
Lydia Lamaison, o cómo ser siempre joven
¿Casualidad? La tarde del mismo día - el pasado lunes 20 - en que Natu Poblet me avisó, a la mañana temprano, que a las 6 había fallecido nuestra querida y admirada amiga, Lydia Lamaison, se me ocurrió ordenar, en lo posible, el tumulto de libros, diarios y papeles que amagan desalojarme de mi casa. Algo cae, de pronto, al suelo: una foto en la que estoy entrevistando a Lydia, en la sala de recibo del viejo edificio de LA NACION en la calle San Martín. Al dorso de la foto, un sello: "LA NACION. Taller fotográfico. Obtenida: 1° noviembre 1960. Fotógrafo: R. Sancho".
Cuando ocurre algo así es inevitable reflexionar sobre el tiempo. Miguel Hernández escribió: "Algún día/se pondrá el tiempo amarillo sobre mi fotografía". Esta imagen no se ha puesto amarilla sino de un matiz sepia, como si Lydia y yo hubiéramos sido fotografiados mucho antes, en los años de esos retratos del novecientos que algunos conservamos en candorosos álbumes de familia. Y pienso: ella tenía entonces 46 años y yo, 35. En la foto, si bien Lydia ha bajado los párpados y no relucen, como era habitual, sus enormes ojos claros, se advierte en su postura -piernas y manos cruzadas, la cabeza erguida- la autoridad que siempre la caracterizó, aunque era menuda y parecía (tan sólo parecía) frágil. Yo la había visto por primera vez en el escenario, pocos años antes, en El mal corre , una pieza de Audiberti en la que interpretaba a la nodriza de la protagonista, que era Inda Ledesma, y luego en La biunda , de Carlino. Me pregunto hoy qué estaría haciendo Lydia para motivar esa entrevista del 60: pienso que, siendo yo entonces uno de los críticos de cine del diario, probablemente se trataría de su magnífica intervención en La caída , de Torre Nilsson (que le valió un premio como mejor actriz de reparto), o su inminente papel como la madre de Alfredo Alcón en Un guapo del 900 , del mismo director.
Lo asombroso es que, con el pasar de los años, aunque por fuera Lydia asumió las inevitables huellas de la edad, nunca envejeció por dentro. Las canas parecían en ella un disfraz, una caracterización: ¿quién era la primera que salía a la pista a bailar, cuando llegaba la hora de la orquesta en las celebraciones del ambiente? ¿Quién sentaba cátedra de originalidad, de estilo personal y tan propio, con sus ropas holgadas, sus túnicas superpuestas, sus increíbles gorros (debía de tener cientos, todos parecidos y todos distintos), su celebración de los colores audaces y los múltiples collares? Y no se daba tregua en el trabajo, ya fuere en el escenario (la inolvidable abuela de Perdidos en Yonkers , de Neil Simon), en el cine o en la pantalla de televisión, donde podía ser una simple ama de casa pequeñoburguesa, o una gran dama aristocrática, colmada de perlas, pieles y malicia.
Los grandes actores tienen ese privilegio: no computan los años, viven en muchos tiempos y lugares distintos y no mueren jamás. Lydia Lamaison pertenece a ese grupo y quien firma estas líneas se enorgullece de haber podido aplaudirla, frecuentarla y estar sentado junto a ella en una fotografía de hace más de medio siglo.




