
Tres obras breves de Thornton, según Alezzo
Maestro de los matices, alterna la risa con el llanto
1 minuto de lectura'

Otros tiempos de vivir , tres obras cortas de Thornton Wilder, traducidas por Marina Durañona. Diseño escenográfico, luces, adaptación y dirección: Agustín Alezzo. Con Lidia Catalano, Cristina Dramisino, Bernardo Forteza, Miriam Martino, Miguel Angel Farías, Nicolás Dominici, Paola Messina, Miguel Angel Farías, Silvana Sabetta, Francisco Prim, María Fernanda Bermúdez, Mariano Chiarenza, Adolfo Mazzotta y Jazmín Bakchellian. Vestuario: Marta Albertinazzi. En El Duende, Córdoba 2797, teléfono 4964-5710. Juego del elástico. De María Ucedo y Mayra Bonard. Actores bailarines: María Ucedo, Mayra Bonard y Toni Ruiz. Música: Diego Vainer. Escenografía: Celina Saubidet. Vestuario: Teo Wainfred. Iluminación: Alejandro Leroux. Canción "Cuando te alejas de mi": Diego Frenkel. Asesoramiento teatral: Nora Moseinco. Asistente de dirección: Maqui Figueroa. Dirección: Mayra Bonard, María Ucedo. En el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543). Funciones: jueves a las 22, viernes y sábados a las 23. Duración: 70 minutos.
Nuestra opinión: buena
Dos veces ganador del Premio Pulitzer en teatro -por Nuestro pueblo , 1938, y Por un pelo ( The Skin of Our Teeth ), 1943-, autor de novelas famosas ( El puente de San Luis rey , 1927, y Los idus de marzo , 1948), Thornton Wilder (1897-1975) fue un gigante de las letras norteamericanas, que logró difusión mundial. Como todos los escritores, famosos o no, se entretenía en dibujar en los márgenes de su obra pequeños cuadros de costumbres, apuntes circunstanciales, esbozos de argumentos. Algo del encanto de su obra maestra, Nuestro pueblo -crónica de la vida en una pequeña ciudad del Medio Oeste-, destila en la mínima Feliz viaje ( The Happy Journey to Trenton and Camden ), que las escuelas de teatro suelen utilizar como ejercicio interpretativo y que en este espectáculo se traslada, algo forzadamente, a la provincia de Buenos Aires, de City Bell a General Madariaga.
El gran Alezzo
Imposible sustraerse a la gracia ingenua de sus personajes, un matrimonio pequeñoburgués como cualquier otro, y sus hijos, en viaje a la ciudad donde ahora reside la hija mayor, que acaba de perder a su recién nacido. Las menudas incidencias del trayecto provocan la risa y el llanto, alternadamente, y tan sólo el final se abre a una dimensión acaso más profunda, aunque estancada en la resignación. El segundo volante del tríptico, El amor y cómo curarlo , parecería intentar una aproximación al teatro del absurdo o a una parodia de Grand Guignol: una pareja de actores maduros protege a una joven colega de la persecución de un enamorado delirante, que la ha amenazado de muerte si no cede a su pasión. Una sombría atmósfera victoriana (nada más espectral que un teatro vacío) y cierto parentesco lejano del pretendiente con Jack el Destripador, no alcanzan a disimular que las intenciones humorísticas del libreto se quedan en eso, en intenciones, y que el propósito de este esbozo es tan oscuro como la penumbra en que se desenvuelve.
En cambio, La larga cena de Navidad , escrita en 1931, es una espléndida obra de teatro que en una hora logra resumir, con singular fuerza dramática y una estructura impecable, la historia de una familia - de cualquier familia, en todo tiempo y lugar - a través de sucesivas generaciones. Los padres fundadores creen estar construyendo para la eternidad: la usura del tiempo, los temperamentos diversos y las circunstancias cambiantes, desvirtúan ese propósito. La mansión solariega de los Bayard irá declinando junto con la fortuna familiar, y su última habitante será la prima lejana a la que se albergó por caridad. Una punzante melancolía desciende sobre la larga mesa donde se celebraron tantas Navidades: Alezzo, maestro de los matices intimistas, conduce con mano segura el proceso de esta decadencia.
Como en todos los elencos en que conviven jóvenes novicios y veteranos de probada autoridad, hay altibajos en las actuaciones. Y si bien Lidia Catalano, Cristina Dramisino y Bernardo Forteza se llevan, naturalmente, las palmas, sería injusto no destacar el empeño y el entusiasmo con que todos colaboran en la tarea común.






