
Poética versión del musical de Dolina
"Lo que me costó el amor de Laura". Libro, letras y música: Alejandro Dolina. Dirección: Francisco Sánchez Breccia. Elenco: Ezequiel Martínez, Vanesa Savignano, Carlos Ledrag, Carlos Rosas, Lila Kian, Darío Viggiano, Sebastián Beuxis, Andrés Campillo, Matías Messina, Flavia Figueroa, Luisina Rosas, Mariana Maril, Ana Laura Wilson y elenco. Escenografía: Vanesa Savignano. En Liberarte, 120 minutos. Viernes, a las 21.
Nuestra opinión: bueno
Hace poco más de 5 años, Alejandro Dolina grabó dos discos con una "opereta" de su creación que contaba los avatares de su apasionado amor por una tal Laura. En él participaron figuras de renombre como Mercedes Sosa, Sandro, Ernesto Sabato, Juan Carlos Baglietto y Julia Zenko, entre otros. Tras muchas idas y venidas, pudo concretar su estreno en 2002, en el Avenida, también con Zenko, Guillermo Fernández, José Angel Trelles y Marian Farías Gómez. Sólo se hicieron siete funciones y sirvió más para que Dolina se sacara el gusto que para dejar una huella imborrable en el teatro argentino.
Esta vez, el autor le cedió los derechos de su obra al grupo independiente Los Veintidós, que acaba de estrenarla en el estrecho espacio escénico de Liberarte. Antes que nada, hay que aclarar que, aunque sus hacedores se empeñen en llamarla así, "Lo que me costó el amor de Laura" no es una opereta, sino, lisa y llanamente, una comedia musical. Lo que no le quita mérito, sino que le agrega. Aunque la obra tiene melodías de una cadencia preciosa, el eje dramático pasa por su texto, en el que se cuentan, en un lenguaje existencialista y figurativo, las peripecias del porteñazo Manuel para obtener el amor de la escurridiza e inquieta Laura. A lo largo de esta travesía que emprende por sitios fantásticos, de contenido onírico y mitológico, el hombre sortea una prueba tras otra, pero a costa de entregar años de su vida.
Liberarte tiene un escenario muy pequeño como para albergar a las 22 personas que integran el elenco. Y en este punto es donde empieza a destacarse la labor del director Francisco Sánchez Breccia, verdadero protagonista de este espectáculo. Hizo una redistribución del espacio, sacrificando una buena cantidad de espacio para el público, en una suerte de picadero escénico que divide la platea en dos y la comunica con el escenario. Para no fracasar en el intento, el director supo trabajar la acción en una multiplicidad de planos, a veces, simultáneos. Algunos cuadros tienen resoluciones escénicas absolutamente creativas, como uno de los dúos de Manuel y Laura, en el que una tela blanca que se suelta del techo divide a los personajes, quienes a través de un efecto de trasluz sólo se contactan físicamente a través de sus sombras. Es de una belleza que resalta la poética de Dolina.
Para resaltar la poesía
Del original se hicieron algunas adaptaciones que favorecen notablemente a la obra, como la supresión de algunos cuadros y el agregado de un personaje relator que resulta desopilante y hace añicos el tiempo y el espacio (a cargo de Carlos Rosas). El director logró una mejor teatralidad y dramaticidad de la poética de Dolina, a veces engolosinada con sus propios versos y su melancolía.
La obra comienza con un cuadro de masas muy bien distribuidas en prolijos arreglos de coros a cargo de Darío Viggiano. Resulta increíble ver cómo en tan poco espacio todos los personajes se mueven sin chocarse ni parecer sentirse limitados.
En el elenco, sobresalen Ezequiel Martínez, como el protagonista; Carlos Ledrag, impecable en El Otro; el mencionado Rosas; un histriónico Matías Messina, y las voces de Lila Kian, Darío Viggiano, Mariana Maril y Ana Laura Wilson.
Una alegría comprobar que la comedia musical porteña es posible y que no sólo debe estar circunspecta a ámbitos grandilocuentes y puestas pomposas.



