Teatro histórico con su típico cliché
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Leandro y Lisandro . Autor: Pacho O´Donnell. Director: Gerardo La Regina. Con Mario Alarcón y Juan Vitali. Escenógrafo: Daniel Pérez Acosta. Música original: Bernardo Fingas. Centro Cultural Caras y Caretas. Anexo Venezuela 330. Viernes y sábados a las 21.30. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: regular
En otra de sus reconstrucciones para teatro de encuentros imaginarios o reales de grandes personajes de la historia, el dramaturgo y ensayista Pacho O´Donnell enfrenta ahora en escena a Leandro Alem, fundador de la Unión Cívica Radical, con Lisandro de la Torre, creador del Partido Demócrata Progresista, aunque antes de ese hecho también líder radical. De la Torre apoyó a Alem en la Revolución del Parque de Julio de 1890 y, derrotado ese levantamiento, participó junto a él en la conformación del radicalismo en 1891, del que fue referente en la provincia de Santa Fe hasta su ruptura con ese partido.
Pero la reunión de ambos dirigentes no tiene como base ninguno de los episodios de la vida real en que pudieron confluir, sino los instantes previos a la decisión de Lisandro de quitarse la vida, el 5 de enero de 1939, asqueado por las corrupciones y fraudes de la política. Alem ya se había suicidado, por idénticos motivos, el 1º de julio de 1896. De modo que ese cruce es pura fantasía. Antes de dispararse un tiro al corazón, Lisandro convoca en su cabeza a Leandro y sostiene con él un auténtico duelo verbal sobre temas personales y de la política, no exento de reproches.
Por ese diálogo pasa una rica información histórica -incluso algunas frases tan conocidas como "Que se rompa, pero que no se doble", de Alem-, que a cierto público no sólo le conforma, sino que considera el non plus ultra del teatro histórico. No obstante, la existencia de un sector de público que disfruta con todo derecho de este tipo de teatro, hay que decir que la dramaturgia, la del país y la que viene del extranjero, ha encontrado desde hace ya bastante tiempo caminos más imaginativos para introducirse o bucear en la historia.
Esta forma de teatro histórico, cuya mayor debilidad es su carácter marcadamente discursivo, transforma a los personajes en clichés, en visiones congeladas en el tiempo de ciertos prototipos a los que nos ha habituado el mito: la del orador enfático y sin dobleces de los debates parlamentarios o la del tribuno de los grandes gestos, que no parecen ser las más adecuadas para trabajar un momento de profunda bruma y dolor como es la decisión del suicidio. Hasta el bronce se derrite en situaciones tan límite.
La modalidad de texto lleva a los actores a componer muy exteriormente a sus criaturas. Mario Alarcón, un actor que ha brillado en otros trabajos y tiene acá el papel más comprometido, trata de zafar de ese corsé, pero queda muy atrapado por el estilo del texto. Juan Vitali, fiel a una línea de composición, ofrece una labor sin fisuras, pero no se puede sustraer a esa imagen hierática del prócer.
Habría que agregar en descargo de ellos que, en una puesta sobria y de tonalidades sombrías, el director ha aportado pocas ideas para, dentro de los límites que impone el libro, poder traspasar ese muro. Una de ellas, la del Lisandro indeciso, que vacila en matarse, se torna tan repetitiva que termina cansando. Es más lograda la del final: Alem disparándole a Lisandro, porque une en un mismo tejido simbólico las causas de ambas tragedias.




