Omar Pacheco: pieza fundamental en el teatro independiente argentino
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"El que se pasa cuidando lo poquito que tiene se muere con eso. Y lo deshojó, lo mató, no lo hizo florecer; porque lo más importante es elegir, y a veces, irse de un lugar. Creo que estoy viviendo un momento de partidas. Por eso, a lo mejor, estoy obsesionado con esto. Hay momentos en los que hay cosas que tienen que terminar. Si no, en un tiempito más terminan de la peor manera". Lo dijo Omar Pacheco en una entrevista, hace diez años. Ayer fue encontrado muerto en su teatro, La Otra Orilla, tras ser señalado a través de un escrache por un grupo de exalumnas por abuso sexual.
Omar Pacheco fue, sin dudas, uno de los directores teatrales más destacados de los últimos 30 años. Le impuso una impronta única a su forma de hacer teatro político, con el acento en las imágenes, lo visual y lo sonoro. Prácticamente sin texto, obras como Cinco puertas, Cautiverio y La cuna vacía van a quedar selladas en la historia del teatro argentino. El encuentro del hombre y sus potenciales primarios no descubiertos, anulados por las aparentes seguridades y el aprendizaje social fue siempre una de las metas del Grupo de Teatro Libre (GTL), compañía que Pacheco creó hace 35 años, a poco tiempo de volver a la Argentina, luego de un largo exilio.
El director siempre fue capaz de reflejar los peores horrores de la humanidad a través de imágenes que se sucedían en un espacio y un tiempo descompuestos. Siguió una estética cinematográfica donde la imaginaria cinta parecía saltar repitiendo cuadros, donde lo onírico se entremezclaba con lo documental y las imágenes contenían conciencia pura. El Grupo de Teatro Libre no fue sólo un teatro de imágenes en el que objetos o situaciones no decían mucho más de lo que eran. En cada situación, se transmitían sensaciones muy fuertes difíciles de describir. Sus puestas fueron un todo compuesto por interpretación, luz y musicalización. Pacheco construyó multiplicidad de espacios en tiempos reducidos irreales e infrecuentes en el teatro, y en el uso de la fragmentación, el campo de planos y ritmos como recursos narrativos. Su modo de representación fue único, se nutrió de los sueños y de la representación del inconsciente.
Muchos todavía recuerdan aquella casa chorizo de Almagro, en la que sucedía ese fenómeno que reflejaban unos tremendos afiches que inundaban las calles del Buenos Aires, mostrando cuerpos desnudos, adentro de ataúdes, de pie, en imágenes contundentes. Se llamaba Cinco puertas, una de las mejores propuestas del off de los años 90. Formaba parte de la Trilogía del Horror, creada por el grupo, que completaban Memoria y Cautiverio. El GTL siempre se caracterizó por su seriedad, su compromiso político e ideológico, una estética casi cinematográfica donde la imagen aplastaba a la palabra y los espectadores quedaban fulminados emocionalmente sobre el final de cada función. En 1998, Pacheco mudó su teatro La Otra Orilla a Urquiza 124, cerca de Plaza Miserere.
Junto con su mujer y una beba chiquita, Omar Pacheco se exilió en 1977 a Nueva York, donde siguió formándose por las técnicas de los grandes maestros rusos, alemanes y franceses. Luego trabajó un tiempo en Brasil. Acá, en Buenos Aires, su maestra Hedi Crilla le dijo que no siga buscando por los métodos tradicionales y así fue formando su propia técnica. Volvió en 1982 y formó su particular compañía. "Sabía que el teatro podría ser una lectura de la singularidad y de la subjetividad del hombre. Y mi obsesión era sentir que el cuerpo estaba ligado tanto en su cabeza como en la funcionalidad de su cuerpo en la totalidad. Es decir, hasta que el cuerpo no es libre, no se puede trabajar el potencial de la actuación del impulso, porque va a estar censurado por la cabeza. Encontré en la pasión y en la entrega de alguna gente el rozar algunos lugares mágicos. El cuerpo tiene una dimensión y un signo distinto", explicaba en una entrevista a este cronista.
Entre sus obras más emblemáticas, además de las mencionadas, podrían recordarse Juan y los otros, Sueños y ceremonias, Obsesiones, Del otro lado del mar y Dashua, su última creación.
En 2002 comenzó una nueva etapa en su carrera, un auspicioso paso por el teatro comercial y musical. Fue convocado por Diego Romay para dirigir Tanguera, un musical que recorrió el mundo y en el que dirigió a más de 40 personas en escena. También marcó un hito. En el marco de una historia de malevos estaba puesta su impronta, su estética, su mirada preciosista. Lo mismo ocurrió con Nativo (2005), también estrenado en El Nacional y con producción del hijo menor de Alejandro Romay.
Pero esos años de teatro comercial no lo detuvieron en su trayecto independiente. Siguió produciendo en La Otra Orilla, ese lugar en el que vivía durante casi todo el día y donde optó por morir.



