
La maldición de Laurence Olivier
En 1980, Laurence Olivier (que acentuaba el apellido a la francesa, porque descendía de hugonotes) publicó dos tomos de sus memorias. Ocho años después, Anthony Holden firmó una espléndida biografía del actor, a la que siguió otra, en 1991, mediocre y escandalosa, por Donald Spoto, que intentaba revelar la "secreta homosexualidad" de Olivier. En aquellas memorias, confesaba, sí, una sola incursión en ese terreno ("con el único varón con quien alguna licencia sexual no me resultaba desagradable imaginar"), pero sin identificarlo.
Ahora aparece "Olivier", por Terry Coleman, un macizo volumen de 680 páginas, editado por Bloomsbury en Londres (20 libras) y Henry Holt en Nueva York (32,50 dólares). Nacido en 1907, sir Laurence era hijo de un clérigo protestante, quien le aconsejó, a los doce años de edad, que se dedicara al teatro por ser "un mentiroso incorregible". Ya en 1935-36, como un Romeo que desató polémicas, el actor llamaba la atención por su apostura y por la total entrega al riesgo físico: saltaba, noche tras noche, de plataformas elevadas, o descendía velozmente empinadas escaleras. En el transcurso de su carrera acumuló una fractura de tobillo, desgarros musculares varios, y se rompió tres veces el tendón de Aquiles. Ningún otro intérprete inglés hizo en el siglo XX, como él, los cuatro papeles trágicos fundamentales de Shakespeare: Hamlet, Macbeth, Lear y Otelo, además de Enrique V, Coriolano y Tito Andrónico, entre otros. También ha sido quien mejor logró llevar a Shakespeare al cine: "Enrique V" (1944), "Hamlet" (1948), "Ricardo III" (1955). Sin duda, la pantalla fue el vehículo para su asentamiento en el imaginario colectivo del mundo entero como el gran actor inglés por excelencia: Heathcliff, en "Cumbres borrascosas"; Max de Winter, en "Rebeca"; el señor Darcy, en "Orgullo y prejuicio"; lord Nelson, en "Lady Hamilton".
Su labor como productor, director y empresario contribuyó a consagrar al teatro inglés de la posguerra como el mejor del mundo. Entre 1944 y 1946, asociado con sus grandes colegas y rivales, John Gielgud y Ralph Richardson, hizo del Old Vic de Londres una marca de calidad que se impuso en su patria, en el resto de Europa y en Nueva York. Junto a su segunda mujer, la bellísima y frágil Vivien Leigh (la primera fue otra actriz: Jill Esmond), formó la pareja real de la escena de habla inglesa, indisputada entre 1948 y 1959. Con la tercera, que lo ha sobrevivido, Joan Plowright (en 2001 publicó sus memorias, "And That´s Not All"), alcanzó la culminación de su anhelo como hombre de teatro, la creación del National Theatre, que dirigió de 1963 a 1974. Allí se consagraron jóvenes actores, autores y directores: Maggie Smith, Peter Finch, Tom Courtenay, Derek Jacobi, Robert Stephens, Peter Shaffer, Tom Stoppard? La lista es impresionante.
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Olivier compitió con Gielgud, sobre todo, con Richardson y hasta con colegas del pasado, como David Garrick, Kean, sir Henry Irving. Deseaba ser comparado con esos nombres legendarios y, en lo posible, superarlos. Fue más que notoria la guerra -elegante, sutil, con sordina- que lo enfrentaba con Gielgud, quien sostenía: "Yo tengo la voz, pero Larry tiene las piernas?".
¿Cómo era "Larry" en la vida real? Peter Ustinov observó una vez: "Olivier no se siente cómodo interpretándose a sí mismo en sociedad. Me encanta cuando se pone otra vez la nariz postiza y vuelve a ser él mismo". El gran director Peter Hall cuenta una anécdota curiosa: sir Laurence necesitaba, por épocas, que alguien lo empujara para entrar en escena. "¿Por qué?", preguntó Hall, y Olivier le contestó: "Es la maldición de ser yo. Algunas noches entro en escena y me imagino al público diciendo: «¿Pero éste es Olivier?»".



