
Obra con una trama compleja en exceso
El hombre que nunca existió , de Manuel Martínez. Elenco: José Manuel Espeche, Eduardo "Lito" Molina, Florencia Limonoff, Gabriela Esquenazi, Martha Riveros y otros. Selección musical, puesta de luces y dirección general: Alberto Félix Alberto. Teatro del Sur, Venezuela 2255.
Nuestra opinión: bueno
El concepto básico del llamado posmodernismo sería el "todo vale". La paradoja reside en que si todo vale, nada vale. Desdeñosos de la contradicción, los posmodernistas insisten en demoler cualquier intento de coherencia estructural. Pero hay algo en el hombre, algo en un tiempo llamado "razón", que le reclama cierta lógica en su conducta y en sus acciones, para dar un sentido a su existencia y asegurar, dentro de lo posible, la continuidad de la especie. Es verdad que la ciencia misma ha contribuido a la demolición, a partir de las conclusiones de la termodinámica y del principio de incertidumbre: tal vez se requiera hoy una dosis de heroísmo (otro concepto caído en desuso) para intentar sobreponerse al caos y tratar de ordenarlo.
Acaso suenen altisonantes estas palabras en la reseña de un espectáculo. Es que El hombre que nunca existió convida a hacerlo, desde una escena inicial que irresistiblemente evoca aquel momento de La gaviota, de Chejov, donde se asiste (teatro dentro del teatro) al fracaso de una obra pretenciosa, con intenciones de rapsodia cósmica. Algo de esto se propone también Manuel Martínez (español, 49 años, residente en Miami, donde ha estrenado varias obras de ambicioso título) en este libreto que pretende, entre muchas otras cosas, vincular al Quijote con La flauta mágica y la numerología.
El resultado es una suerte de magma seudopoético por el que divagan personajes -muchos- empeñados en resolver -quizá- un enigma policial y absolver al protagonista (el doctor Sebastián Stain, psicoanalista) de una culpa abrumadora. En realidad, cada espectador podría contarse la historia a su manera y llegar a sus propias conclusiones, como una forma -tan actual- de participación.
El ilusionista
Alberto Félix Alberto ( Tango varsoviano , En los zaguanes ángeles muertos , La pasajera , una espléndida Lulú de Wedekind en el San Martín, 1997) ha sido siempre un incomparable creador de atmósferas y un diestro manipulador del espacio: un ilusionista de alta escuela. Su puesta rescata en parte las flaquezas de la obra, logra momentos plásticamente deslumbrantes y se divierte al introducir, en el denso texto de Martínez, un paso de comedia "barroca" a partir de un episodio de la segunda parte de Don Quijote .
El elenco responde en diversos grados de eficacia a las exigencias de una trama compleja en exceso: Much ado about nothing.





