
Los títeres también son serios
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"Romeo y Julieta" , por el Grupo de Titiriteros del Teatro San Martín. Adaptación y dirección de la obra de William Shakespeare: Tito Lorefice. Escenografía, diseño de títeres y vestuario: Maydée Arigós. Música original: Miguel Rur y Tito Lorefice. Diseño de luces: Miguel Morales y Tito Lorefice. Dramaturgia: Ana Alvarado. Manipulación y actuación: Ernesto Mussano, Ariadna Bufano, Silvia Galván, Tito Lorefice, Esteban Quintana, Ivo Siffredi, Marta Raggi, Florencia Svavrychevsky, Guillermo Roig, Mabel Marrone, Eleonora Dafcik y María José Loureiro. Sábados y domingos, a las 17, en el Teatro Sarmiento, Av. Sarmiento 2715. Entrada general: $ 5. Las localidades se venden con anticipación de hasta seis días en el 0-800-333-5254. o en las boleterías del Complejo Teatral. Informes: 4375-1473 o 4374-1385. Para mayores de 9 años.
Nuestra opinión: muy bueno
El espectáculo es muy bello y tiene una gran calidad poética. El texto de Shakespeare fluye libremente, con gran claridad, y atrapa a los espectadores, los envuelve en la tragedia, los hace temblar ante lo que se anticipa y lo que la platea sabe, y los protagonistas en ese momento, no. Dan ganas de decirle a ese tierno muñequito actor que va a beberse el veneno de verdad, que no lo haga, que su amada está por despertar. Pero el público espera, impotente, el fatal desenlace, el absurdo.
La muerte de Julieta cierra esa historia de los enamorados y el espectador experimenta la furia más completa contra esos adultos irracionales que alimentaron el conflicto y provocaron las reacciones de dos niños que apenas hacía dos días que se conocían, pero que desbordaban del amor inocente de la pubertad. Dos chicos que no tuvieron tiempo de averiguar qué era ese sentimiento que los dominaba de semejante manera.
Claro que esto ocurre con los adultos, que bien o mal conocen el texto de Shakespeare.
Niños espectadores
Es difícil adivinar qué pasa con los niños. Por lo pronto, sobre todo hacia el final de la tragedia, cuando los acontecimientos se van precipitando y el ritmo es más intenso, guardan un silencio enorme, perciben el drama a través del clima que se genera en el escenario, en el que la música tiene una participación muy eficaz.
A todos, a los chicos y a los grandes, Maese Trujamán los rescata con su saludo final. No ha habido mucho tiempo para hacer el duelo, y tal vez el títere le debe al público algunas palabras más, o al menos, recordar las que pronunciara el Duque. Tal vez.
Los padres y demás adultos acompañantes deben estar preparados para responder muchas preguntas. Se trata de otros tiempos y lugares, donde las costumbres son otras ( aunque señalen las mismas contradicciones de los seres humanos). Pero la muerte es tomada en serio y, aunque absurda, se vive con toda su dolorosa realidad; no sólo la de los enamorados; también la de los dos jóvenes que caen en un estúpido combate. Nada de esto es ajeno a nuestra realidad, y conmueve hasta poner lágrimas en ojos adultos.
En esta buena síntesis de una hora y cuarto del drama de Shakespeare, la historia se ha ido desenvolviendo ante el público en un notable trabajo expresivo de titiriteros actores. En muchas escenas se trata de eso: de una enorme expresividad corporal a la que el títere de mano le pone rostro. Hay momentos, breves, en los que se asoma la acción y la picardía del guiñol, en los que el juego titiritero es el habitual. Pero en la mayor parte de la puesta, el títere no se independiza. Es como si el guiñol, travieso y satírico por tradición, se hubiera vuelto más serio y solemne para interpretar esta historia; como si hubiera pactado esta sintonía de cuerpo, voz y mano, esta fidelidad al texto, claro y sentido y enormemente poético y a la historia tan simple y sobrecogedora.
Aunque el resultado total resulta muy homogéneo, se destacan como intérpretes especialmente Ariadna Bufano, como Julieta; Ernesto Mussano, como Romeo, y Tito Lorefice, como Fray Lorenzo, Teobaldo y el Trujamán.
No hay retablo en el estilo tradicional, sino una calle de luz en la que se ven los muñecos y la escenografía que monta y desmonta los lugares de Verona (la casa de Julieta, el balcón, la plaza, la capilla, el mausoleo de los Capuleto), y una penumbra debajo, donde se mueven los titiriteros en complicidad con los muñecos.
Es innegable la potencia del texto del poeta inglés, que se escucha muy bien. Y precisamente ése es uno de los mayores méritos de esta adaptación e interpretación.
Cuando el sistema se cae
El espectáculo tiene cierta calidad de intimidad (eso se lo da un poco el títere pequeño) que se diluye en una sala grande, donde muchos detalles no son bien observados desde las filas posteriores, por lo que es conveniente buscar ubicaciones en las filas próximas al escenario.
La confusión entre entradas reservadas y vendidas siempre sorprende. Llegar al teatro, después de haber reservado y confirmado, ser ubicado y al momento recibir la orden de dejar el lugar porque está vendido, es una experiencia desagradable. Parece poco responsable echarle la culpa al sistema. Los teatros deberían cuidar que la tecnología y sus caprichos no opaquen lo que debe ser una fiesta, porque el teatro es eso. Y es lamentable quitarle al espectador ese disfrute con un mal rato.




