Un espectáculo que no llega a conmover
"Los murmullos", de Luis Cano. Con Belén Blanco, Alberto Suárez, Maricel Alvarez, Luis Cano y Policastro. Músicca y sonorización en escena: Abel Gilbert. La iluminación: Alejandro Le Roux. Vestuario: Mirta Liñeiro. Escenografía: Norberto Laino. Dirección: Emilio García Wehbi. Teatro San Martín.
Nuestra opinión: Regular
Primera escena: la sala Cunill Cabanellas, convertida en una magnífica instalación plástica que da cuenta de un lugar en ruinas, un rincón donde habita parte de la historia de este país.
Segunda escena (de relación no cronológica): una inquietante pieza radiofónica armada a partir de citas de todo tipo, decenas de ellas, de Dostoievski a Maradona; de apenas 10 minutos de duración y con los cuatro actores detenidos, portando enormes cabezas con los rostros de Marx, Evita, Perón y Che Guevara.
En esta segunda escena se construye una sugestiva y potente instalación plástica-sonora que, de alguna manera, se transforma en la esencia de este trabajo del director Emilio García Wehbi y libro de Luis Cano. En esos 10 minutos da la sensación de que esa "cruza de textos para reconstruir un panorama, una época hecha de textos", como dice el autor, funciona con mayor contundencia dramática, alcanza su poética más contundente.
Como ocurre con las citas sonoras compuesta por Abel Gilbert, la obra toda está armada a partir de retazos. Desde los escombros que cubren al piso o la construcción del texto mismo, pasando por la historia de una hija de un padre desaparecido que intenta armar los fragmentos de su vida. Pedazos, retazos, partes, fragmentos de palabras huecas, banderas sin mástiles y verdades ocultas. Todo confundido.
De todas maneras, vale aclarar que más allá de cierto intento rupturista que posee el montaje, esta "instalación escénica" respeta cánones del teatro tradicional, ya que una perfecta línea imaginaria separa al trabajo de la primera fila de la platea. Y respetando el teatro a la italiana (público enfrentado al escenario) se monta esta obra de tono cuestionador de las ideologías imperantes y hasta del establishment teatral mismo.
Como seres que rondan los 30 años, la deconstrucción de ese discurso hegemónico es autorreferencial. Claramente eso queda expuesto en una de las escenas más logradas, en la de los cuatro personajes que cuentan los hechos más significativos de nuestra historia reciente como si fuera un match de box. En apenas cinco rounds, el pantallazo comienza en la década del 60 con las columnas de Luz y Fuerza en el contexto del Cordobazo, y culmina con los ruidos de las cacerolas. Pero las partes, los discursos contradictorios no llegan a construir una poética teatral del escombro.
La obra posee otro momento clave en la que aparece Luis Cano en un intento por desnudar la mentira e imponer su propia voz. "Imbéciles funcionarios. Gente de la cultura. Honorable público. Ustedes los aquí presentes. Soy el autor de esta obra. No hay nada que aplaudir, nada que celebrar ni poner por las nubes. Pero hay mucho de qué reírse. Todo es ridículo cuando se piensa en nosotros", comienza diciendo apenas sale de un armario.
Sus palabras se asemejan al discurso de los autores de varias décadas pasadas en los cuales la necesidad de levantar bandera parecía ser parte del oficio teatral. De todos modos, con la distancia, ese mecanismo de apropiación ideológico y artístico parece pertenecer al pasado. Sin embargo, Cano (y/o el personaje del autor que interpreta Cano) termina siendo un exponente de aquellas viejas banderas.
Claro está que en la escena siguiente, la misma obra (el mismo Cano, podría acotarse) descarga una feroz crítica sobre ese discurso ya que el personaje que interpreta (o él mismo) termina siendo víctima de un submarino (modalidad de tortura tristemente famosa durante la dictadura) y queda limpiando los escombros, tan humillado como los personajes de la obra.
Entre escombros
Porque en "Los murmullos" nada queda en pie (o parece ser que ése es el intento). Sin embargo, con tantos elementos en juego (aún valiéndose de ciertos efecto en tono hiperrealista, como la escena del submarino), el espectáculo no llega a conmover.
Probablemente al texto le sobren partes, cascotes, desechos. Quizá la literalidad en la que se decodificó ese texto o la falta de una dramaturgia que haya sintetizado más la obra le quiten fuerza poética (aún ésa poética del horror que García Wehbi junto a su grupo de pertenencia, El Periférico de Objetos, o en montajes que llevaron su firma, sabe convertir en potentes hechos escénicos).
De todos modos hay algo que es cierto: "Los murmullos" es una producción que no pasa inadvertida. No sólo por el lugar que ocupa García Wehbi en el panorama teatral, o por algunas imágenes de una fuerza innegable (como la de la foto que acompaña este comentario), o por el talento de sus actores (algunos de ellos, como Belén Blanco sin demasiados quiebres; otros, como Policastro, en un tono menos espectacular, pero de mayor contundencia).
Pero más allá de esos aspectos o la diversidad de opiniones que pueda despertar este trabajo, da la impresión de que el montaje de este texto cerrado y hermético (lo cual, a priori, no es un ninguna crítica negativa) le faltó el tiempo de pulido final, de maduración, de limpieza de esos escombros para dejar sólo aquellos que potencien esta visión de nuestra historia reciente. Quizá de ese modo, la acumulación abrumadora de datos y voces hubiera logrado un efecto teatral mas perturbador.




