Medea tiene aciertos, pero no convence
El elenco es desparejo y no se logra una síntesis
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Medea. Una tragedia miserable. Versión libre de Edward Nutkiewicz, basada en la tragedia de Eurípides. Puesta en escena y dirección: Gustavo Bonamino. Intérpretes: María Alejandra Bonetto, Guillermina De Zabaleta, Alfredo Noberasco, Edward Nutkiewicz. Diseño de escenografía y vestuario: Alberto Bellatti. Asistente de vestuario y escenografía: Loli Buggiano. Diseño de luces: Marcos Pastorino. Musicalización: Gustavo Bonamino. Asistente de dirección: Gastón Czmuch. En El Bardo (Cochabamba 743). Funciones: viernes y sábados, a las 21. Duración: 60 minutos.
Nuestra opinión: regular
Si una marca caracteriza a esta versión de Medea que construyen Edward Nutkiewicz, como autor, y Gustavo Bonamino, como director, es la contemporaneidad. Ya desde el espacio y el vestuario diseñado por Alberto Bellatti eso se percibe con fuerza y, para ingresar a la tragedia, sólo habrá que disponerse a reconocer de dónde provienen exactamente esos seres que deambulan por el espacio.
Aquí Medea es una fanática conductora de una secta que se enfrenta a un Creonte, patético y corrupto empresario, y a unos débiles Jasón y Creusa, que esconden muchas intrigas frente a su unión matrimonial.
La traslación de esa emblemática mujer a ese mundo mesiánico tiene su riqueza y en la interpretación de María Alejandra Bonetto alcanza unas cualidades verdaderamente atractivas. Bonetto es una intérprete muy plena que logra, en su voz y en su cuerpo, arrastrar una pasión elocuente y muy próxima a la locura. Su presencia en escena es de una potencia arrasadora por momentos.
En contraposición, los otros intérpretes no alcanzan el nivel esperado para acompañar esa actuación. El director Gustavo Bonamino ha conducido a Bonetto por un camino muy preciso, muy rico y hasta minucioso, para buscar que cada matiz de su conducta resulte relevante; pero, en cambio, a los otros personajes les ha impuesto un registro pequeño que apenas alcanza lo melodramático y hace perder vigor a muchas escenas.
Así el espectáculo, con una imagen cuidada en sus mínimos detalles gracias al impecable trabajo de Bellati y a la luz de Marcos Pastorino y hasta con unas intervenciones musicales de fuerte valor dramático, termina resintiéndose frente a un cruce de interpretaciones que no logran la síntesis ideal.






