Un barco entra en escena en La hostería del Caballito Blanco
El domingo pasado, Bailando sobre el Titanic , la muy imaginativa y divertida audición del arquitecto Fabián Persic por Radio Nacional Clásica, evocó el último espectáculo que ocupó el escenario del viejo Coliseo, en Marcelo T. de Alvear -entonces Charcas- al 1100, antes de ser reemplazado por el edificio actual. Fue la opereta La hostería del Caballito Blanco , y en 1937, cuando yo cumplía doce años. Si bien desde muy chico mis padres me habían llevado al teatro y había visto ya sainetes, óperas, circo y también una opereta ( El país de las sonrisas , de Franz Lehar, por la compañía de Susini, en el Odeón, 1935), La hostería... me deslumbró, no sólo por la música sino también por dos rasgos inéditos (para mí): en escena llovía, y entraba un barco de dimensiones respetables, a bordo del cual viajaba el emperador Francisco José.
Buenos Aires acudió en masa a ver la obra del checo Ralph Benatzky (1884-1957), estrenada en Berlín, en 1930. Ante todo, porque venía precedida de enorme éxito en esa ciudad y en París, Londres y Nueva York. Y también porque era, sin duda, un gran espectáculo, montado a todo lujo y sin ahorrar lo que hoy llamamos efectos especiales. Que incluían no sólo la lluvia y el barco, sino también un entero grupo de canto y baile folklórico tirolés: por primera vez se oían aquí, al menos públicamente, las curiosas acrobacias en falsete de estos cantantes y bailarines, con sus pantalones cortos de cuero y sus sombreros con plumas. Por la misma época, las porteñas comenzaron a usar, en profusión, los sombreritos tiroleses: ignoro si hubo relación entre el escenario y la dictadura de la moda.
* * *
Para un chico tal vez en exceso imaginativo y con decidida inclinación hacia las artes La Hostería... era una fiesta. La partitura prodiga temas fáciles y pegadizos, que abarcan muchos ritmos variados, incluyendo un fox-trot ("Todo es azul"), valses, por supuesto, y una marcha, que años después me enteré de que fue escrita por el gran Robert Stolz, al intervenir en una reorquestación del original: "Adiós, mi pequeño oficial de la guardia".
La canción que más me gustó y que tarareo hasta hoy la interpretaba Pablo Palitos, en el papel del consentido, atolondrado joven millonario Segismundo: la letra comenzaba preguntándose "¿Qué culpa tiene Segismundo de ser bello?". Del elenco tan sólo me quedan los nombres de dos tiples, Maruja Pibernat y Sara Guasch. No es para menos: además de los trece personajes principales, el libreto exige (extraigo el dato de un libro imprescindible para los que amamos también la música ligera: Zarzuelas y operetas , de Volver Klotz, Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1995): "Coro, ballet, veraneantes, camareros y mozas, mucamas, guías, concejo municipal, ordeñadoras, asociación de doncellas, cuerpo de bomberos, sociedad de cazadores, gente del mercado, coro de niños". Buenos Aires estaba acostumbrada a los espectáculos opulentos, los de Susini entre otros; en las temporadas de 1928 y 1929, según me contó Iris Marga, la ropa y los decorados de las revistas del Maipo estaban diseñados por Erté. Pero convengamos en que La hostería... resultaba excepcional en su época.
* * *
El responsable de semejante despliegue fue un personaje singular, del que sé muy poco. Se llamaba Georg Urban, era empresario, productor, director de escena y de orquesta (y, si era necesario, también actuaba y cantaba). Berlinés de nacimiento, adaptaba su nombre de pila al idioma de las ciudades en las que trabajaba: Georges, Giorgio, Jordi, etcétera, aunque en la Argentina adoptó la variante inglesa, George. Residió varios años aquí e intervino en otras puestas fastuosas, aun antes de La hostería . Si algún lector puede aportar más datos sobre Urban, se lo agradeceré.
Y bien, se dirá el paciente lector de esta columna: ¿qué tenía que hacer el emperador Francisco José de Austria y rey de Hungría, en una opereta? La acción del original transcurre hacia 1910, cuando el soberano era ya muy viejo y llevaba más de medio siglo en el trono. La versión porteña, ubicada hacia 1930, se permitió el anacronismo de prolongarle la vida (1830-1916) muchos años. Tanto como para permitirle llegar a la hostería del Caballito Blanco a bordo de un barco, y arreglar los entuertos sentimentales de sus súbditos. Sin que yo lo imaginara entonces, ese barco, setenta años después, sigue amarrado en mi memoria.





