
Tortonese, fuera de su mundo feroz
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"La voz humana", de Jean Cocteau. Intérpretes y dirección general: Humberto Tortonese. Escenografía: Luciano Lasca. Vestuario: Greta Ure. Diseño de iluminación: Nicolás Trovato. Diseño de proyecciones: Paula Spagnolletti, Celine Kéller. Dirección artística: Luisina Troncoso. En el teatro Broadway 2. Nuestra opinión: Bueno
Sin dudas uno de los textos más emblemáticos en la producción del polifacético Jean Cocteau -poeta, pintor, narrador, cineasta y autor dramático- es "La voz humana", un muy exitoso monodrama que ha posibilitado, y aún lo sigue haciendo, el lucimiento de destacadas intérpretes. En un comienzo sólo las grandes estrellas de la escena mundial se animaban a recrearlo, en general en un tono extremadamente melodramático. Es que esa mujer que, teléfono en mano, se despide de su amor mientras oculta su verdadera pasión por él posibilita la construcción de una recurrente gama de tics con indudables tonos dramáticos.
Quienes conocen a las diversas (y siempre las mismas en su germen) mujeres que ha recreado y recrea Humberto Tortonese, construidas desde el puro desparpajo, indudablemente esperarán encontrarse con una loca apabullada por el dolor que expresará su resentimiento al por mayor hablando por teléfono con el hombre que la ha abandonado. Pero nada de eso sucede. Muy por el contrario, apenas algunos guiños a la platea demuestran a esa personalidad dislocada, como en la relación con su mascota: un oso hormiguero. El intérprete ahora se muestra muy medido en su composición. Su personaje es débil, afable, pero sumamente patético; su dolor es intenso y sus contradicciones están a flor de piel. Se expresan desde una fuerte corporalidad y, a veces también, una cámara de video -el recurso es muy bueno- descubre su rostro para reforzar cierta intencionalidad.
Si bien el texto original expone reescrituras, la más interesante es la que, podría decirse que, sutilmente, define el espectáculo. Esa mujer que, por ser interpretada por un hombre, se confirma como una personalidad confusa, ha sido dejada por su pareja y él ha iniciado una relación homosexual. En este punto el melodrama primigenio se descompone para dar paso a una nueva expresión dramática que deberá leerse según la nueva realidad que plantea. No es sencillo hacerlo, pero en este punto también asoma una dificultad que está en el interior mismo de la propia historia que escribió Cocteau en 1930 y que hoy asoma con su estructura envejecida.
El espectáculo de Humberto Tortonese es muy cuidado y definitorio en su estética kitsch, y en la interpretación él se permite salir de su mundo siempre desordenado y hasta feroz para exponerse en una cuerda que lo muestra también atractivo como actor.




