Reivindicación de J.B. Priestley
El próximo viernes 14 de agosto se cumplirán veinticinco años de la muerte, en Stratford-upon-Avon, del escritor inglés J. B. (John Boynton) Priestley, nacido en Bradford, el 13 de septiembre de 1894. Aunque celebrado como notable dramaturgo, su actividad literaria abarcó varias disciplinas. Obtuvo los primeros éxitos con las novelas The Good Companions (1929) y Angel Pavement (1930). Son famosas también (y sumamente informativas y entretenidas) sus reseñas históricas sobre El príncipe del placer (1969; una biografía del rey Jorge IV de Inglaterra, con el acento en su regencia, de 1811 a 1820), El apogeo de Victoria y Los eduardianos, en 1972.
Pero fue su teatro el que, sin duda, le valió fama mundial. Una fama que tuvo también su cuarto de hora en Buenos Aires, sobre todo a partir del estreno, allá por los cincuenta, de Esquina peligrosa, que se convirtió en un éxito perdurable. La dirigió Marcelo Lavalle en el Instituto de Arte Moderno, con el elenco de la casa: Lidé Lisant, Ignacio Quirós, Jorge Rivera López, Eduardo Espinosa, María Principito. Estuvo en cartel dos temporadas sucesivas y de vez en cuando, si las finanzas flaqueaban, se la reponía. Hace pocos años, al reponerla Héctor Sandro, pudo advertirse que la sólida estructura se mantenía intacta.
La misma solidez se observó cuando, una década atrás, Sergio Renán ofreció una excelente versión de Ha llegado un inspector. Y hace poco, en el Centro Cultural de la Cooperación, El tiempo y los Conway, con director y elenco jóvenes, si bien mostró algunas arrugas, éstas son más producto de la retórica de la época (los años cuarenta) que de la obra en sí, que sigue interesando al público. Como en Inglaterra, donde El tiempo… (estrenada en Buenos Aires por Lola Membrives, en 1948, como La familia Conway, o la herida del tiempo) es de nuevo aplaudida en estos días.
Se trata, precisamente, de lo que los franceses denominan "la pieza bien hecha". Hábil encadenamiento de situaciones, clara definición de personajes, trama interesante, la oportunidad para cada actor de destacarse, aun en papeles pequeños. Aceptemos que, frente a las tendencias de vanguardia, este teatro, sobre todo hablado (como el de sus compatriotas Terence Rattigan, gran rival –más joven– de Priestley, o Noël Coward) parezca hoy anticuado. Depende mucho de cómo se lo encare: un director sagaz e imaginativo, siempre le va a sacar lustre a estos textos cincelados con tanta destreza. Que, en el caso de Priestley, tienen el atractivo adicional del humor y el aliento poético.
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