Los riesgos de inventar un universo rebatible
"Rebatibles", de Norman Brisky. Con Carlos March, Mirta Bogdasarian, Diego Leske, Marcelo D´Andrea y Leonardo Ramírez. Escenografía: Leandro Bardach. Vestuario: Magda Banach. Música: Guido Bardach. Sonido: Juan Manuel Mascaro. Iluminación: Eduardo Rodríguez da Costa. Dirección: Norman Brisky. Teatro Calibán.
Nuestra opinión: bueno.
Humberto, el personaje central de "Rebatibles", tiene algunas similitudes con el protagonista de "Bartleby". Si en la novela de Melville Bartleby es un oficinista, Humberto es el señor que limpia una oficina. Los dos tienen en común el bajo perfil, el silencio como resguardo ideológico, el intentar pasar inadvertidos ante un mundo que los margina. De todos modos, si Bartleby se la pasa diciendo "preferiría no hacerlo", Humberto se toma revancha ante una realidad que lo excluye y, casi sin que nadie se entere, prefiere hacerlo.
Por eso inventa un mundo rebatible. Por eso, y a contramano de lo que indica la reglamentación del edificio, se transforma en un ocupa del piso 17, donde despliega todos sus usos y costumbres una vez que el último oficinista abandona el sitio.
Así, transforma el escritorio en una cama que viene desde el subsuelo. O hace aparecer una cocina que, para colmo, anda a la perfección. Y como su amada Marta quiere algo de calidez, hasta instala una araña perfectamente camuflada. A su manera, Humberto es un mago que subvierte el orden establecido. De este modo, de hombrecito que camina con pasos de clown se convierte en un superhéroe.
Para que este mundo a doble faz funcione, el trabajo escenográfico es impecable y de un riguroso nivel de realización técnica. Algo que, para una sala como la Calibán, ubicada al fondo de una casa chorizo de Monserrat, es todavía más elogiable. Con toda esa artillería en juego, el trabajo que dirige y escribe Norman Brisky transita por la línea de un cómic desopilante con denuncia social siempre bajo el brazo.
Pero el texto de esta historia no posee la contundencia del despliegue escenográfico a cargo de Leandro Bardach. Básicamente la obra carece de síntesis dramática. Será por eso que abundan largos parlamentos que le quitan ritmo y frescura.
También las actuaciones son desparejas, aunque los personajes centrales, a cargo de Carlos March, como el ocupa, y Mirta Bogdasarian, como su amada, se destacan del resto. March en una escena pega alto cuando pasa minuciosamente de su acento español al tono porteño, como un elemento más de esta rebatibilidad. Ella, como su amante, despliega entrega, presencia y talento. La mejor síntesis entre la puesta escenotécnica, el trabajo actoral y la trama la logran cuando la pareja se pone a calentar agua mientras inician un juego de seducción. Excelente. Pero esa síntesis no está presente en el resto del trabajo.
Más allá de estos reparos, Norman Brisky y su grupo demuestran que en la escena alternativa también pueden apostar a montajes complejos. Puede ser que falte aceitar la trama, pero de todos modos este espectáculo se convierte en un juego asombroso. Como la misma cocina que, desde el subsuelo, sube mecánicamente como si nada.






