
La mujer en el poder
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"La hija del aire" , segunda parte, de Calderón de la Barca. Intérpretes: Blanca Portillo, Joselo Bella, Marcelo Subiotto, Luis Herrera, Gustavo Böhm, Cutuli, Eleonora Wexler, Paula Requeijo, Pompeyo Audivert, Alejandro Zanga, Julieta Aure, Sergio Sioma, Luchano Ruiz, Francisco Nápoli y Emilia Paino. Músicos: Oscar Albrieu Roca, Claudio Bucello, Adrián Griffioen, Leandro Kyrkiris, José Luis Sánchez y Luis Isaia. Preparación vocal: Neli Saporiti. Iluminación: Roberto Traferri y Jorge Lavelli. Vestuario: Graciela Galán. Escenografía: Pace. Composición y dirección musical: Gerardo Gandini. Colaboración artística: Dominique Poulange. Dirección: Jorge Lavelli. Duración: 150 minutos. En el Teatro San Martín. Estreno: 28 de agosto.
La descripción psicológica que plantea Calderón para Semíramis, protagonista de "La hija del aire", escrita en 1653, inevitablemente remite a otra mujer de la dramaturgia universal: lady Macbeth (1607). Aunque hay casi cincuenta años de diferencia entre ésta y la obra calderoniana, el planteo de la presencia femenina en el juego político y la ambición por el poder es el tema predominante. Y si bien Shakespeare recurrió a la tragedia, Calderón de la Barca se instala más cómodo en el drama.
Perteneciente al Siglo de Oro español, Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) tuvo una vida azarosa y su inquietud literaria lo llevó a cultivar diferentes géneros en sus más de doscientas obras: drama, comedia, autosacramentales, zarzuelas, comedias musicales para la corte. Este entrenamiento le permitió que su estilo fuera considerado uno de los más refinados de su época. Se esmeró en perfeccionar la estructura lógica de sus dramas y se preocupó por su estilo retórico. No buscó tanto la originalidad como los resultados de la puesta en escena con más decoración, juegos de luces, máquinas y música.
En una búsqueda por definir su estilo artístico, eliminó material superfluo e introdujo problemas psicológicos en sus obras. Se esmeró en presentar personajes dramáticos con un conflicto de valores.
Tuvieron que pasar siglos para que se reconociera a Calderón como el mejor dramaturgo del barroco español.
Registrado entre los dramas históricos, "La hija del aire I & II" (1637), basada en "La gran Semíramis", de Cristóbal de Viruues, es considerado uno de los grandes dramas del autor de "La vida es sueño" y "La dama duende".
La historia se inspira en Semíramis, la reina de Babilonia, que nació para gobernar, para construir, entre otras obras, los jardines colgantes. Se trata de una mujer que es arquitecta, que es guerrera, pero también muy ambiciosa. No vacila en recluir a su hijo, el heredero de la corona, al que luego reemplaza disfrazándose como el joven para ejercer el poder, sin importarle perder su feminidad.
El valor de la estética
Jorge Lavelli toma la segunda parte de "La hija del aire", donde Semíramis ya es una viuda que aspira al poder. La creativa puesta que realiza el director recurre a una gran estructura escenográfica que da lugar a varias interpretaciones. Una de ellas es la reproducción de un salón de palacio, ilustrado con espejos; otra es la recreación de una sala teatral de la época, casi como un homenaje al autor de "El gran teatro del mundo". A la vez, subraya la idea de que se está frente a una representación donde los que ostentan el poder no son otra cosa que protagonistas del drama que ellos mismos escribieron.
Ese espacio, una gran cámara revestida de madera, con diversos palcos cerrados por puertas, es el único decorado que se presenta y no es necesario más. Allí se juegan todas las acciones, a las que Lavelli impone una dinámica que parece contrarrestar la densidad del texto. No es de extrañar que se utilicen recursos vodevilescos para registrar una secuencia.
Pero es necesario puntualizar los aportes creativos que ofreció esta puesta. Con el valioso contraste de luces, el director fue componiendo imágenes sugerentes, con fuertes climas dramáticos.
El vestuario, atemporal en algunos diseños y anacrónico en otros, se incorporó sin disonancias visuales, composición que se completó con el uso de pelucas. De este modo, se logró una coherencia estética muy atractiva. Un detalle: mientras los personajes usan una vestimenta que remite a cualquier tiempo y lugar, la orquesta luce el frac habitual.
Se suma la música original de Gerardo Gandini, que reúne en la melodía resonancias antiguas, con armonías actuales.
Con todo este aporte, Lavelli consigue una puesta de una factura estética muy atractiva.
Finalmente, la actuación. No se puede obviar que se trata de un texto en verso y que por este motivo puede sonar complejo y ajeno a los oídos contemporáneos. Al igual que el tono trágico, el verso necesita un decir muy especial, ya que el orden sintáctico se ve alterado por necesidades métricas y de consonancia. Y se notó la diferencia.
Cuando la actriz española Blanca Portillo habló, enseguida se supo que se estaba frente a una actriz de teatro. Lo demostró con la proyección de voz y los modos de articulación, que le permitieron volcar sus parlamentos con fluidez y naturalidad. No fue lo único destacable. En su composición de Semíramis, hubo pasión y entrega hasta alcanzar una interesante dosis de dramaticidad que la hizo acreedora de los aplausos que recibió.
Pero este mérito también marcó diferencias con otros integrantes del elenco que, precisamente, por deficiencias en el enunciado del verso, volvieron el texto árido, confuso y por momentos ininteligible.
Al respecto, cabe señalar el trabajo de Cutuli, con una voz diáfana y sonora, que aprovecha a su personaje para exprimirle todo el humor que le permite. Y también merece destacarse a Eleonora Wexler, en su papel de Astrea, que expone acertadamente la turbulencia emocional de su personaje.




