
Lo que mata es la humedad
Lograda pintura del mítico bar argentino, atravesada por pinceladas de un efectivo humor
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Autor : Jorge Nuñez. Dirección : Alberto Cattan. Intérpretes : Juan Palomino, Alicia Muxo, Ricardo Díaz Mourelle, Cristian Escobar, Marta Albanese, Adriana Salonia, José Palomino Cortés y elenco. Iluminación y escenografía : Alejandro Arteta. Vestuario : Marta Albertinazzi. Dirección musical: Popi Spatocco. Sala : Teatro Cervantes. Duración : 95 minutos
Nuestra opinión: buena
Construida sobre la herencia del viejo sainete argentino, Lo que mata es la humedad, la obra más conocida obra del dramaturgo argentino Jorge Núñez, hoy radicado en México, adopta los mejores recursos costumbristas de ese género, tan popular en su momento, pero con una interesante transmutación consigue convertirlos en plataforma de una visión que elude el pasatismo o el entretenimiento superficial. Por eso, y con razón, el ya fallecido director Carlos Gandolfo, quien estrenó la pieza en 1981, la definió como sainete contemporáneo, valorizando con ese adjetivo la pretensión crítica que contenía el texto, pero también el cambio de época.
En el nuevo contexto temporal, que es el de los años setenta, no aparecen ya aquellos típicos inmigrantes de principios del siglo pasado, salvo el español que es dueño del bar, sino una variada fauna de arquetipos porteños estragados por la dura soledad y la amenaza de un medio social que se vuelve cada vez más hostil. Habrá que decir que la historia nunca alcanza como libro un gran vuelo, pero compensa esa carencia con otras virtudes muy efectivas.
Por lo pronto, introduce una muy lograda pintura del mítico bar argentino –ya casi en extinción– como uno de los últimos baluartes del machismo en retirada. Por más risa que causen esos personajes –y la causan porque el humor fluye en abundancia en la obra y en un lenguaje muy directo y reconocible– muchos de ellos no dejan de ser figuras extremadamente patéticas en su estúpida arrogancia de solteros "ganadores". El mismo Cacho, el dueño del quiosco, es un ser de esa naturaleza, y otros son seres sin horizonte, frustrados o que deben escapar como el estudiante de medicina.
Por otro lado, ese bar, como símbolo de un viejo Buenos Aires que está en gran parte muerto, sobre todo el de la vida barrial, y reducto de un anacoretismo impenitente que no se ha disuelto –sino que sólo ha cambiado de apariencia y en muchos casos se ha agravado, porque ahora ni siquiera es soledad en compañía–, provocan la misma mezcla de nostalgia y ternura que se experimenta al evocar esas arenas que la vida se llevó, como dice el tango Sur, de Homero Manzi.
Tal vez, la excepción a esa pérdida es el regreso del carnaval, que allí se muestra en la escena final, poco antes de que fuera prohibido por el régimen militar. Tampoco ha muerto la dignidad, la apuesta a las reglas claras y éticas, como las que se jerarquizan en el epílogo al decir que no se mata a un hombre desarmado, frase que tiene en la obra, y por el tiempo en que está dicha, una lectura que trasciende el simple episodio de una disputa como la que ha ocurrido en ese bar.
En el aspecto teatral, Alberto Cattan ha logrado un espectáculo muy atractivo, que por la cantidad de actores hubiera merecido la sala mayor del Cervantes. Con todo, y a pesar de la poca amplitud del espacio que ofrece la sala Orestes Caviglia, mueve a toda esa gente sin dificultades, sin empastamientos. El elenco se maneja con mucha soltura e interpreta sus personajes con convicción. No vamos a citar a nadie en particular para no cometer una injusticia. Todos, cada uno en lo suyo, cumplen su rol con acierto, aunque, como es normal, algunos estén más felices que otros. La escenografía es excelente.






