
Principios que no se rompen
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Cuestión de principios, de Roberto Cossa. Intérpretes: Adriana Salonia y Víctor Hugo Vieyra. Escenografía y vestuario: Mariana Tirantte. Asistente de dirección: Andrés Giardello. Dirección: Hugo Urquijo. En el Teatro del Pueblo, viernes y sábados, a las 21. Duración: 75 minutos.
Nuestra opinión: buena
¿El fin de las utopías? ¿La caída de las ideologías? ¡Qué difícil puede ser tratar de mantener los principios en una época en la que estos no tienen ningún valor! Por esta razón, y para dejar un testimonio, el protagonista de esta obra de Tito Cossa decide publicar sus memorias laborales, para dejar constancia de la lucha gremial que representó en otro tiempo obtener conquistas sociales sin perder coherencia en su pensamiento, en su accionar político y, sobre todo, sin deponer sus principios. Fue un militante por convicción y ahora, a la edad de 70 años, sigue pensando que el socialismo no fracasó, sino que fallaron las estrategias de lucha.
De cualquier forma, para la publicación del libro, recurre a su hija, autora y editora, con quien no tiene una buena relación. Así se presentan estos personajes, que van a revelar viejos rencores personales e irreconciliables diferencias ideológicas.
La puesta
La estructura de Cuestión de principios es una sucesión de breves escenas que van a demostrar el grado y el tipo de relación que mantienen padre e hija; una relación cargada de palabras que no se dijeron, de ausencias que no se entendieron, de imágenes del pasado que no siempre se guardan con nitidez. En fin, una relación de silencios que pugnan por llenarse de sentido.
En la puesta y para resolver la transición temporal entre las secuencias, Hugo Urquijo, dentro del estilo realista, recurre a la estrategia del cambio de vestuario y accesorios del personaje femenino, que, por la cantidad, resulta finalmente un factor de distracción para la platea, sobre todo cuando no sucede lo mismo con el personaje masculino.
Pero el peso mayor del espectáculo recae en las interpretaciones y en este sentido, Víctor Hugo Vieyra acierta en la composición de ese hombre que se esfuerza por mantener la integridad a pesar de una evolución ética y tecnológica que parece avasallarlo. Logra un personaje convincente, con carnadura y sentimientos que terminan por provocar mucha ternura.
Frente a él, Adriana Salonia, quien ofrece una actuación correcta desde los lineamientos de su criatura, pero no alcanza a conmover, carencia que se ve agudizada frente al acertado juego de emociones que desarrolla su compañero.





