
"La traviata", el clásico de Verdi que siempre retorna
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Opera "La traviata", de Giuseppe Verdi. Libreto de Francesco Maria Piave, basado en "La dama de las camelias", de Alejandro Dumas (h.). Elenco: María José Siri (Violeta), Norberto Fernández (Alfredo), Alejandro Sewrjugin (Giorgio Germont), Lara Mauro (Flora), Santiago Burgi (Gastone), Vanesa Thomas (Annina), Martín Caltabiano (Douphol), Alejandro Di Nardo (Grenvil), Fernando Grassi (D´Obigny), Osvaldo Pomba (Giuseppe), Sebastián Angulegui (Comisionado). Coro preparado por Hernán Schwartzman. Coreografía y primer bailarín: José Zartmann. Escenografía y regie: Ana D´Anna. Iluminación: Ana D´Anna y Fernando Micucci. Vestuario: María Jaunarena y Andrea Barbuto. Orquesta: Profesores de la Estable del Teatro Colón. Director musical: Antonio María Russo. Organizado por Juventus Lyrica. Teatro Avenida. Próxima función: hoy, a las 20.30.
"La traviata" es la última creación verdiana vinculada con el belcantismo de su primera época. Además, es un ejemplo de caracterización de un personaje protagónico, apuntalada por una música inspirada y rica en ideas novedosas, como el uso del continuom, esquemas de danza en pasajes alternados, utilización inteligente de temas conductores, inspirada línea melódica e inigualable capacidad de síntesis en la resolución sinfónica de cada situación.
Por esas razones, Violeta Valéry y el director de orquesta adquieren un peso casi excluyente para su valoración. La soprano debe mostrar la debilidad física, la franqueza y la frivolidad del personaje, aspectos que se impuso el autor y que surgen plasmados en las cuatro escenas, en tanto que la batuta debe obtener el adecuado equilibrio de planos desde los más tenues y delicados, a los más vibrantes y ágiles.
Por fortuna, María José Siri fue una Violeta muy bien cantada, luciendo una voz voluminosa de esmaltado color, caracterizada por un brillo incisivo, pero homogéneo en todo el registro, así como un decir al que no le faltó temperamento y sensibilidad. Como actriz, la artista rioplatense, consagrada como un elemento de primer orden, se mostró atinada y sobria para marcar las vicisitudes de esa vida desgraciada.
No cabe duda de que Siri a partir del reconocimiento brindado por el público, que colmó la casi totalidad de las localidades, ha coronado la etapa previa a una carrera llamada a alcanzar resonancia internacional, porque creemos que no han de ser muchas las sopranos de hoy capaces de transitar por la dualidad de un primer acto ligero y luego momentos de gran dramatismo como planteó Verdi.
Y en este avance consagratorio para Siri hay un mérito incuestionable en la entidad organizadora que confió en ella, como seguramente será en las representaciones que cuenten con el protagonismo de la excelente soprano Soledad de la Rosa.
Del mismo modo, el otro factor fundamental, la dirección de Antonio María Russo desde la preparación musical cumplió una labor de indudable relevancia. Porque gracias a sus profundos conocimientos del estilo, la posesión del temperamento mediterráneo y la sabiduría para transmitir sus ideas a todos sus colaboradores, logró un resultado general francamente encomiable, al frente de un coro muy bien preparado por Hernán Schvartzman y de un conjunto instrumental evidentemente experimentado y que ha de elevar su rendimiento en las próximas funciones.
Para el debate
La decisión de Russo de abrir todos los cortes y repeticiones tradicionales del original, provocó dos aspectos interesantes para el debate. Por un lado, la bondad de respetar al autor; por el otro, el riesgo de sumar repeticiones que fatigan las voces, de por sí exigidas por un canto sumamente expuesto, o por agregar momentos que retardan la acción dramática, suprimidos por esa razón.
La mejor escena fue el tercer acto, en la casa de Flora, que tuvo en Lara Mauro a una excelente creadora, por la buena predisposición vocal, prestancia y naturalidad. También por la colorida intervención del bailarín José Zartmann, de inconmensurable vitalidad y con su acostumbrada felicidad de estar rodeado por Mabel Espert y sus cinco exquisitas bailaoras. Entonces la historia de Piquillo, cuando se baila con el mayor fragor, en versión no habitual porque se escuchó con tenor solista (Santiago Burgi con buen rendimiento como Gastón) y coro alternado, tuvo un ramalazo de colorido y movilidad como no se vio en ninguna de las otras escenas.
El tenor Norberto Fernández, a cargo del personaje de Alfredo, se caracterizó por una buena musicalidad, pero también por una cierta falta de caudal en la emisión que le restó prestancia vocal. El barítono Alejandro Sewrjugin como Germont padre, hizo una nueva demostración de su empeño, arrojo, dedicación y amor por el arte lírico, mediante largos años de carrera. Acaso este último haya sido el artista más perjudicado por la apertura de los cortes compensados por la nobleza de su contribución. En el resto del elenco, se destacó la soprano Vanesa Thomas como Annina, por la sobriedad de sus intervenciones.




