
La obsesión de Samuel Beckett
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Los días felices, de Samuel Beckett. Dirección: Nelson Valente y Silvina Aspiazu. Con: Agustina Sanguinetti, Soledad Bautista, María Cecilia Costa, Susana Fuster y Osvaldo Gamardo. Diseño de Luces: Julio Greco. Diseño de vestuario: Gabriel Beck. Sonido: Silvina Aspiazu. En el Beckett Teatro, Guardia Vieja 3556. Los domingos, a las 20,30. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Seguramente cuando el actor y director Jorge Petraglia decidió estrenar una obra de un todavía desconocido Samuel Beckett, no se imaginaba que estaba por marcar un hito en nuestro teatro al montar, en 1956 -apenas tres años después de su estreno en París-, Esperando a Godot . Y nuestro teatro no pudo volver a ser el mismo. Actores, directores y autores fueron atravesados por una estética que rompía con el convencional realismo de la época. Desde entonces, todos los años en nuestros escenarios se representa alguna de sus obras.
Uno de los mayores problemas hoy para la representación de sus textos es que siendo clásicos son demasiado contemporáneos. Tenemos imágenes concretas acerca de los montajes más importantes, así como recordamos a qué referentes sociales fueron asociados los ambiguos signos creados por Beckett. ¿Alguien podrá olvidar ese óvalo desplazado del escenario y con cierta inclinación que ideó Leonor Manso para su versión de Esperando a Godot, en La Trastienda, y que estaba en relación directa con los marginados del sistema neoliberal de los noventa? Del mismo modo, el espectador que asiduamente visita algún teatro recuerda a la Winnie de Marilú Marini o la de Juana Hidalgo -esta última con dirección de Alfredo Alcón- en Los días felices .
Y es precisamente este personaje femenino de Los días felices una de las mayores obsesiones del propio autor. Siendo la última obra escrita por él en un formato más o menos convencional, Beckett le dedicó una gran energía a cada uno de los montajes que en distintas ciudades se iban haciendo. El estreno fue en Nueva York en 1961 y hubo gran cantidad de correspondencia entre el autor y el director Alan Schneider. De hecho, en las dos ocasiones en las que Beckett la dirigió, redactó varios cuadernos de escena en los que anotaba sus impresiones acerca de cómo debía ser representado. Así, tanto el personaje como la obra en sí gozan y sufren de una fuerte codificación, tal vez una de las más importantes del teatro beckettiano. Esto dificulta el montaje porque exige un lugar de mucha claridad por parte del director al tener que elegir seguir, o distanciarse, del original.
El texto es un largo monólogo en el que esta mujer, a medio enterrar, recuerda los días felices ubicados en algún tipo de pasado difícil de precisar, puesto que sus días son simplemente llamados así a falta de otra palabra mejor. Ella denomina de ese modo a aquel tiempo que se ubica entre el timbre del despertar y el del dormir. En ese lapso ella habla y deposita absolutamente todo su ser en ese hablar y en acciones tan mínimas como pintarse los labios, cepillarse los dientes y mirarse al espejo mientras desea que Willie, su compañero, le responda. La gran diferencia entre el primero y el segundo acto es que hacia el final la única parte de su cuerpo visible es la cabeza. El resto ya se lo tragó la tierra. Qué significan cada uno de estos signos es algo que cada espectador debe producir, puesto que la búsqueda del autor precisamente tiene que ver con esta ambigüedad.
La compañía
Si la Argentina fuese realmente un país federal, la compañía Banfield Teatro Ensamble ocuparía un lugar de mayor protagonismo en la cultura nacional. Este grupo fue fundado en 1996 y desde entonces se dedica a la producción de espectáculos y a la formación de artistas en una hermosísima sala ubicada en la localidad de Lomas de Zamora. Entre sus producciones se destacan obras de Shakespeare, Ionesco y Molière, además de la presencia de Beckett con Actos sin palabras II y Los días felices , espectáculo con el que por primera vez realizan una temporada en Buenos Aires.
La versión, sin necesidad de cambiar una palabra, tiene como principal mérito el haberse permitido tomar cierta distancia de la estética del original, ya que multiplica a las Winnie, o las fragmenta, en cuatro actrices, a la vez que las saca del clásico montículo para depositarlas en sillas mientras una tela cubre el cuerpo. Los directores Nelson Valente y Silvina Aspiazu entendieron que esta nueva ubicación podía fácilmente ser anclada a un sentido único y es por eso que arrojaron en la escena las ruedas de lo que alguna vez fue una silla de ruedas. De las cuatro Winnie dos son las que llevan la obra adelante y es un gran acierto, puesto que la química existente entre ambas actrices hace que el texto entre en un verdadero clima musical. Si bien las cuatro representan matices diferentes del personaje, quienes llevan el hilo de la obra logran darle verdadera carnadura a esta singular mujer.
Sin embargo, es una pena que habiéndose tomado esas libertades frente al original, no hayan llevado la experiencia a un límite más extremo, tomando más distancia de la obra producida por Beckett. No cabe duda de que el grupo tiene una base estética e intelectual lo suficientemente rica como para introducirse en un trabajo más riesgoso, teniendo en cuenta que se trata de una obra tantas veces y tan recientemente representada de forma clásica, convencional y exitosa.
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