Lope de Vega conquista la escena
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"El perro del hortelano" , de Lope de Vega. Dirección: Daniel Suárez Marzal. Con Sandra Guida, Paulo Brunetti, Javier Lorenzo, Dolores Ocampo, Pablo Messiez, Yamila Ulanovsky, Ignacio Rodríguez de Anca, Sebastián Holz, Gabriel Conlazo, Patricia Durán, Sebastián Suñé, Nelson Rueda, Pedro Ferraro y Roberto Mosca. Músico: Miguel de Olaso. Iluminación: Nicolás Trovato. Vestuario: Mini Zuccheri. Escenografía: Horacio Pigozzi. Teatro de la Ribera, Pedro de Mendoza 1821 (4302-9042). Duración: 100 minutos.
Nuestra opinión: muy bueno
Si fuera cierto que Lope de Vega escribió al menos la mitad de las comedias que se le atribuyen, fácil sería inferir que este español manejaba los mecanismos internos del género con eficacia. Tanto que hasta se animó a establecer sus fórmulas y secretos en el libro "Arte nuevo de hacer comedias".
"El perro del hortelano", la obra que eligió Daniel Suárez Marzal para adaptar y dirigir en el Teatro de la Ribera es un buen ejemplo de ello: picardía, dobles discursos y pequeñas traiciones aparecen en escena cuando lo que se echa a rodar son los celos.
Diana, condesa de Belflor, se descubre loca de envidia cuando se entera de que su secretario Teodoro corteja a Marcela, una de sus criadas. Pone en marcha un mecanismo de mentiras para alejarlo de la joven y atraerlo hacia su persona, con la teoría de que los celos son los que preceden al amor. Pero, cuando Teodoro se acerca, Diana lo vuelve a alejar. Es que este amor incipiente se complica en el corazón de la condesa por la diferencia de clases. Ahí es cuando Diana se convierte en el perro del hortelano del refrán, que no come ni deja comer a su amo.
Apenas comienza la obra, el espectador se encuentra con que quienes le cuentan la historia lo hacen en versos rimados que varían de octosílabos a dodecasílabos, de redondillas a romances. El impacto es grande y es necesario que pasen varios minutos para que el oído se acostumbre y los textos puedan ser disfrutados con naturalidad. Llega un momento en que se perciben con facilidad los sutiles cambios de tono en los parlamentos de los actores, y la musicalidad de esos versos empieza a acompañar con delicadeza el transcurrir de la historia, y de esta historia repleta de frescura en la que Suárez Marzal trabajó detalladamente el texto en la puesta y en la dirección de actores.
Buenas actuaciones
Con un elenco numeroso y por demás eficaz, se nota la mano del director en el manejo espacial y coreográfico del grupo. También en la marcación personal y se adivina que deja explorar e improvisar a algunos de los actores.
El Tristán (servidor de Teodoro) que compone Javier Lorenzo es un hallazgo por donde se lo mire. El personaje que escribió Lope de Vega tiene todos los condimentos necesarios para brillar en escena, pero es indudable que Lorenzo puso en juego todo su talento para convertirlo en la explosión de locura y diversión en la que se convierte cada vez que pisa el escenario.
Es justo también destacar el trabajo del grupo en general, que se maneja con soltura y comodidad, características que, sin duda, aumentarán con el correr de las funciones.
Sandra Guida aporta altivez y una fuerte personalidad a su Diana y hace un buen contrapunto con Dolores Ocampo, que interpreta a su dulce criada Marcela, que acapara simpatía. Quizá por ser la primera función, a Paulo Brunetti se lo notó un poco frío y algo falto de la picardía que se supone tiene su Teodoro, pero aun así está a la altura de su personaje. Es difícil no mencionar a Pablo Messiez o a los enloquecidos pretendientes de la condesa que componen Sebastián Holz e Ignacio Rodríguez de Anca.
Cuando los personajes que interpretan estos actores aparecen en escena, se pone en marcha un dispositivo sonoro de bocinas, motores de autos y motos que se contraponen con gracia y originalidad a la música antigua interpretada en vivo por Miguel de Olaso, con una pequeña guitarra. Estos dos personajes, de los que veníamos hablando, logran también condensar la idea de puesta, que combina lo antiguo y lo moderno, que imaginó el director y que con maestría pudieron plasmar el escenógrafo Horacio Pigozzi y, sobre todo, la vestuarista Mini Zuccheri.
"El perro del hortelano" resulta así una excelente oportunidad de acercarse al teatro clásico para sacarse los prejuicios que puedan quedar en relación con él. Se disfruta y da ganas de volver a disfrutarlo.






