
Loco afán
Conmovedoras historias de travestis chilenos, en medio de la epidemia de sida de los años 80; con buenas actuaciones
1 minuto de lectura'
Autor: Pedro Lemebe / Dirección, adaptación, diseño de espacio y luces : Gerardo Begérez / Interpretes: Marcelo Iglesias, Hernán Torres Castaños, Marinero Miel, Daniela Ruiz / Vestuario: Martín Sal / Efectos sonoros: Alejandro Persichetti / Asistencia de dirección: Marcelo Iglesias / Sala: La comedia, Rodriguez Peña 1062 / Funciones: viernes y sábados, a las 23 / Duración: 110 minutos.
Nuestra opinión: buena
A mediados de los años 90, el chileno Pedro Lemebel dio a conocer sus denominadas "crónicas de sidario" en un libro que lleva por título Loco afán . Un destacado número de historias de travestis va desfilando a lo largo de las páginas. El sida las une de una manera especial en la década del 80. Cada una habla de su vida y de la enfermedad, pero el autor es muy sabio al rodearlas de una pátina donde no asoman de manera directa el dolor o el espanto, sino la ironía, el humor. El rescata la belleza de una vida que va a transitarse hasta el final, con gracia y una entereza inusitada.
El director Gerardo Begérez, que el año pasado montó la novela Tengo miedo, torero , también de Lemebel, descubre ahora en cada una de esas pequeñas narraciones un mundo intenso y lo traslada a escena de manera acertada. Cada personaje se muestra en su justa plenitud y entonces su historia, individual y muy íntima, se expone tal como lo hace Lemebel en su narración original. La enfermedad no es el eje dramático de los relatos sino el espacio marginal al que se confina a las travestis y donde la sombra del sida anida. Pero ellas saben sacar de allí gracia y, en algunos casos, apelan a cierto glamour decadente para mostrar una vida que se ha desarrollado al desamparo. La rabia es mucha pero con algo de purpurina habrá que enfrentar a la muerte.
El grupo de actores construye a esos seres con detalles muy precisos. Sus conductas están trabajadas con múltiples matices. Y así, eso que cuentan, eso que muestran, llega a la platea de manera muy fluida. Por momentos, la risa resulta inevitable, aunque el trasfondo es de una oscuridad dolorosa. En otros, una profunda conmoción golpea los sentidos del espectador y eso conduce a una segura reflexión.
La extensión de la última escena quiebra con la tensión que se va construyendo a lo largo del espectáculo. En ese momento, ciertas reiteraciones en la forma de ser de los personajes, no concretan buenos aportes desde lo dramático y la atención de quien observa puede decaer.
El vestuario de Martín Sal es muy acertado y logra definir plenamente a cada uno de esos seres tan patéticos y, a la vez, tan entrañables.





