el autor convencida de que cada uno de ellos es de una precisión y de una riqueza que resulta muy difícil quebrar. "Me interesa mucho la tragicomedia y eso aparecía en muchos textos que dirigí -explica-. Cada autor plantea un mundo particular. No busco imponerle nada a las obras, por el contrario, quiero descubrir qué juegos me propone cada proyecto en particular. No me interesa atarme a una estética. Por eso paso de Las patas en las fuentes, de Leónidas Lamborghini, un material que no es teatral, pero posee una fuerte potencia dramática, a Discépolo. Eso me enriquece."
Cuando comenzó a diseñar esta propuesta, la directora pensó que el protagonista iba a ser Osmar Núñez, un sólido intérprete para quien introducirse en el mundo de Discépolo significaba ingresar a un tipo de teatro con el que se había criado y que siempre soñó hacer. "Recrear los personajes de Discépolo es hacer a nuestros grandes autores -comenta el actor-. Esta es una obra diferente en su producción. Tiene el grotesco, pero también la comedia. Daniel, mi personaje, no es italiano, es criollo. Tengo la sensación de meterme en nuestra historia. Tomar al padre del grotesco es como tomar al padre del teatro argentino. Su poética me seduce."
Núñez es muy consciente de que este estilo dramático está quizá muy alejado de unas estéticas contemporáneas que él conoce muy bien. "Este es un teatro que uno no está acostumbrado a hacer -dice-. Sabía que iba a ser difícil. Pero también hay una realidad, este teatro está en nuestro ADN. Empezás a leerlo, a hablar y aparecen los fantasmas familiares, teatrales. Todo lo que has venido asimilando a través de los años asoma de repente y se crea una alquimia que te ayuda a transitar el texto que, por otro lado, se asemeja mucho al mundo chejoviano. El final me recuerda mucho al de Tío Vania. Ensayar ha sido un viaje fantástico. Las dificultades que iban apareciendo tienen olor a encuentro porque se iba creando una especie de fuerza, de deseo, que obligaba a hacerlo cada día mejor."
Por su parte, Horacio Roca ya transitó materiales discepolianos y hasta formó parte del elenco de Relojero en una versión que dirigió Carlos Alvarenga, en 1981, en la Sala Martín Coronado del Teatro San Martín. Entonces formaba parte de un coro que el director había creado para su puesta. Ahora él interpreta a Bautista, el hermano del protagonista. "Este es un material que tiene una profundidad que uno no se cansa de agradecer -sostiene el intérprete-. Hay frases que están conformadas sólo por tres palabras y son como estiletes que producen una reverberancia como si fuera un gong que no para de sonar. La pregunta es hasta dónde uno puede acompañar eso. Stella Galazzi cierra una escena diciendo: «Cuánto silencio», y sentís que eso te llega a la médula. En Relojero está tu propia historia. La obra habla del cambio de culturas, seres tironeados, a punto de romperse. Cada generación, cada cambio en el país posee esas tensiones, esas crisis, y se reflejan desde lo macro hasta lo que pasa en una familia. Y es fantástico cómo Discépolo refleja en los vínculos familiares algo que es un cambio de paradigma de época. No se pone teórico, grandilocuente ni pretencioso. En el desgarro individual cuenta la historia."
Una característica que asoma en toda la producción discepoliana y que una vez más vuelve a ocupar el centro de una escena que se revitaliza, redescubriendo el legado de este magnífico creador.
Don Armando, en el San Martín
Con motivo del estreno de Relojero, el Complejo Teatral de Buenos Aires preparó una exposición en torno a la figura de Armando Discépolo y su relación con el Teatro San Martín, que se podrá ver en el hall del Regio. El dramaturgo y director montó ese texto en 1962 con un elenco que estaba conformado por Eva Dongé, Gianni Lunadei, Alejandro Anderson, Rafael Rinaldi, Fanny Brena y Mario Giusti. En 1981 volvió a llevarse a escena con dirección de Carlos Alvarenga y estuvo interpretado por Rafael Rinaldi, Alicia Berdaxagar, Walter Santa Ana, Patricia Gilmour, Andrés Turner, Alberto Segado y Horacio Roca. Otros textos discepolianos que también se representaron en la sala son Stéfano, en 1965, con dirección del autor; Cremona, 1971, dirección de Roberto Durán; El organito, 1980, dirigida por Santángelo; Stéfano, 1986, dirección de Roberto Mosca; Muñeca, 1988, dirección de Rubén Szuchmacher; Amanda y Eduardo, 2001, dirigida por Roberto Villanueva. En el Teatro de la Ribera: Babilonia, 2008, con dirección de Roberto Mosca, y El organito, 2013, por Julio Baccaro.
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