Las promesas: una poética escénica que va de lo épico a lo sensible

Juan Carlos Fontana
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18 de abril de 2019  

Dramaturgia y dirección: Juan Andrés Romanazzi / Actuación: Paula Fernández Mbarak / Vestuario y escenografía: Julia Camejo. iluminación: Leandro Crocco / Sala: Espacio Polonia, Fitz Roy 1477 / Funciones: sábados, a las 20:30 / Duración: 45 minutos / Nuestra Opinión: Muy buena

Georgina, su protagonista, está sola en el escenario. De la penumbra surge un murmullo. Luego su voz se hace más nítida y se la escucha decir: "Un camión enorme se hunde con un montón de hombres que gritan que van a volver. Eso. Gritan 'voy a volver'". Se lo gritan a sus hijos. Esa hija ya adulta trae a escena ese recuerdo que alude a aquellos que van a la guerra o tal vez a migrantes que se pierden en algún lugar del mundo. Sobre esta base sólida el dramaturgo, actor y director Juan Andrés Romanazzi va construyendo una poética escénica, entre épica e intimista, que traslada al espectador de inmediato a otro tiempo, a otros espacios. Pueden ser los de la Argentina profunda o imágenes tal vez de un film imborrable. Las promesas es la primera parte de la trilogía "De las veces que imagino", de este joven autor que, junto a la actriz de esta obra, integra el notable equipo de intérpretes de otra pieza de un éxito de varias temporadas: Mi hijo solo camina un poco más lento, del croata Ivor Martinic.

En la obra los textos van definiendo distintos momentos de la vida de una familia con un padre ausente, la hija y la madre. En la actuación de Paula Fernández Mbarak esos textos adquieren los más diversos matices atravesados por situaciones de dolor, de sacrificios y de miserias que adquieren su plano de resignación a través de las imágenes que ella misma va describiendo en escena.

Romanazzi, como autor, se apoya en un contexto en el que la descripción de la ropa, los objetos cotidianos, son capaces de despertar los más variados sentimientos. Su poética es crudamente existencial, podría decirse que se la percibe a través de los poros de la piel, de un espacio escénico que fue imaginado con inteligente acierto a través de mínimos recursos muy efectivos. Hasta la arquitectura del pequeño ámbito fue aprovechada de una efectiva manera que permite al espectador "asomarse" junto con su intérprete a una imagen volátil, pero que posibilita acceder a una amplia gama de emociones tan primarias como imborrables.

Paula Fernández Mbarak concreta una performance escénica de una efectiva sensorialidad. Su voz, su mirada, sus silencios adquieren una diversidad dramática que sugiere y fascina a la vez. Los objetos elegidos por Julia Camejo y el sonido del agua terminan completando un gran trabajo en equipo.

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