
Pipo Pescador, apto para padres
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"El auto de papá" . Comedia musical de Pipo Pescador con coreografía de Diego Reinhold, vestuario de Juancho Martínez, dirección musical y arreglos de Jaques Luce. Dirección de Claudio Hochman. Interpretación musical de Daniel Puntoreiro, Jaques Luce y Alejandro Oliva, y la actuación de Enrique "Pipo" Fischer y un elenco de actores bailarines integrado por Fabio de Tommaso, Carlos Merlo, Diego Freigedo, Griselda Siciliani y Virginia Kaufman. Multiteatro, Corrientes y Talcahuano, sábados y domingos a las 15.30 y a las 17.
Nuestra opinión: muy buena
El saxo ingresa en el escenario y la melodía, aun modernizada con juguetones arreglos, es inmediatamente reconocida por la platea, que la corea mientras marca el ritmo con las palmas. No se trata solamente de reconocerla, sino de evocarla como propia, de reinstalar el juego, de darle salida a la alegría simple de la infancia que nunca se va del todo y se queda esperando en algún lugar del imaginario.
Porque los primeros que se conectan con la propuesta son los adultos jóvenes que han llevado a sus hijos para compartir esa vivencia que tuvieron cuando eran chicos.
Mientras los bailarines juegan, dibujan piruetas con sus cuerpos, arman y desarman imágenes con mucho humor -donde el equívoco juega un papel muy importante-, la canción sigue con los músicos ya instalados en escena.
En un momento aparece Pipo Pescador, con su chaleco, su boina y su sonrisa, como un ícono del juego ingenuo y travieso envuelto en la cálida complicidad de chicos y grandes. También habrá un espacio para Cirila, cómo el se ha acostumbrado a llamar a su acordeón.
Es interesante observar el dominio de la escena, de los espacios y los tiempos, de este juglar avezado, que hace de la canción infantil una pura experiencia lúdica donde no hay improvisaciones no calculadas.
Refinados los colores de los vestuarios y sus objetos, exactos los movimientos de cada bailarín y del conjunto. Cada paso, cada salto, cada caída tienen un equilibrio visual, dibujan una o varias líneas en el espacio, mientras la música también juega, hace caricaturas, provoca y comenta.
En un momento hace su aparición, muy celebrada, la marioneta que representa al Pipo clásico; discreta como él, pasa fugazmente, o acompaña con movimientos precisos algún momento de una canción.
Por alguna razón difícil de describrir, aunque no extraña en los títeres, el muñeco logra complicidad a la vez que trasmite ternura, como si él fuera el niño al que se le cuentan estas emociones recordadas en vez de ser el recuerdo que quiere jugar otra vez.
Los temas -"Zapatopato", "Tu butaca", "El eco", "El oso patinador", "La naturaleza", "Juguemos a tender la mesa", "El canguro", "Carlitos Chaplin", entre otros- se suceden con distintas ilustraciones escénicas. No hay pausa, el ritmo es perfecto. Cada una tiene su magia, su humor, su chiste.
En todos los detalles
El espectáculo produce el placer de presenciar aquello que es profesionalmente acabado, cuidado en todos sus detalles, aunque esté dirigido a los chiquitos y simplemente hable del piojo, de irse a dormir, de los zapatos, de la sopa y de ir todos los días al colegio.
Tal vez (y sólo tal vez) podría pensarse que sería interesante que su hilo conductor tuviera algún motivo más especifico de convocatoria para esta generación de niños que el reencuentro con Pipo. Con esa enorme y espontánea cuota de solidaridad, de sentido de justicia, de "querer ayudar" que tienen los chicos.
Un tema simple (una búsqueda, un misterio, un problema, una pequeña dificultad) podría hacerlos sentir partícipes, les permitiría hacer su apropiación, pasar de espectadores a socios en la emoción, igual que sus mayores.
Pero sólo es un "tal vez", porque la discreción, la sobriedad, una cierta distancia afectuosa y el medido equilibrio en el humor y el juego de Enrique Fischer, sin un solo paso en falso, son formas acabadas del respeto por la platea menuda.





