Provocación un poco infantil
"Las presidentas" (Die Präsidentinnen), de Werner Schwab, traducción de Miguel Sáenz. Intérpretes (por orden alfabético): Graciela Araujo, Thelma Biral y María Rosa Fugazot. Escenografía y vestuario: Alberto Bellatti. Luces: Roberto Traferri. Coreografía y trabajo corporal: Silvia Vladimivsky. Director: Manuel Iedvabni. Teatro del Nudo.
Nuestra opinión: Regular
A fines del siglo XIX y comienzos del XX ya algunos intelectuales austríacos -Karl Krauss y Robert Mussil entre los más severos- juzgaban con virulento sarcasmo a sus compatriotas y al imperio tejido pacientemente por los Habsburgo a lo largo de mil años. El imperio se derrumbó durante la Primera Guerra Mundial y Austria, recortada en su territorio, se convirtió en república. Después de la Segunda, y habida cuenta del inocultable entusiasmo con que se incorporó, en 1938 (por la fuerza, pero sin mayor resistencia), a la Alemania nazi, el cuestionamiento ha proseguido. Son los dramaturgos, sobre todo, y en particular el feroz Thomas Bernhard y este Werner Schwab (1958-93) de "Las presidentas", los máximos acusadores de la hipocresía -según ellos- sobre la cual se habría construido una sociedad, hoy próspera, empeñada en olvidar su participación en la "solución final" y su adhesión a Hitler.
Vuelo bajo
El vuelo de Schwab, al menos en esta obra -escribió quince-, está muy por debajo de Bernhard. Pone en escena a tres amigas, muy distintas entre sí, de pasar modesto pero decoroso, y las hace hablar largo y tendido. Ellas exponen sus pesares actuales, sus recuerdos y sus fantasías más íntimas. Erna (Araujo), viuda, sencilla ama de casa, hacendosa y muy ahorrativa, de rígidos principios morales y estricta observancia religiosa, sueña con el carnicero Karol Wojtila, que la colmaría de atenciones, sobre todo en forma de salchichas, lomo ahumado y otras exquisiteces. Greta (Fugazot) es lo opuesto: sensual, lujuriosa, evoca sus travesuras sexuales con un tal Freddy, vive pendiente de las necesidades fisiológicas de su amada perrita (tal vez una salchicha), dice no extrañar a su única hija, que emigró a Australia, y no le disgustaría, pese a sus años, enredarse en una aventura con Hermann, el hijo de Erna. La más extraña es Mariel, tal vez por su insólita profesión: destapar inodoros atascados, a mano y sin guantes. Además, tiene delirio místico, aspira a que se le aparezca la Virgen, se siente portadora del Verbo divino, predica el amor, la paz y la castidad. Un crimen ritual sellará la relación de las tres: "¿Qué familia no tiene un cadáver enterrado en el sótano?", es la final pregunta retórica de Edna.
Los tres vastos monólogos (cada una tiene el suyo, casi como arias de ópera) suelen entrecruzarse, pero no coinciden sino en la permanente mención de la materia fecal, obsesivamente citada como elemento primero de la creación y de toda forma de existencia. El cuerpo -la carne-, con sus exaltaciones y también con su tendencia a la corrupción, como laboratorio químico que insume lo que necesita y excreta el sobrante, es el protagonista absorbente de la obra. A estas alturas de los tiempos el espectador medio ya no se asusta de nada. El desnudo integral, las relaciones sexuales (implícitas o explícitas, ortodoxas o no), el sadomasoquismo, la vulgaridad rampante, las palabrotas, las necesidades fisiológicas, las torturas, la sangre y demás fluidos corporales: todo ha sido puesto y visto en escena. Al punto de que hoy en día lo realmente original es no recurrir a ninguno de esos lugares comunes y preferir la alusión antes que la mostración.
En ese sentido, el libreto de Schwab (mejor autor de 1992, según la Unión de Críticos Europeos) padece del prurito infantil de molestar o apabullar a los adultos mediante la repetición de palabras consideradas impropias, o el ejercicio público de conductas que el decoro aconseja reservar a la intimidad.
Se entiende que tres buenas actrices se deslumbren con las posibilidades expresivas de sus personajes y dejen el alma en la empresa. Se entiende menos la elección de esta obra para nuestro público. ¿Qué podía hacer el meritorio Iedvabni con semejante texto y el ingrato escenario del Nudo? Tal vez los austríacos se hayan escandalizado; aquí, pese a una que otra carcajada dispersa, nos aburrimos bastante.
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