
Las suplicantes
Una puesta de Daniel Casablanca todavía a mitad de camino
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Autor : Esquilo. Interpretes : Lucía Ballefin Benites, Guadalupe Bervih, Gabriela Biebel, Santiag Camporino, Andrés Sahade y Alejandro Zanga. Vestuario : Santiago Camporino. Dirección : Daniel Casablanca y Andrés Sahade. Sala : La Comedia. Duración : 60 minutos
Nuestra opinión: regular
Representar hoy una tragedia griega es una empresa merecedora de elogio. Nuestro público ha recibido con entusiasmo, en los últimos años, espléndidas puestas de Las troyanas y de -más reciente- Medea , de Eurípides, descubriendo en ellas inesperadas facetas de actualidad. El mérito implica también un riesgo enorme, vinculado sobre todo a la capacidad de los actores. De las siete tragedias sobrevivientes ( La Orestíada , Los persas , entre otras) de la vasta producción de Esquilo, acaso Las suplicantes sea, desde el punto de vista de la acción dramática, una de las menos atractivas para el espectador moderno. Con buen criterio, los responsables de esta versión optan por destacar el costado político de la trama: si el rey Pelasgo, de Argos, accede a las súplicas de asilo solicitado por las hijas de su colega, el rey Dánao, quienes se rehúsan a casarse con sus primos hermanos de Egipto, que las persiguen, y por eso han huido de ese país, es probable que estalle una guerra cuyo resultado es impredecible. Aquí se juegan dos temas muy actuales: el derecho de la mujer a disponer de su cuerpo, abjurando de la tradicional sumisión al macho, y la convocatoria que hace Pelasgo a un plebiscito, para decidir democráticamente el partido por tomar.
La escena inicial es promisoria: las princesas perseguidas (aquí reducidas a tres; en el mito original eran cincuenta, y otros tantos sus primos egipcios) lo son, literalmente, en una frenética carrera, representada con virtuosismo, moviéndose apenas en el pequeño escenario de la sala subterránea de La Comedia. Pero pronto se advierte que el entrenamiento físico supera al vocal, con excepción de un magnífico rey Pelasgo y un Dánao que no se queda atrás (el programa de mano no discrimina quién es quién), en tanto las tres actrices se desempeñan con variada eficacia. La acción decae por momentos, se insiste demasiado en los rituales propiciatorios de la benevolencia de Zeus (antepasado ilustre de las princesas) y el amargo final -Esquilo es un pesimista nato-sobreviene de manera un tanto abrupta. Se tiene la sensación de haber asistido a un ejercicio de taller al que le falta todavía un golpe de horno (o varios) para alcanzar el punto adecuado.




