Murió Griselda Gambaro, la notable dramaturga que renovó el teatro argentino
La autora, un faro para las escritoras teatrales, dejó su huella en las artes escénicas locales desde su debut mismo en 1965 con El desatino, que provocó un sismo entre los dramaturgos argentinos
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“La razón por la que escribo es que me da placer, me gusta. Además, es una necesidad que confundo con mi propia vida. Le he dedicado muchas horas de mi vida a este trabajo. No separo: soy lo que escribo y escribo lo que soy”, decía la narradora y dramaturga Griselda Gambaro, en 2005, en una entrevista con LA NACION. Y esa frase resulta muy significativa hoy cuando la comunidad teatral argentina se siente sumamente conmovida por la muerte de una de las dramaturgas más importantes y, tal vez, más imprescindibles de la escena nacional.
Importante porque su voz femenina resultó un gran faro para todas las escritoras teatrales que empezaron a desarrollarse después. Imprescindible porque Gambaro, aunque era una mujer de un perfil bajo impresionante, no solo modificó ciertos códigos estéticos de la representación escénica, desde que apareció en 1965 con su pieza El desatino, sino porque toda su producción estuvo ligada a un universo sociopolítico en el que vivía y del que no estaba dispuesta a escapar.

Resulta muy difícil, de manera sintética, analizar la totalidad de su obra en pocas palabras. Han sido muchos sus estrenos y algo menor la edición de sus obras narrativas (novelas y cuentos infantiles). El crítico Ernesto Schoo escribió en 2011, cuando la autora recibió el Doctorado Honoris Causa del Instituto Nacional de las Artes (hoy UNA): “Griselda es responsable de un vuelco fundamental en la historia del teatro argentino, lo que podríamos considerar su ingreso en la contemporaneidad y también en la universalidad, alejándose de la insistencia en el molde costumbrista-localista. Al mismo tiempo, Gambaro expone —mediante una fusión originalísima de las vanguardias de entonces: absurdo, crueldad, amenaza, y con un acento muy personal— los desgarramientos más profundos, los estigmas ancestrales, las raíces míticas de los reiterados desajustes en que nuestra sociedad chapotea desde hace tantos años. Nada más hondamente argentino que el teatro de Gambaro y su lenguaje”.
Del barrio de La Boca

Gambaro había nacido en el barrio de La Boca, en 1928, exactamente en la calle California al 1100. Descendiente de una familia de inmigrantes, tuvo una infancia marcada por la autoridad de su padre y la obediencia hacia él de su madre. “Mis lazos familiares fueron muy fuertes”, declara en el magnífico libro de Alberto Catena, La flecha y la luciérnaga (Editorial Capital Intelectual). “Sentir la solidez de la familia -añade en la obra-, incluso con todos los problemas que se hubieran podido tener, daba seguridad. Y se sabe que la construcción del afecto depende esencialmente del que se recibe en los primeros años”.
La creadora cursó sus estudios primarios en La Boca y el secundario en un establecimiento de Barracas. Desde muy niña sintió un profundo interés por la lectura y eso hizo que su vocación por la escritura naciera tempranamente. Tanto que por decisión propia no le interesó ingresar a la universidad a estudiar Letras, la carrera en la que había pensado. Necesitaba tiempo para escribir. “Como el ocio estaba fuera de la cuestión, me decidí a trabajar. No sé si me equivoqué, quizás no tanto porque pude tener un tiempo libre enteramente separado de mis otras actividades”, afirma en el libro citado.
Finalizados sus estudios, empezó a trabajar en una biblioteca socialista, la Sociedad Luz. ¿A qué autores frecuentaba?: Kipling, Stevenson, Jack London, Anatole France, Panait Istrati. Entonces no le interesaban tanto los argentinos aunque sí Larreta, Quiroga. Y luego, algunos años después, le gustó introducirse en narradoras locales como Silvina Ocampo. Hasta que comenzó a interesarse por el teatro y, cuando un autor la conmovía, leía su obra completa. Así sucedió con Chejov, Ibsen, Pirandelo, O’Neill, Discépolo, Florencio Sánchez, González Pacheco y hasta obras sueltas que le acercaban.
Sus primeras obras

Escribió su primera obra teatral en 1965. Su estreno se produjo en el desaparecido Instituto Di Tella, bajo la dirección de Jorge Petraglia. Aquello fue un escándalo. Los críticos que adherían a la corriente realista, tan dominante en la época, la descalificaron. Mientras que los que valoraban una corriente renovadora la ubicaron en el lugar que le correspondía.
Recordaba Ernesto Schoo: “La gente de teatro partidaria del ‘realismo social’ puso el grito en el cielo. Quien firma esta columna aportó deliberadamente más leña al fuego al proponer en el semanario Primera Plana a El desatino como ‘la mejor obra en la historia del teatro argentino’. No sólo por estar convencido de que era así, sino también por entender que la polémica era necesaria y fecunda. Los medios gráficos más importantes se hicieron eco de las discusiones, pródigas en comunicados y denuestos de toda laya, para diversión de los lectores”.
En una entrevista concedida a este cronista en oportunidad del estreno, en el Teatro San Martín, de su pieza Querido Ibsen, soy Nora (2013), afirmaba la autora: “La mujer tiene que meterse sin pedir permiso. Cuando puede, tiene que hacer lo que quiere. Yo creo que no le pedí permiso a nadie. Por supuesto que en algunas críticas me trataron de ‘damita joven’. Pero fueron cosas menores. También se dio una separación con los autores de mi generación cuando estrené El desatino. Nunca me quedó muy claro si era porque yo venía con un lenguaje diferente o porque era una mujer en un mundo de hombres. Siento que aparecí en el momento oportuno con la voz oportuna. Y se produjeron cosas. En principio, el escándalo. Los autores de mi generación me tuvieron mucha inquina hasta la dictadura militar. A partir de ahí se supo dónde estaba parado cada uno”.
El exilio en Barcelona
La cita no es casual. En ese momento los referentes de la dramaturgia nacional eran, entre otros, Roberto Cossa, Ricardo Halac, Osvaldo Dragún, Carlos Somigliana, Alberto Adelach. Hombres que habían instalado un fuerte modelo a la hora de expresar al ser argentino sobre un escenario.
Durante la última dictadura militar, Griselda Gambaro debió exiliarse junto a su esposo, el reconocido artista plástico Juan Carlos Distéfano –quien murió en julio a los 92 años– y sus dos hijos. Se afincaron en Barcelona, España. Una de sus primeras novelas, Ganarse la muerte (1977), fue considerada por la junta militar que conducía Jorge Rafael Videla, contraria a la “institución familiar y al orden social” y fue eliminada del mercado.
Ese exilio fue doloroso. La autora ha contado en diversas oportunidades que no se radicaron en el centro de Barcelona sino en un barrio denominado Tibidabo. Que en ese tiempo le costó mucho dedicarse a escribir cuentos o novelas y mucho más a producir teatro. No conocía la historia del país y mucho menos las necesidades del público español.
En 1981, participó del ciclo Teatro Abierto con una pieza que se ha representado luego en muchas ciudades del país, Decir sí. Entonces estuvo protagonizada por Jorge Petraglia y Leal Rey. Ambos actores, pocos años después presentaron, en el teatro Odeón, Real envido que, a poco de su estreno, también fue prohibida por el gobierno de facto.
Hay unos acontecimientos que resultan muy interesantes. Si en 1965 Griselda Gambaro da a conocer El desatino, pieza que genera profundas polémicas, su derrotero continúa en el teatro estrenando Las paredes (1966), Los siameses (1967), El campo (1968), Nada que ver (1972), Sólo un aspecto (1974), Información para extranjeros en Estados Unidos (1978) y La malasangre (1982). Y esta es una obra muy bisagra en su producción porque es como si se metiera de lleno en un teatro que ronda lo político sin hablar de política (aunque, seamos sinceros, en todas sus piezas hizo lo mismo, pero aquí, tal vez, fue más contundente).
En 1986 se concretó el estreno de Puesta en claro, dirigida por Alberto Ure y protagonizada por Cristina Banegas. El espectáculo se presentó en un sótano del teatro Payró. Resultó una experiencia tan conmovedora como extremadamente inquietante. La puesta de Ure no daba respiro. Fue como si se representara a Gambaro en un código de interpretación que no le perteneciera. Sin embargo, ella lo aceptó y también lo hizo la crítica (ya no era una “damita joven”) y el público.
José Tcherkaski, en su libro Rebeldes exquisitos. Conversaciones con Alberto Ure, Giselda Gambaro y Cristina Banegas (Editorial INTeatro), recoge el siguiente testimonio de la dramaturga en relación a aquella puesta en escena: “Había pensado Puesta en claro como una pieza, en todo caso, hiperrealista y Ure cambió completamente el tono, ese sentido y, también, incluso la manera de decir; yo pensaba que la manera de decir era como estaba escrito, y no. Los actores tomaron un acento ‘canyengue’, se comían las eses. Me acuerdo de que Osvaldo Santoro en algún fragmento ‘morcillaba’. Pero a mí, que soy tan celosa del texto escrito, no me molestó en absoluto porque sentía que la obra estaba dicha como yo quería en algún sentido muy oculto, impredecible, incluso para mí. Y comprendí que ese camino era paralelo al mío”.

Su sociedad con Laura Yusem
Después, la autora inició un trabajo muy fecundo junto a la directora Laura Yusem, quien dirigió muy buena parte de su producción (aproximadamente doce textos). En el libro citado de Alberto Catena, la misma Yusem expresa: “Quiero recalcar que la escritura de Griselda, fuera ya de lo que es como persona, me parece de una perfección insólita, comparable a la de nuestros grandes autores, grandes escritores, porque su obra va más allá de la dramaturgia. Me atrevería a insinuar que dentro de su mundo, de su estética, esa escritura es casi tan perfecta como la de Borges”.
También sus obras tuvieron otro directores, entre los que se destacan Augusto Fernandes (El campo, que tuvo muchos años después una segunda versión de Alberto Ure), Alicia Zanca (Pedir demasiado), Roberto Villanueva (Morgan), David Amitín (Las paredes), Rubén Szuchmacher (Mi querida), Pompeyo Audivert (Señora Macbeth), Silvio Lang (Querido Ibsen, soy Nora) y su última obra estrenada en el Teatro Nacional Cervantes, El don.
En casi todas sus obras a Griselda Gambaro le importaba develar conductas del mundo femenino. Y algo similar hacía en sus textos narrativos. Recordemos novelas como Ganarse o la muerte o El mar que nos trajo (2001). En épocas tan distintas pero en las que ella intentaba hacer unos encuentros con la realidad de su presente que eran muy singulares. Y en donde también, como en la segunda creación, hacía referencia a parte de la historia de su familia.
En oportunidad del estreno de Querido Ibsen, soy Nora LA NACION le preguntó: ¿Cómo analizás la realidad de la mujer en este siglo?”. Y ella respondió: “Enfrentando situaciones bastante complicadas. Creo que la pretendida ‘liberación de la mujer’ es muy mentirosa. Los problemas que enfrentan las mujeres son muy grandes. Mirá la violencia familiar. No se ha podido erradicar ni acá ni en otros países. Pensemos en las mujeres que aparecen en las decisiones de gobierno, es cierto que hoy hay mujeres en posiciones muy importantes, pero siguen respetando los modelos masculinos de poder. No hay un espacio inédito en política que cuestione el viejo proceder patriarcal. Hablo de un modelo nuevo como fue, por ejemplo, el espacio de las Madres de Plaza de Mayo o las Abuelas. Un espacio político de lucha que fue completamente inédito. Las mujeres también están contaminadas por ese sistema porque cuesta pensar, porque la necesidad de subsistencia también ahoga a veces el pensamiento. Por suerte se dan otros casos en que esas necesidades han hecho que las mujeres salgan a luchar”.
A lo largo de su vasta carrera también le interesó a Gambaro realizar algunas relecturas de textos clásicos como lo hizo en Penas sin importancia (en donde aparecían intertextos de Tío Vania, de Antón Chéjov), Antígona furiosa (a partir de la obra de Sófocles). La señora Macbeth (Macbeth, de Shakespeare), la ya citada Querido Ibsen, soy Nora (una relectura contemporánea de Casa de Muñecas, de Henrik Ibsen) o Mi querida, un monólogo muy intenso en el que aludía al universo de Chéjov.
A esta altura, el lector se preguntará: ¿cómo era Griselda Gambaro? Su agente literaria, Graciela Rodríguez, la definía como una “mamaza”.Y eso era. Un ser muy protector, sumamente sencilla en su forma de ser, de relacionarse. Seguía escribiendo sus textos a mano y luego los pasaba a máquina. Y otra persona los llevaba a una computadora. No le gustaban las entrevistas periodísticas y mucho menos que le hicieran fotos.
A la hora de hacerle un reportaje, uno sabía que podía encontrarse con una mujer, siempre encantadora, pero que podía expresarse de una forma muy conceptual o no. Y esto era, respuestas breves y contundentes, eso sí. Como vivía en Don Bosco, a la hora de un estreno, para entrevistarla, había que esperar que ella viniera a Buenos Aires y entonces concentraba todas las notas solicitadas en una tarde o una mañana. Pero esa nota podía comenzar, como le ha sucedido alguna vez a quien esto escribe, con la pregunta, “¿por qué estas tan flaco? Vos no estás comiendo bien”, y luego hacía un repaso de lo que había sido su día, que incluía el cuidado de su amado jardín.
Griselda Gambaro recibió numerosas distinciones a lo largo de su carrera. El Premio Municipal (1968), Argentores (1976, 1990, 1996 y 1997), el de la Asociación de Investigadores y Críticos Teatrales de la Argentina (1992), Nacional de Teatro (1994), María Guerrero (1997), Academia Argentina de Letras (1999). El Instituto Nacional del Teatro le otorgó el Premio a la Trayectoria en 2016 y la Biblioteca Nacional le entregó “La rosa de cobre”, en 2023. En numerosas oportunidades, además, fue reconocida con el premio Konex.
En 2005, se destacó por ser la primera escritora que inauguró la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. En 2010, también ofreció el discurso inaugural en la Feria del Libro de Franckfurt, Alemania, en nombre de los escritores argentinos.
José Tcherkaski, en su mencionado libro, finaliza una entrevista con ella preguntándole si siente alguna inquietud sobre la trascendencia. Y la escritora confiesa: “Hay una trascendencia, pero que es muy modesta. Eso lo siento en el mar. Cuando estoy frente al mar, pienso si la Tierra no se destruye, el mar va a estar. Cuando yo no esté, el mar va a estar. Esa es la trascendencia. El mar va a estar”.



