
La tradición del pueblo judío en El Dibuk
Un espléndido elenco, en el San Martín
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El dibuk (una historia entre dos mundos). De Shlomoh An-Ski. Versión y dirección de Jacobo Kaufmann. Con Omar Fantini, Juan Carlos Puppo, Mónica Santibáñez, Carlos Kaspar, Marcos Woinski, Mariano Mazzei, Victoria Almeida, Miguel Jordán, Abian Vainstein, Francisco Pesqueira, Julián Pucheta, Pablo Razuk, Alejandro Ojeda, José Márquez, María Luz Morteo, Tamara Garzón, Guadalupe Docampo, Paula Ransenberg, Miguel Israilevich, Federico Chaina, Luciana Dulitzky, Florencia Eliçabe, Ulises Levanavicius, Mara Meter, Florencia Naftulewicz y Anahí Gadda. Escenografía: Marcelo Valiente. Vestuario: Mini Zuccheri. En la Sala Casacuberta del Teatro San Martín. Duración: 155 minutos.
Nuestra opinión: buena
El dibuk es la obra clásica más difundida del teatro judío. Su historia fue escrita por el autor Shlomoh An-Ski, un bielorruso fallecido en 1920, que se nutrió de los resultados de una exhaustiva expedición etnográfica que realizó él mismo en 1910 por aldeas judías en extinción, de Europa, donde recogió un enorme tesoro de costumbres, leyendas, tradiciones y rituales. Y su núcleo filosófico más profundo se refiere al inigualable papel de la memoria en la perduración de aquello que hemos amado.
Como las pulsiones de esos pueblos judíos que pugnaban por mantener viva la cultura que les había dado identidad, la obra cuenta también la bellísima historia de un amor que se niega a morir: la del joven Janan, estudiante aplicado del yeshivá (escuela rabínica), y Leah, hija del acaudalado Reb Sender. Los hechos, entre apariciones fantasmales del otro mundo y espíritus errantes que se apoderan del alma de las personas, transcurren en la aldea ucraniana de Brinitz.
Detrás de esos ingredientes sobrenaturales, hay, sin embargo, un asunto bien terreno: la codicia de Sender, que, incumpliendo una antigua promesa de casar a su hija con Janan, desata la tragedia al intentar desposarla con otro candidato más rico. Una vez más, el universo de los intereses adultos, como en Romeo y Julieta , es responsable del sacrificio de los jóvenes.
Este año, el público porteño tuvo ya la posibilidad de ver dos versiones de El dibuk . La primera fue la que ofreció el grupo TR Warszawa de Polonia, dirigida por Krysztof Warikowski, durante el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires. Fue acogido con beneplácito por el público, debido a su satisfactorio nivel de calidad. Este nuevo montaje no le va en zaga. La puesta de Jacobo Kaufmann, un argentino radicado desde hace muchos años en Israel, cumple con todas las exigencias requeridas para ser un espectáculo atractivo.
El primero es haber logrado un rendimiento actoral homogéneo en un elenco muy numeroso. Es cierto que en los papeles más riesgosos se destacan la indudable autoridad escénica de Juan Carlos Puppo y Mónica Santibáñez, las sólidas composiciones de Omar Fantini, Marcos Woinski o Carlos Kaspar, y la frescura juvenil, aunque unida a una buena consistencia dramática, de Victoria Almeida y Mariano Mazzei, pero sería injusto no decir que todos los demás cumplen ajustadamente su labor. Otro elogio merece el polifuncional dispositivo escenográfico de Marcelo Valiente y el vestuario de la talentosa Mini Zuccheri.
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